Si me lo hubiera propuesto, quizá no hubiese pasado. La semana anterior escribí sobre el maltrato al que se ven sometidos algunos docentes por parte de padres y madres de familia o por el propio alumnado. Una lectora me hacía notar que, en general, vivimos una época de profunda descortesía y de abuso normalizado hacia nuestros semejantes. Me parece que no exagera. No es únicamente que cada vez sea más poco frecuente saludar, o hacer conversación con extraños, o ceder el lugar de una fila o el asiento de un autobús. Es que también comienzan a generalizarse las muestras violentas contra desconocidos en las que las agresiones verbales y la falta de empatía se convierten en génesis de verdaderos actos agresivos y potencialmente peligrosos.
Mis rumbos están en el centro, por lo que no es inusual que ocurran accidentes de tráfico. El viernes me tocó ver uno. Era temprano y circulaba hacia el estacionamiento. Delante de mí venían dos carros. Como bien sabemos, en el centro la regla es que debemos de ceder el paso a un vehículo y luego pasar nosotros, irse uno y uno, pues. En cierta intersección hubo claramente una confusión, se perdió la cuenta de a quién le tocaba y después de una pausa los dos vehículos que quedaron en el cruce avanzaron. Chocaron. Fue de esos accidentes que uno puede ver como en cámara lenta. Ninguno iba rápido, pero los vehículos sí quedaron considerablemente dañados, uno en la parte frontal y el otro en la parte lateral, entre la llanta derecha y la defensa delantera. Ambos conductores bajaron como energúmenos. Madres fueron mentadas, empujones fueron dados, vaya, aquello fue todo un despliegue de lo que no se debe hacer. En un punto me dio cosa, porque parecía que aquello iba a escalar, traté de ver si podía salir en reversa y alejarme, pero ya había varios carros atrás de mí. En eso, afortunadamente, una patrulla intervino y un oficial paró en seco a los conductores y otro se ocupó de agilizar la circulación. Claro que da coraje que le pase algo a nuestros carros, pero de verdad, aquello parecía más bien el desfogue de ambos conductores ante situaciones que, sospecho, nada tenían que ver con sus vehículos.
Luego, en esta misma semana me tocó una muestra más de agresividad. Suelo ir a hacer ejercicio a cierto espacio a donde también van varias niñas. A veces, si no están con la madre en los baños, suelen estar acompañadas por nanas. La verdad es que el fenómeno es cada vez menos frecuente, pero pasa. Pues ahí estaba esta chavita. Calculo que debe de tener unos diez u once años. La acompañaba su hermana, un par de años menor y una chica que les llevaba una maleta de rueditas. La nana se dedicaba a juntar las cosas de la niña pequeña, mientras la mayorcita se peinaba. Alrededor la niña grande tenía un santo tiradero de aquellos: crema de cuerpo, espuma del cabello, cepillos, toalla mojada hecha bolas, ropa que quien sabe si estaba limpia o sucia, en fin, un caos. La chavita terminó de peinarse y se enfiló junto con su hermana hacia la salida. La nana estaba recogiendo el mugrero y no habían pasado ni dos minutos cuando la chavita mayor le dijo en un tono francamente espantoso: “-Te dije que limpiaras eso rápido, eres una inútil, le voy a decir a mi mamá que ni siquiera tapas bien los frascos, y te dije que ya nos vamos.”- Se dio la vuelta y salió corriendo. La nana, vuelta gorro, salió atrás de las niñas con un montón de cosas en la mano. ¡Qué ganas de regresar a la niña, obligarla a que se disculpara y ponerla a recoger ella misma su tiradero!
Yo recuerdo que a mí muchas veces me educaron perfectos desconocidos. Adultos que me pararon cuando estaba yo portándome mal o siendo grosera. Recuerdo esos regaños incluso mejor que algunos que me dieron mis papás. En el momento me asustaron, pero sé que tenían razón. Y es que antes nos educaban en comunidad. Ahora, uno ya le piensa para corregir a un niño o niña que se está portando como la chavita de esos baños. Creo que todos estamos perdiendo al retirarle a nuestra comunidad ese sentido formación social que tanta falta hace. Quién sabe cuánto nos vaya a costar la omisión, pero de que va a pasar factura, va a pasar factura.