Finalizaba el año de 1958 en la isla de Cuba y aún se filmaba la primera de una larga saga de películas que tendrían como protagonista central a “Santo”, “el enmascarado de plata”, legendario luchador técnico del denominado “deporte del pancracio”. Cuando el equipo de producción de esa cinta se enteró que los rebeldes encabezados por Fidel Castro se acercaban a La Habana, decidieron apresurar su salida de la isla por aquello de “no te entumas”, ya que, el día último de ese año, el mismo dictador Fulgencio Batista había “agarrado monte” con rumbo a República Dominicana. Finalmente, el día primero de enero de 1959 entraría triunfante Fidel a la capital cubana y, el día dos, harían lo propio Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos. La Revolución Cubana se instalaría como el ejemplo prototípico de un movimiento social de amplia participación popular vuelto gobierno que, con todo y sus asegunes, resistió los embates del imperialismo estadounidense que, siempre, machacaba el “argumento” de contener el avance del comunismo en América Latina.
Lo anterior viene a cuento, no sólo porque se trata de conmemorar ese evento histórico que marcó a toda una generación progresista en nuestros países latinoamericanos, pugnando por una sociedad más justa desde los principios de la izquierda, sino porque allí quedó claro que el pueblo no es algo sustantivo en tanto que “sujeto de la historia” que descansa en el obrero o el campesino, sino el pueblo entendido como un bloque social amplio de distintos sectores que reivindican demandas específicas, pero en torno a un principio de unidad que, ciertamente, descansó en exceso en la figura central de Castro. Sin embargo, en las circunstancias difíciles del brutal bloqueo comercial impuesto por el gobierno gringo durante tantos años, resulta pertinente volver al discurso aquel de Fidel cuando se refirió al pueblo como el actor más relevante para conducir a su país a un mejor destino, aún y con todo el peso de un partido dominante en el plano político-ideológico.
En su famoso discurso titulado “La historia me absolverá”, Fidel planteaba lo que se entiende por pueblo… cuando se habla de lucha; esto es, no sólo como un actor pasivo, sino como la expresión de distintos sectores sociales en movimiento: “la gran masa irredenta (…) la que ansía grandes y sabias transformaciones de todos los órdenes y está dispuesta a lograrlo, cuando crea en algo y en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma (…) nosotros llamamos pueblo a los 600 mil cubanos que están sin trabajo (…) a los 500 mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables (…) a los 400 mil obreros industriales y braceros (…) a los 100 mil agricultores pequeños que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya, contemplándola siempre tristemente como Moisés a la tierra prometida…”. En ese, y en otros textos, Castro ampliaría el espectro de lo popular desde otros sectores productivos y clase medieros, hasta sectores como mujeres, ancianos y niños abandonados. El pueblo como un “actor político colectivo” (E. Dussel, dixit), pues, reivindicador de todas las luchas legítimas de todos los movimientos de distintos colores y sabores, sobre todo de los históricamente oprimidos y pobres.
Así las cosas, cuando se habla de pueblo en el caso mexicano, basta con ilustrar cómo a la pretensión de seguir tratando a la sociedad nuestra como si fuera menor de edad, escamoteándole sus derechos por parte de una minoría de la vieja guardia, se responde como es debido. El caso de la revocación de mandato, que se ha propuesto para este año, es ejemplo claro: a la sinrazón de un grupo de consejeros electorales que se ha regodeado en “jugarle al enmascarado”, se ha respondido con enorme afluencia de firmas para formalizar ese ejercicio ciudadano. El pueblo, pues, no se ha dejado, no es un ente fetichizado, por lo que, citando a otro clásico, “y, sin embargo, se mueve”.