En vida

“Doy gracias a San Sebastián bendito porque vinieron los revolucionarios y se llevaron a todas las muchachas del rancho, nomás a mi hija no”. La agradecida madre adjuntaba a su testimonio la fotografía de su hija. Era bizca, desdentada, bigotuda; tenía cabello hirsuto y un lobanillo piloso en la nariz. Juro que vi ese retablo en la capilla de un pequeño pueblo en el sur de la República. Puso Borges estas palabras en boca de un payador: “Cuánta cosa en su mirar / estos ojos habrán visto. / Quién sabe lo que verán / después que me juzgue Cristo”. Mucho también he visto yo, y sin embargo no dejo de admirarme -y de conmoverme- por el afecto y la bondad que mi prójimo me muestra. He aquí que el maestro Jesús Octavio Pimentel Martínez, rector de la Universidad Autónoma de Coahuila, develó un busto de mi persona en la Facultad de Ciencias de la Comunicación, prestigiado plantel universitario del cual fui fundador y primer director. Agradecí de corazón y de alma ese homenaje, y más porque se debió a la iniciativa de un generoso grupo de egresados y egresadas pertenecientes a la primera generación salida de la entonces Escuela. Me encantó el busto, y más porque quienes lo realizaron, escultores de la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad, me representaron con un libro en las manos, y en él pusieron una de las expresiones del amor que siento por mi ciudad natal: “No quiero irme al Cielo. Vivo en Saltillo”. En la base de la efigie se leen palabras que sus autores consideraron describen mi tarea de periodista: humanismo, humor, cultura, libertad. Hice uso de la palabra -de varias- y evoqué a Bernard Shaw. Una señora  de sociedad le dijo: “Permítame usted besar la mano que escribió ‘Pigmalión’”. Respondió el escritor: “No la bese, señora. También ha hecho otras cosas”. En el aeropuerto de Monterrey, en presencia de una muy querida y gentil dama de Saltillo, Irela Martínez, me dijo Ana María Rabatté: “Déjeme besar la mano que escribe lo que usted escribe”. Decliné el honor, y le dije: “Todo lo que hasta ahora he escrito, y lo que en adelante llegue a escribir, no vale lo que una sola frase suya: ‘En vida, hermano, en vida’. A mis palabras se las llevará el viento, pero su frase forma parte ya de la expresión cotidiana de la gente, y durará por siempre”. Pues bien: ese mérito tuvo el reconocimiento de que fui objeto. Se me hizo en vida, de modo que pude no sólo disfrutarlo, sino también agradecerlo. En el periódico Zócalo se refirió Maru Valencia a “aquel visionario que hace 46 años creyó en la comunicación como instrumento de bien para la sociedad”, y en el Diario de Coahuila escribió Ana Onofre: “Visiblemente emocionado Fuentes Aguirre, haciendo gala de su estilo único, agradeció el homenaje y recordó momentos de su trayectoria”. Momentos fueron ésos, en efecto; instantes pasajeros, pero me alegra y reconforta que mi prójimo piense que algo bueno he hecho en el curso de mi larga vida. Los hombres nos vamos; las instituciones quedan. Me iré yo, y sin embargo algo de mí seguirá viviendo en la escuela que fundé, y que tantos buenos frutos ha rendido en los casi 50 años de su devenir. Gracias de nuevo al rector Pimentel; al director de la Facultad, doctor Miguel Sánchez Maldonado; al consejo directivo, maestros y estudiantes del plantel; a mis queridos alumnos de la generación primera; a mis hijos, familiares y amigos;  al recuerdo de la amada eterna, y a todas las buenas gentes que nos acompañaron a mi busto y a mí. Cumplido, aunque insuficientemente, este deber de gratitud, mañana, si el Misterio lo permite, volveré a hablar de política y cosas peores... FIN.