Esta ciudad necesita una buena educación…

Esta ciudad necesita, por caridad de los dioses del silencio y el respeto a la privacía auditiva de sus habitantes, que esta tortura pase dos veces a la semana y una vez por cada calle. O nunca.

Ángeles Mastreta

Así escribe en su blog la escritora Ángeles Mastreta y a cuyas líneas me asomo de vez en cuando para ver si estamos pensando en lo mismo. Ella a su modo y yo al mío. Ella desde su circunstancia. Yo desde las mías que son las de muchos que conozco. Ella refiriéndose al “señor tlacuache” que compra cachivaches acompañado de su pregón pregrabado.

Y yo -directo a la yugular- creo hay que hablar del cambio arbitrario del uso del suelo que vivimos en casi cualquier ciudad de este país. Y si Usted joven emprendedor que quiere comprar su terrenito, asegúrese que el día de mañana su modesta -o no- avenida o calle, no será mañana una zona de antros o de locales comerciales que venden de todo y nada, en lo que se planeó para casas de interés medio o residencial.

Así viven vecinos de Lomas y no lo más residencial de esta ciudad. La administración anterior y más allá de la anterior, creyeron que ya era necesario transformar las principales vías de acceso a estos fraccionamientos y darles luz verde a pequeñas plazas comerciales, restaurantes, boutiques, fondas, barberías, franquicias cafeteras, fruterías, carnicerías y pequeños despachos de diseño y otros tipo de servicios profesionales. Y así le dieron en la torre a los vecinos que no han decido o no han querido ceder a la presión de la industria del comercio y el entretenimiento potosino.

A tal punto ha sido la deserción habitacional que los pocos que quedan se ven aturdidos tarde y noche por el punchis punchis de dichos comercios antreros o bien, encuentran el frente de sus casas plagados de autos; también los camellones y banquetas con restos de lo que la fiesta trae consigo: latas, colillas, restos de condones y otros enseres necesarios para uso y disfrute del reventón.

Es necesario apelar a las autoridades a que respeten dichas zonas residenciales. Estas arbitrariedades traen consigo un malestar y encono social que nos lleva al enfrentamiento y a la casi histeria colectiva. Terminamos viendo en cada automovilista o paseante un enemigo que se aprovecha del desgobierno -o mal gobierno- para gozar indiferentes de las molestias que causan a quienes reciben en sus muros los agudos y graves de los sonidos del ambiente musical de dichos establecimientos.

Hay una falta de civilidad generalizada no tan solo en este tema. A nadie le importa si en la casa de al lado hay un enfermo, un bebé, un anciano, un joven intentando estudiar para un examen, o simplemente que desea estar en el silencio o la paz de su propia casa. Nos vale gorro estacionarnos en las cocheras aledañas y salir dando cantando con el estéreo del carro a todo volumen.

No creo necesario que deba existir una legislación para cuestiones que antes era un tema de “buena educación” ésa que de la que ya pocos hablan y que al parecer es un antivalor, privilegio de pocos y discriminado por las masas que no le encuentra, valga la redundancia ningún valor en la vida cotidiana.

Nunca es tarde para detenerse, para bajar el volumen, o las dos rayitas. Nunca es tarde, para parecer un poco anticuado y respetar las cochera, para no tira basura en la calle, ceder el paso o no estacionarse en doble fila o en lugar de discapacitados.

Nunca es pronto para no descubrir el hilo negro. Para no apoyarse en los renglones escritos por otros o para dar con la idea que uno quiere y necesitar expresar.

Una cosa es un pregón, el triángulo que toca el señor que vende los barquillos, la marimba, la trompeta, los del gas, la campana de la basura, ruidos naturales y otra el escándalo de un chillido inhumano porque lo amplía un megáfono.

Hay muchas dificultades en el arte de gobernar. Esta es muy sencilla. Modérenlos, por lo que más quieran. AM