El vino en el Quijote II

Continúa del viernes 17 de mayo.

El vino hace su aparición pronto en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, desde su primera salida: el ventero que lo “nombrará” caballero tiene que dárselo a beber por conducto de una caña horadada, pues se rehúsa a despojarse de la celada y de la precaria visera que componen la parte superior de su armadura. En este episodio lleno de humor –como tantos y tantos en la novela— el vino tiene una inicial función pragmática, higiénica, casi alimenticia: además de que durante mucho tiempo era más saludable hidratarse con vino que con agua, por no consumir un líquido contaminado que los enfermase, la bebida se ofrece como acompañamiento natural e indispensable de la comida.

La cuestión es que tal finalidad parece insulsa por las características de la merienda a la cual acompaña: bacalao de segunda y un pan “tan negro y mugriento como sus armas”, que habían estado juntando polvo desde que sus antepasados las empuñaran. El hidalgo acepta el vino pacientemente, sin embargo, éste parece no ser incluido en la fantasía que su genial locura produce: si bien el pescado (“mal remojado y peor cocido”) le parece trucha, que era bien apreciada en el tiempo; el pan es tomado por candeal (de harina muy blanca); la venta, por castillo; el ventero, por castellano; y las rameras, por damas; el narrador no nos deja saber si aquel vinillo llegó a ser apreciado por don Quijote como lo que era o como el más fino del mundo. Queda para la labor interpretativa del lector ese guiño.

Casi todo en la obra de Cervantes opera al menos en dos sentidos, muchas veces contrapuestos. Por ello es muchas veces irónica y siempre polisémica. Ante el sentido de primera necesidad, casi nutricional del vino, está el cultural, el simbólico. A mí me gusta pensar que aquel caldo no estuvo incluido en el espejismo porque es un elemento especialmente significativo: al contrario de los personajes que lo acompañan, de la escenografía en donde se sitúa, el vino forma ya parte de lo fantástico, no hay que re-imaginarlo, no necesita corrección ilusoria, es de por sí maravilloso, aunque sea uno común y corriente, de hostería humilde.

En esta etapa del libro, don Quijote “traduce” todos los elementos que son extraños a su ideal caballeresco para que se adapten a su visión ficcional del mundo y todo cuanto contiene, que él toma por verdadero. Es decir, los molinos han de ser gigantes; el silbato de un castrador de puercos, música cortesana; pero cuando la hermosa Dorotea se le presenta como la reina Micomicona, bien ataviada y personificada, no hace falta tal adecuación: las percepciones ya han sido empatadas, lo que ve el adorable paladín se corresponde con lo necesita ver.

Así el vino, que no requiere de traslaciones, que sería el mismo que nuestro caballero supone beberían Amadís o Palmerín. O quizás --tratando de ser fiel al espíritu cómico de la escena--, la razón por la cual el texto no precisa la reacción del manchego ante el vino es porque aquellas condiciones de cata no eran las propias para hacer uno u otro juicio sobre lo que se le ofrecía...

Continuará.

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