Espacio libre de tecnología

He dejado de asomarme a la vida del país por temor a constatar el preludio de los desastres que dicen podrían venir. Ahora me da por evitar los encabezados de diarios electrónicos y la televisión permanece apagada más allá de los horarios estelares salvo si dentro de la programación de netflix, encontramos algo que valga la pena.

Ahora mi tiempo se destina a estar “en vida” durante esas horas antes consagradas a los grandes acontecimientos nacionales o a la programación regulas de las horas de descanso.

He consumido televisión desde que Cachirulo era el héroe de la hora fantástica patrocinada por pancho pantera.

Este aparato, como en otro tiempo lo fue el radio en la mayoría de los hogares, la tele se consagró como el acompañante de muchas de las horas de ocio de mi niñez, mi infancia y los años que siguieron. Hasta que uno despierta sintiendo o cuestionando lo que ahí se expone y su utilidad.

Haciendo a un lado la ingenuidad de que la programación o las extensas horas dedicadas a la tv son inofensivas, la preferencia por este gran dios del entretenimiento ha ido perdiendo su preferencia entre los miembros de las generaciones que nacimos con ella, tal como los milenials nacieron con la pc y el celular como una extensión de sus manos o su cerebro.

Como comunicóloga, dediqué horas a leer teorías sobre el impacto de la televisión y los videojuegos en los niños y quizá por ello mis hijos sufrieron la ausencia del nintendo y otros juegos de consola. Mi idea era que durante las horas de esparcimiento pintaran, corrieran, jugarán y hasta se aburrieran si la ocasión lo ameritara.

Los niños y padres de familia de las nuevas generaciones parece que no tienen escape ni alternativas: la tecnología llegó para quedarse y no sólo eso. Llegó para reinar.

No me gusta satanizarla más creo que hay un abuso en su uso y aunque es un tema de libertades, me temo que estas generaciones desarrollarán nuevas competencia perdiendo otras capacidades que pudieran pensarse “innatas” al ser humano; aquellas que nos distinguen precisamente en lo humano.

Así leer y razonar, conversar y discernir son actividades humanas que padecen una crisis en los últimos años: el vocabulario se estrecha y las personas ya no nos miramos a la cara para asentir, disentir, contradecir o confirmar, por estar mirando la pantalla de nuestro celular en todo momento.

No creo que sea recomendable esa añoranza al pasado nada más porque sí. Lo que sí considero necesario es que en la dinámica del siglo XXI, se procure mucho más que los niños, los jóvenes y las familias convivan en un espacio libre de tecnología.

Establecer sitios y momentos a salvo de tonos diversos que nos avisan lo que amigos y desconocidos hacen, comen, su último destino dentro sus propias casas o bien el glamur de momentos tan exóticos que nadie concibe y que todos envidian.

Entiendo que el celular se ha convertido en “la herramienta” de trabajo por excelencia pero al mismo tiempo afecta nuestra capacidad para acercarnos a la vida y a los demás de la forma natural como lo habíamos hecho hasta antes de su aparición y su prevalencia.

Me gustaría tener una propuesta que se adaptara y se adoptara para favorecer lo que arriba digo; pero creo que soy un ser humano en peligro de extinción, de esos pocos que les interesa el tema. Los demás, creo que ni siquiera lo consideran un asunto para reflexionar.