Entre sabores

Una generosa invitación me llevó a tomar el módulo de Gastrodiplomacia del Diplomado en Protocolo, Comunicación y Ceremonia de la Asociación Latinoamericana de Relaciones Públicas. Quien me invitó, pensó y pensó bien, que como la cocina me gusta, disfrutaría aprender sobre el arte de comunicar a través de la gastronomía. Ciertamente cuando doy clase de Semiótica insisto en decir a mis alumnos que todo tiene un símbolo y todo comunica, y cocinar no es excepción. Sin embargo, durante la clase no dejaba de pensar en el cálido espacio de las cocinas íntimas y las veces que he comido en eventos oficiales.

Mi abuelo cocinaba mole desde cero. Era un ritual en solitario que se permitía realizar cada que a su consideración mereciera la pena gastar horas en la cocina. Podía bien ser una ordinaria comida familiar en domingo o la recepción de un invitado especial. La cosa es que yo, con mis seis o siete años, recuerdo perfectamente el olor a chile tatemado, almendra tostada y chocolate listo a ser diluido. Había un molino portátil dispuesto para la ocasión que salía de quién sabe qué recóndito lugar y hacía su aparición listo para mezclar aquellos ingredientes improbables. No me gusta el mole, pero  disfrutaba mucho ver las manos de mi abuelo pintadas del rojo quemado del chile ancho seco y oler su ropa, impregnada de especias una vez que terminaba. 

Mi abuela paterna hacía tortillas de harina como sólo las norteñas saben hacerlo. Cuando íbamos a Matamoros siempre había un día reservado para desayunar huevito estrellado en manteca, frijoles de la olla y tortillas de harina recién salidas del comal. Aquello se llenaba de olor a masa recién cocida a la que agregábamos mantequilla y sal para hacer tacos de nada que sabían a todo. 

Ninguno de mis dos abuelos fue especialmente cariñoso. No en el sentido de dar abrazos, besos y apapachos, pero ambos podían pasarse horas preparándonos de comer. Su calidez venía de las ollas del barro del mole y del comal de las tortillas.

Me gusta cocinar acompañada de un café y de preferencia con plática sabrosona. Sin embargo, en los momentos donde necesito poner en orden las ideas o bien dejar en el cerebro un espacio en blanco, prefiero hacerlo en solitario. No hay nada que me apacigüe mejor que cortar verduras en juliana o amasar hasta que duelan los brazos. 

Comunicar a través de la cocina es un arte sutil del cual no somos muy conscientes. Me acordé de alguien que llevado por el dolor del despecho, regaló un par de saleros en una boda como insignia del mexicano deseo de “echarle la sal” a la pareja. Fuera de ese nada delicado mensaje, la gran mayoría toma la comida únicamente como satisfactor de la básica necesidad de comer.  

Puedo entender perfectamente que a alguien no le guste cocinar, así como hay a quien no le gusta correr para hacer ejercicio o bordar punto de cruz; pero lo que no entiendo es a alguien a quien no le despierte por lo menos una mínima pasión algún platillo y que coma por mero trámite. Conocí a alguien a quien la comida le era completamente indiferente y los sabores le pasaban de noche. Sin motivos racionales, y a pesar de comportarse amablemente, el tipo me causaba una profunda desconfianza. Con el tiempo, mi suspicacia resultó fundada, aunque no estoy segura que eso tuviera relación con su alimentación por trámite; pero su frialdad y desdén hacia las personas resultaron igual que a las que mostraba por una sopa de tortilla.

En una cena oficial a la que fui, el invitado de honor era un asiático de alto rango. La comida que sirvieron tenía elementos típicamente mexicanos, entre ellos, por supuesto, el chile. El anfitrión, un funcionario en la cima de la jerarquía, insistía con que el asiático probara una tostada de aguachile. Alcancé a escuchar que le comentaba que el marisco empleado era en honor los platillos de su país y que el chile no picaba. El asiático con el puro olor tenía para saber que aquello era un pequeño trozo del infierno que nos gusta comer a los mexicanos. Ante la insistencia, el pobre hombre tuvo que dar una mordida a la tostada e inmediatamente vi como su cuello se tornó rojo, casi morado. Su ayudante, presto, le acercó un vaso con agua y algo que parecía un trozo de galleta. Yo temí que el documento que se iba a firmar después de la comida, quedara en blanco. Los organizadores, arrastrados por la insistencia en mostrar una bienvenida calurosa, tomaron muy literal aquello de mostrar los sabores del pueblo sin considerar que el agasajado principal podría sufrir comiendo lo nuestro. 

También recuerdo a cierto candidato que hacía campaña en la zona huasteca. Tenía que recorrer a la velocidad de la luz todos los municipios y en cada comunidad que entraba le ofrecían zacahuil, plato que usualmente le gustaba pero que acabó enfermándolo un par de días por comer todo lo que le ponían enfrente, en aras a no ofender a los anfitriones. Como pareciera que los candidatos no se pueden enfermar porque mostrarían ser humanos como cualquiera, se inventaron una ausencia de 24 horas que nada tenía que ver con el zacahuil. Su malestar se tomó con un grado menos a que si estuvieran resguardando un secreto de estado. 

Con toda razón los publirrelacionistas toman a la gastronomía como elemento de interacción y comunicación y por ello se preparan para no cometer barbaridades que comiencen en la mesa y terminen en acuerdos rotos o pactos sin firmar. En realidad, en casa uno debería hacer lo mismo con la bendita cena navideña, el baby shower o la bienvenida a la familia para la novia. Todo con el bono añadido de a través de los olores, conjurar a los espíritus de los ancestros y reconocer, entre sabor y sabor, que hay túneles del tiempo que se abren desde los fogones.