Tengo el corazón en todas partes: en el día 24 lleno de niños, chavos, gente “grande” -entre los que estoy yo- y en la alegría y el gusto por encontrarnos en una navidad inédita para todos.
Pero el corazón y la cabeza también se me pasean y me regresan a la realidad mundial, en quienes dejaron la vida ese día 23 y 24 y recién me entero. Regreso a las estampas creadas en mi imaginación en las que veo a las bisabuelas longevas, mamás de mis amigas y conocidos, todas rodeadas de una gran prole. Regreso también a los niños de los amigos de mis hijas y mis hijos. Y por supuesto extraño a mis hijos ausentes. Los imagino en su casa con ese frío polar que los envuelve y lo recoge con sus perros en largos y fríos días mirando cómo el entorno se vuelve blanco.
La Navidad nos permite esa distancia de lo cotidiano y de su acumulación después de doce meses, pero que nos atolondra con las fiestas, la comida en abundancia, los antojos y la sensación de tener un tiempo para el descanso y para la pausa social en cuestiones públicas. Y creemos -sabiendo que es solo un deseo casi infantil- que las cosas estarán mejor una vez que Santa y el Niño Jesús vuelvan a su lugar cuando vuelva enero hasta que el próximo año los traigamos de nuevo, como protagonistas del adviento y de la llegada de los regalos y las sorpresas.
Sin negar que son días que nos traen una especie de tregua y en los que podemos disfrutar de encuentros maravillosos con amigos y familia, la navidad tiene al menos para mí, ese tono de que algo falta, o de que a alguien le falta algo y que al mundo le faltan otro tanto como de 20 siglos quizá, para comprender a qué venimos a este planeta.
En fin, no se trata de amargar las fechas que aún no terminan hasta que el 31 devore sus doce uvas y las maletas y los colores amarillo y rojo -en chones o listones- desfilen a la cero horas anunciando el nacimiento de un nuevo ciclo en el que nos aplicaremos, al menos en la lista de deseos, a ser mejores personas, a comer lo necesario para pesar decentemente y a ordenar nuestros gastos y nuestros afanes para que el año 2023, cierre con un balance en números negros.
Así, con el corazón en los encuentros familiares, las incongruencias humanas del Mundial de Quatar, las ausencias de los que más queremos, el inclemente clima, los plagios en tesis, el extendido reinado del innombrable del Alito, la fragilidad de las instituciones gracias a las sandeces que se dicen muy de mañana, la limitación de combustibles para Europa implementada por Putin, los narco-santas en Jalisco, los jaripeos y los cuetes que vuelven locos a nuestros queridos perros y la paz y tranquilidad de los días feriados, yo llego al fin de un año más.
Y llego agradecida, alerta y curiosa de conocer cómo se van a desenredar tantas madejas en el orden local y nacional. Inquieta al pensar en el desafío que tienen los líderes mundiales y los que tenemos aquí en cortito. En cómo van a enfrentar la realidad cuando no pueda pagarse tanto circo y tanto concierto, palomitas y refrescos o despensas gratis, disfrazadas de programas sociales y de ayuda a un pueblo bueno, dócil, obediente y que está dispuesto a recibir regalos de todos los partidos y también de todos los carteles.
De nuevo “en fin” no quiero de su 31 de diciembre se opaque con mis pensamientos y que pueda contagiarlos de ese coraje que siento cuando veo, leo y escucho tanta barbaridad de boca de quienes debieran ser más inteligentes por sentido común
“En fin”: Feliz año con mis mejores y más irreales deseos de que la vida solo nos esté probando y que ahora sí venga lo mejor ¡feliz 2023!
PD: Si usted cree que no ronca, puede estar muy equivocada.