Jean Baudrillard advirtió, hace tiempo, que la primera puesta en órbita del hombre en el espacio sideral, a fines de la década de los sesenta, inauguraría una larga época en la que la humanidad estaría viviendo en una suerte de suspenso constante, sin aterrizar en algún punto específico de la realidad. porque estaría despojada de asideros que le permitieran hacerlo de manera contundente. Prevalecería, entonces, lo transitorio, lo efímero, lo fugaz, sobre lo trascendente, Sería lo que terminaría por conocerse como posmodernidad. La sociedad carecería de espejos que le ayudaran a mirarse a sí misma en distintos aspectos, como en el de la información para sortear lo que ahora se conoce como pos-verdad. Pero también en el ámbito socioeconómico, se padecería el no contar con un “espejo de la producción” que posibilitara tratar de recuperar la esencia del trabajo humano, como fuente del valor de toda la producción de las modernas sociedades donde el capital impone sus distintas leyes económicas depredadoras, como la ley de población, la ley de la acumulación, entre otras. Una situación en que, a lo sumo, se podría aspirar a contar con ciertos espejismos, como que el destino fatal sería progreso, cierto tipo de “progreso”.
Lo anterior viene a cuento porque, apenas la semana pasada, tuvo lugar en Davos, Suiza, una edición más del Foro Económico Mundial y, de acuerdo con la organización Oxfam, se estima que “el 1 por ciento de los multimillonarios en el mundo acapararon dos tercios de los bienes totales durante la pandemia de Covid 19” (en “La Jornada”, 17 de enero de 2023). Lo que ahora se conoce como la “ley del más rico”, no es más que la versión actual de la denominada como “ley de la acumulación de capital” que un clásico de la economía política, cuyo nombre causa escozor al pensamiento derechista, desarrolló desde mediados del siglo XIX y que, ahora, permite apreciar que: “con las ganancias de cuatro días de las personas más acaudaladas del mundo, bastaría para suprimir la pobreza extrema en México durante un año, y con las de 42 días se eliminaría la pobreza general” (Ibid.). Pero eso no interesa a los grandes multimillonarios como Elon Musk que, mejor, deciden enviar sus cohetes a orbitar el espacio exterior de nuestro planeta, nomás por el mero alarde de exhibir la riqueza que son capaces de acumular.
Y cómo no va a regodearse en ese alarde de riqueza un personaje como Elon Musk, ya que, de acuerdo con la misma organización Oxfam, se trata de una élite de magnates que tiene décadas de gozar de recortes de impuestos y de beneficios exclusivos que, en buena medida, proporciona un poder político con el que hacen mancuerna, sobre todo cuando se trata de representantes o personeros de gobiernos con escasa vocación social-progresista. De allí que, como se ha comentado antes en este espacio, la virtud de que el actual gobierno mexicano haya separado el poder político del poder económico, en términos de no permitir más despojos en despoblado de empresarios venales que, a la par de la riqueza, acumularon grandes deudas fiscales que, por supuesto, se negaban a pagar. De allí, también, el odio acérrimo con el que han venido reaccionando sectores derechistas que perdieron el goce de ofensivos privilegios y que se han lanzado a cuestionar, con acendrado clasismo, la política de bienestar social del actual gobierno federal. De allí también la necesidad de no dejar de ponderar el momento de la dinámica social y política en el país, presente y por venir, con un mínimo de enfoque de clase que, por más que se quisiera tener por pasado de moda intelectual, permite seguir explicando la realidad que se nos escabulle por espejismos, o quizá más precisamente, por espejitos o cuentas de colores que distorsionan o enmascaran la realidad.