Normalmente escribo esta columna los domingos por la mañana, antes de hacer cualquier otra actividad. Hoy decidí postergarla hasta después de acudir a votar, como lo hago desde las elecciones municipales del primero de diciembre de mil novecientos ochenta y cinco, una vez que cumplí dieciocho años.
Debo reconocer que, si bien es cierto que nunca he dejado de votar, en esta ocasión lo he hecho con una sensación y con un ánimo diferente. Dicen que, conforme pasa el tiempo, vas creyendo menos en el poder del sufragio y en la política en general, lo cual es cierto; sin embargo, será que luego de vivir lo que ha sido el aciago suceso de la pandemia de Covid-19, de tantos amigos que se han adelantado en el camino, de que irrumpe en nuestra vida la certeza de nuestra fragilidad y la creciente conciencia de que nuestros derechos y libertades se están socavando arteramente por los transformistas de cuarta, hoy fui optimista, convencido y, sobre todo, enarbolando la bandera de la esperanza, por la cual debemos luchar hasta el fin, sin perderla, sin dejar que nos la arrebaten.
Llegué a las ocho de la mañana y había ya aproximadamente trescientas personas formadas, esperando que la casillas de mi sección electoral se instalaran. Y llegaron más, muchos más.
Tuvimos que esperar un buen rato, pues nunca faltan algunos de esos ciudadanos que fueron insaculados como funcionarios de casilla y que, sin mediar siquiera el aviso que la más elemental educación impone, simplemente no se presentaron; sin embargo, conforme a la ley, fueron sustituidos rápidamente por personas que aceptaron desempeñar el compromiso, en sustitución de quienes optaron por claudicar.
Resuelto lo anterior, avanzamos y votamos; rodeados de vecinos, de caras conocidas, de las elementales quejas por la tardanza en la instalación pero vencidas por el deseo de votar, de ciudadanos que, por una vez, como lo hacemos de cuando en cuando, nos concentramos en el ejercicio de nuestro más elemental derecho, alzando un estruendoso grito transformado en boletas que nuestros vecinos, nuestras caras conocidas, ciudadanos como todos, contarán y validarán.
Insisto, hoy comparto que me siento parte de esos ciudadanos que ven en el ir a votar una forma legítima de expresión de voluntad.
Me siento parte de esos ciudadanos que tienen el ánimo de desandar el camino que nos conduce al abismo fascista, donde nuestros derechos y libertades se han puesto en riesgo por un mañanero aprendiz de dictador.
Me siento parte de esos ciudadanos a quienes no molesta hacer fila para que se escuche fuerte y claro que aun tenemos esperanza, que aun es posible recuperar la cordura nacional.
No me siento parte de los ciudadanos que ven en el gobierno absoluto y sin contrapesos la alternativa para México.
No me siento parte de los ciudadanos que se dejan llevar por la dádiva presidencial, por el engaño carismático de quienes critican a sus antecesores, autoproclamando su “pureza”, mientras cobijan a quienes siguen medrando desde el Poder, como lo han hecho toda su vida.
En fin, espero que cuando usted, lector, tenga en sus manos esta columna, haya concluido de la mejor manera el proceso electoral, sin nada mayor que lamentar y con un resultado claro, fuerte, contundente, amplio, en defensa de nuestros derechos y libertades y estableciendo un necesario contrapeso en la Cámara de Diputados que frene la carrera desbocada al fracaso que llevamos.
Un día como hoy en el que escribo y se lleva a cabo la elección, hace setenta y seis años, ocurrió el desembarco aliado en las playas de Normandía, dando así comienzo a la recuperación de Europa de las garras del fascismo, esas mismas garras que hoy, disfrazadas, pretenden estrangular a nuestro país. Entre el Tercer Reich y la Cuarta Transformación solo hay la diferencia de un dígito, nada más.
Dwight D. Eisenhower, comandante en jefe de las tropas aliadas, escribió en una carta dirigida a los soldados que participaron en el desembarco, leída momentos antes de que iniciara: “¡La marea ha cambiado! ¡Los hombres libres del mundo marchan juntos hacia la Victoria!”. Nunca más presente esta frase en nuestro dolido México.
@jchessal