Según los que lo vivieron, o algunos que por tradición oral lo recordaban, el año de 1853 llenó de terror y desasosiego a los habitantes de San Luis Potosí y sus rededores. Lo ocurrido durante esos días del mes de enero, vino a recordar el infame asesinato de don Antonio Gómez González –presbítero y catedrático de latinidad en el colegio Guadalupano Josefino– allá por el rumbo del barrio de la Alfalfa, en las cercanías del Hospital Militar, en el mes de enero de 1851. Dos años habían pasado.
Manuel Muro, entonces quinceañero, muchos años más tarde recordaría los hechos y publicaría un folleto en el que explicaba minuciosamente lo ocurrido; gracias a él conocemos la mayor parte de la trama. Quizá, inspirado en aquel, Mariano Azuela retomó el asunto y, como novela convenientemente adornada, lo publicó en 1935 bajo el discreto nombre de Precursores. Pero la cosa no paró ahí, ya en nuestros días el abogado Jesús Motilla, quien mucho sabe de estas cosas, abonó más a la nota con una novelita de rápida lectura; el título es sugerente y premonitorio: Entonces lo matan…
Si bien los problemas ya eran bastantes, aunque no del otro mundo, sino los propios de un gobernador que se confronta con la Legislatura y con algunos actores políticos y sociales de peso, parece ser que lo que decidió el desenlace fue el trazo y construcción de un camino. Eran los años en que los hombres fuertes del Valle del Maíz y de Río Verde, se disputaban el control por el paso al puerto de Tampico. Ganaron los del Valle, perdieron los de Río Verde, y, poco después, perdió el gobernador.
Julián de los Reyes, diputado en 42 y héroe de la guerra del 47, asumió la gubernatura en 1848; si bien su periodo en el cargo se caracterizó por varios levantamientos armados y por constantes enfrentamientos con el legislativo, grupos poderosos y la prensa, tuvo el mérito de ser el fundador, en 1850, de la Escuela Normal del Estado. Malo no debió ser su desempeño, pues fue reelecto para el periodo siguiente.
Casi desde el inicio de su gobierno tuvo que enfrentarse a los problemas generados por el levantamiento armado de Eleuterio Quiroz, quien acabó sus días fusilado en Peña Miller; éste, peón en la hacienda El Tapanco, pareciera que fue encausado a la rebelión por Manuel Verástegui, hacendado de la zona del Río Verde y artífice del movimiento. La versión no debe ser muy errada, pues fue desterrado por el gobernador De los Reyes, y luego protegido por la justicia federal, gracias a lo que ha pasado a la historia como la primera sentencia de amparo.
Verástegui y su grupo, denominado Directorio de Río Verde, sumaron a esta afrenta el encono por el camino llevado por el Valle del Maíz, y determinaron el secuestro del gobernador del Estado, contratando para realizarlo a Andrés López Morales, bandolero de la zona de los Altos de Jalisco.
Aunque la indicación era el secuestro, ante el cuestionamiento concreto sobre si oponía resistencia que se debería hacer, la respuesta también lo fue: ¡Entonces lo matan!; y así ocurrió. Fue el 8 de enero de 1853, en las cercanías de la Caja del Agua, en una banca donde, dicen, acostumbraba a descansar por las tardes.
Al margen de los testimonios bibliográficos referidos, el asesinato lo recordaba una sencilla columna levantada en el sitio donde ocurrió el crimen; una litografía de Villasana, realizada unos quince años después retrataba el monumento.
Por ser casi imposible de conseguir los libros de Muro y Azuela, remito a los interesados en el tema a la obra de Jesús Motilla Martínez, Entonces lo matan… (Del asesinato del gobernador potosino, don Julián de los Reyes), San Luis Potosí, UASLP, 2001.
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Raros son en estas tierras los crímenes políticos, pocos son de los que se pueden dar cuenta hasta el momento; una cosa, a pesar de lo dicho, es cierta, cuando van por alguien no se falla.
En días pasados se convirtió en noticia nacional el intento de asesinato contra el diputado Pedro Carrizales, mejor conocido como el Mijis. Raro el asunto, que el personaje convirtió inmediatamente en un circo mediático.
Los señalamientos de él son precisos, según sus dichos dos son los posibles orígenes del atentado; ambas con más visos de ficción que de realidad. Dos también son las posibilidades, esbozadas en el entorno del rumor: antiguas rencillas entre pandillas rivales, o un auto atentado. Ninguna se descarta; las segundas con mayor resonancia que las primeras.
Partir de las señaladas represalias por pretender impulsar una ley que suprima las peleas de gallos y corridas de toros en la entidad, es tan inverosímil como absurda; bien sabemos que la iniciativa no pasará. No recuerdo, por ejemplo, que ya en alguna legislatura anterior, un diputado que se decía animalista, a pesar de sus muchas relaciones, hubiera logrado que una propuesta similar avanzara; y a más de algunos gritos por parte de taurófilos enardecidos, la cosa no pasó a mayores.
Creo más bien lo que muchos ya comentan: el diputado es una auténtica nulidad que ha hecho del escándalo mediático su modus vivendi, por ser ésta la única forma que tiene de llamar la atención en el Congreso; nada aporta, porque nada sabe hacer.
El mérito de haber llegado a ocupar una curul después de la historia que ya conocemos es innegable, desafortunadamente las expectativas que generó en muchos han sido defraudadas; no sólo entre sus electores, sino también entre potosinos de otros distritos que moralmente lo apoyaron.
No podemos decir lo mismo en el resto del país, donde gracias a las dotes de sus asesores en el manejo de redes sociales, ha logrado posicionarse como caudillo de las mejores causas, y víctima de aquellos que las denuestan. Afirmar lo contrario sería buscar la muerte por lapidación social; pocos creerían lo que aquí es bien sabido: es un farsante.
Su agónica convalecencia que, testificada en fotografías, circulaba en redes sociales, y que señaló como argumento para no asistir a sesión en el Congreso local, no fue impedimento para que diera entrevistas a diestra y siniestra en la Ciudad de México, y lograra audiencia en Bucareli, con los respectivos autorretratos que engrosaban la egoteca de lo ridículo. La cuota circense de cada legislatura en él la tenemos. Lástima por los que creímos en él, lástima por los que veían en él alguna esperanza.
Habrá Mijis para rato, eso que ni qué; esperemos que las cosas no pasen a mayores y a la realidad; esperemos que alguien le crea y lo apoye cuando realmente lo alcance el entonces.
Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social, disfrútenlo, pero no se excedan.