El recién casado llegó al depa y le preguntó, amoroso, a su dulcinea: “¿Cenamos, mi vida, o lo otro?”. “Está bien -respondió ella-. Pero después cenamos”... Acompañada por su comadre Nola doña Chalina fue a la inspección de policía a denunciar la ausencia de su marido, que tenía ya tres noches sin aparecerse por la casa. Inquirió el oficial de guardia: “¿Cómo es su esposo?”. Contestó: “Es joven, alto, esbelto, de cabello rizado y ojos azules”. Al salir le dijo doña Nola: “Comadre: ¿por qué describiste así al compadre? Es viejo, chaparro, panzón, pelón y de ojos colorados”. “Ya lo sé -admitió doña Chalina-. Pero a ése ¿quién lo quiere?”... Conocemos a don Chinguetas. Es un jijodiuna, como en el Potrero dicen del hombre mal portado. Su señora le comunicó: “La cocinera quemó la comida. ¿Te conformarías con un rato de placer?”. “Está bien -accedió don Chinguetas-. Que venga la cocinera”... No. Las Malvinas no son argentinas. Son plenamente, absolutamente, completamente, definitivamente inglesas. Son las Islas Falkland. Ciertamente la Geografía las puso más cerca de Argentina que de Inglaterra, pero la Historia las hizo más cercanas a Inglaterra que a Argentina. Yo he estado ahí, y puedo entonces decir que por población, por idioma, por costumbres, por religión, por gobierno y administración, las islas son inglesas. No me pesa decir eso, porque decirlo es la verdad, y la verdad, que pesa mucho, quita a quien la dice cualquier peso. Siento afecto por Argentina. Muchos de los libros que leí en mi juventud provenían de editoriales argentinas. De sobra está decir que su literatura es maravillosa. Gusto de sus tangos, aunque el más emblemático de todos, “La cumparsita”, es de autor uruguayo. He bebido sus espléndidos vinos y comido en una estancia gaucha su carne, que en el mundo no tiene parigual. Pero las Malvinas no son argentinas. Haberlas invadido fue una locura, y no magnífica, como las de don Quijote, sino estúpida, provocada por el infame militarismo que detentaba en aquella época el poder, ¡Cuántas muertes inútiles causó esa supina necedad! Ahora bien. No sé nada de futbol, por eso hablo con toda libertad acerca de él. En el juego final de la Copa del Mundo, contra España, los futbolistas argentinos, empezando por Messi, no salieron a jugar futbol: salieron a propinar patadas, empujones, zancadillas, agarrones, todo con el propósito de conseguir que el resultado se decidiera al final por tiros al arco, aprovechando la gran calidad de su portero. Así, dieron una triste exhibición en la cancha. Fue un milagro que los jugadores españoles les permitieran tocar el balón de vez en cuando. Y eso no fue todo. Lo pésimo vino después de terminado el partido, cuando los argentinos dieron la peor exhibición de despecho, ira y violencia que se ha visto en la historia de las Copas. Sus agresiones, y la tonta e ilegal exhibición de la manta con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, fueron faltas graves cuya sanción será ejemplificante. El mismo Messi, capitán del equipo albiazul, que debió exhortar a sus compañeros al buen juego, y evitar sus desmanes, participó conscientemente en la abierta violación de las normas de la FIFA. Así, su despedida estuvo muy lejos de ser gloriosa: fue vergonzosa. En fin, todo esto es nadería, fruslería, chuchería. Pero los argentinos no debieron actuar así. Después de todo quedaron en segundo lugar, igual que en la guerra de las Malvinas... Don Feblicio le contó a su mujer: “El empleado que me vendió este traje me dijo que me quita 20 años de encima”. Sugirió con acre acento la señora: “Póntelo esta noche al ir a la cama”... FIN.