Hace unos días llegó a mi radar un análisis sumamente agudo que, desde la psiquiatría y la historia, desmenuza una de las pasiones más oscuras y rentables de la política: el miedo al otro. Hablo del ensayo Del miedo y los extranjeros, del psiquiatra George Makari, recientemente retomado con mucha lucidez en el podcast Punzadas Sonoras. Su tesis central es un balde de agua fría para quienes creen que el rechazo al fuereño es un instinto natural; Makari nos demuestra que no, que la xenofobia y la invención del “Otro” son un sofisticado constructo político moderno. Un invento diseñado para cohesionar a sociedades que están fracturadas por dentro.
Y al escuchar esto, fue inevitable que la memoria me trajera de vuelta a casa, a nuestras propias raíces, y a los versos del más ilustre de los potosinos: Francisco González Bocanegra “Mas si osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo...”
Cualquier mexicano ha cantado esto hasta el cansancio desde la primaria. Pero si pasamos el himno por el tamiz de Makari, la figura de ese “extraño enemigo” adquiere una dimensión política fascinante. Recordemos el contexto en el que González Bocanegra arrastró la pluma en 1853: México no era un país, era un archipiélago de ruinas. Acabábamos de perder la mitad del territorio frente a Estados Unidos, los liberales y conservadores se mataban en las calles, y el concepto de “identidad nacional” era tan frágil como las finanzas públicas.
¿Qué se hace cuando el «nosotros» está en terapia intensiva? Según Makari, te inventas a un «ellos» aterrador.
El “extraño enemigo” de nuestro himno no es solo una advertencia militar; fue, en su momento, el pegamento político más urgente de la nación. González Bocanegra y Santa Anna entendían, consciente o inconscientemente, la regla de oro que hoy describen los politólogos: nada unifica más rápido a una base dividida que el pánico frente al forastero. Si no sabíamos qué significaba ser mexicanos, al menos sabíamos que no éramos esos extraños que querían pisotear nuestro suelo. El miedo nos dio identidad.
Hoy, casi dos siglos después, la mecánica del “extraño enemigo” sigue operando con la misma precisión, aunque ya no venga en carabelas ni con bayonetas. Lo vemos todos los días en la retórica política. Cuando la crisis interna aprieta —cuando la violencia nos rebasa, cuando la economía no cuadra, cuando las instituciones crujen— el poder siempre buscará señalar a un forastero. A veces ese enemigo extraño es el migrante que cruza el territorio, al que se le criminaliza para tapar nuestras propias fallas de seguridad y empatía. Otras veces, el enemigo es un ente abstracto: “los intereses extranjeros”, “las potencias injerencistas” o cualquier fantasma internacional que sirva como chivo expiatorio para justificar los tropiezos de casa.
Como bien advierte el texto de Makari, odiar al extranjero es un atajo. Es más fácil proyectar nuestra decadencia en el forastero que mirarnos al espejo y admitir las grietas de nuestra propia casa.
A fin de cuentas, el “extraño enemigo” nunca ha tenido un rostro definido. Es, más bien, un lienzo en blanco. Un fantasma hecho a la medida de nuestros propios complejos, miedos y fracasos nacionales. Quizá va siendo hora de que entendamos que, muchas veces, el enemigo más extraño y peligroso para nuestro suelo, no viene de afuera; lo hemos cultivado adentro.