Por los rumbos que frecuento camina el vendedor de pays. Tiene el andar ligero de quien es joven. No debe de rebasar los veinte años. Recorre unas cuantas cuadras a media tarde, calculando que la gente salga de sus trabajos y busque algo para merendar.
Carga una palangana de plástico color azul en donde acomoda pays tamaño individual de queso, fresas, piña y queso con cajeta. Yo lo veía pasar frecuentemente, pero siempre voy deprisa y francamente, los postres no son lo mío.
Ese día estaba exhausta. En el segundo semestre del año generalmente entramos a una especie de torbellino que nos traga los lunes y nos escupe los viernes.
Era miércoles y no había alcanzado a comer. Casi frente a la puerta donde está el estacionamiento donde dejo mi carro vi la ya familiar palangana y sentí que mi estómago reclamaba atención. Al mismo tiempo, la cartera me recordó que no habíamos ido al cajero y traíamos $25.00 en la bolsa. Suspiré. Tenía el tiempo justo para correr a recoger a los padawanes, dejarlos depositados en lugar seguro y volver a junta en su escuela.
De todas formas, el hambre es canija, y por no dejar, pregunté: “- Buena tarde, ¿Cuánto cuestan los pays?-“ “-A $25.00, jefa.-“ “-Ah, qué suerte, justo lo que traigo.-“ Me recomendó el pay de queso, que ahora había completado con fresas. Le pregunté si él los hacía: “-Si, con la ayuda de mi mamacita-“ “-¿La ayudas?-“ “-No, ella me enseñó.-“ Y se arrancó: “-Se me enfermó hace dos años, y me dijo antes que yo debía aprender a hacer algo para valerme por mí mismo.
Ella trabajó muchos años en una panadería que estaba en el centro y me dijo que, si la cosa se ponía dura, los pays me ayudarían a salir adelante. –“ “-Y la cosa se puso dura…-“ “-Pues siempre, jefa. Mi mamá ya me tuvo grande, era soltera y quiso un hijo. Ni se, ni me importa quién es mi papá. Mi mamá me sacó adelante. Pero el cáncer le vino y pues se comenzó a secar pronto, así, como una plantita.
Ella supo luego luego que no iba a durar mucho. Entonces me enseñó a hacer pays, bolillos, conchas. Lo que guste. Mientras mi tía le entró al quite con nosotros, cuando mi mamá ya se cansaba. Yo mientras iba a la secundaria y luego a la casa.
Me pude despedir de ella. Se fue justo cuando llegué de clase. Odié el uniforme. No me lo pude volver a poner. Dejé la escuela. Yo sé que mi mamá se hubiera vuelto a morir. Pero me perdí. Mi tía me cuidó y me dio chance. Pero agarré la onda hace un año y vi los moldes de mi mamá.
Me puse a hacer un pay, pero me quedó re feo. La práctica hace al maestro, eso sí y ahora ya están para venderse, ¿a poco no? -“ Yo, que ya me estaba acabando mi paycito saboreé el último bocado y me supo a gloria. “-Ahora lo que toca es ayudar a mi tía.
Voy a juntar dinero y un día, voy a poner una panadería, chiquita, pero mía. Ya verá. Llévese otro, jefa-“ “-Nombre, gracias. Están buenísimos, pero de plano, no traigo ni un quinto. -“ “-¿Y quién dijo que se lo iba a cobrar? Corre por cuenta de la casa, por la escucha. Ya ve que le acabé contando mi vida-“Y se rió como se ríe el viento que toca las jacarandas de la calle de Arista.
Tomé mi pay de regalo y lo guardé en la bolsa. Le agradecí el pay, la plática y sobre todo, que esta ciudad esté llena de historias que contar y que la suerte me ponga enfrente de ellas.
A penas llegué por los padawanes, quienes se comieron democráticamente la mitad del pay sin imaginar que se comían un pedazo de herencia de una madre que dejó los medios para que su hijo subsistiera y el inicio de lo que espero sea una exitosa carrera como panadero.