En veinte años

El once de septiembre de dos mil uno, martes, me dirigía a dar mi clase de Garantías Individuales en la carrera de Derecho de la Universidad del Valle de México campus San Luis Potosí. En el trayecto, la radio daba cuenta de un accidente aéreo en el que un avión había impactado al World Trade Center, las torres gemelas, en la ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos.

Al terminar, de regreso a casa a prepararme para ir al despacho a trabajar, seguí escuchando lo que poco a poco y, a lo largo del día, fue un punto de inflexión en el mundo, tal y como lo conocíamos. Un ataque terrorista, usando aeronaves comerciales repletas de pasajeros como armas, golpeaba el corazón simbólico de la civilización occidental causando miles de muertes. 

Un nombre empezó a circular, cada vez de manera más reiterada: Osama Bin Laden; se puso rostro al autor de aquel plan en contra de Occidente, rostro que llenó todos los medios de comunicación en el mundo para dar a conocer a un personaje que decidió cambiar nuestro presente.

Cuando el Muro de Berlín cayó, en mil novecientos ochenta y nueve, Francis Fukuyama escribió su famoso texto sobre el fin de la historia, dando por acabada la concepto que se tenía de la dinámica de las naciones y considerando el nacimiento de una nación universal, conformada por y a imagen de occidente.

En respuesta, en mil novecientos noventa y tres, Samuel Huntington escribió “¿El choque de civilizaciones?”, en el que advertía que no todo estaba dicho y que había que volver los ojos a las identidades nacionalistas y, en general, a todo aquello que pudiera identificarlos, en una forma muy humana de reacción ante la globalización. Escribió Huntington: “Las personas definen su identidad por lo que no son; a medida que el incremento de las comunicaciones, el comercio y los viajes multiplican las interacciones entre civilizaciones, la gente va concediendo cada vez más importancia a su identidad desde el punto de vista de la civilización”.

Luego de aquel once de septiembre, se extendió por todas partes un sentimiento de inseguridad, de temor. Las fronteras estrecharon sus puertas y el paso de un país a otro resultaba un complicado procedimiento burocrático y, ni que decir que viajar en avión implicaba horas de revisiones, preguntas y miradas inquisitivas, pues cada pasajero era sospechoso, en principio, de tener negras intenciones; la regla era ser posible culpable, a menos de demostrar una turística inocencia.

Aun hoy, a diecinueve años de distancia, quedan rescoldos de aquella fecha que marcó, de manera definitiva a mi generación y a las generaciones adyacentes.

Sin embargo, a menos de veinte años, escribo esta columna en medio de una epidemia global, pandemia le llaman los conocedores, que ha golpeado en la mayor parte del mundo, dejando un rastro de dolor y muerte a causa de un coronavirus, el SARS-COV-2, que nos ha obligado a cambiar nuestros más elementales hábitos cotidianos.

En diciembre de dos mil diecinueve se empieza a saber que en Wuhán, China, aparecían los primeros brotes de esta enfermedad que, poco a poco, se extendió por aquel país, para luego extenderse por todas partes. Casi veintinueve millones de contagios, casi un millón de fallecimientos, a lo largo y ancho del planeta, al día de hoy.

Las calles se vaciaron, el contacto humano fue prohibido, en algunos casos por las autoridades y en otros por el temor a la muerte. Los hogares se convirtieron en fortalezas desde donde vemos al mundo a través de pantallas de televisión, computadoras, tabletas y teléfonos. 

Poco a poco estamos regresando a una “nueva normalidad” (para mí, una designación poco afortunada pero, al fin, muy extendida) en la que cubrimos nuestro rostro con cubrebocas, mantenemos una distancia de metro y medio entre nuestros semejantes y vemos con temor y sospecha al alérgico o al agripado que estornuda o tose, así sea para aclarar su garganta.

En menos de veinte años, dos veces ha cambiado nuestro mundo de manera abrupta. Ya iremos viendo, al tiempo, las consecuencias.

@jchessal