Hace un par de días leí algo que me dejó pensando. Iba más o menos en la siguiente línea: hace muchos años, las personas escribían diarios íntimos y se ofendían si alguien sin autorización los leía. Ahora la gente escribe cosas íntimas y se ofende si la gente no las lee. Qué cosa tan más cierta.
La fama no es un fenómeno exclusivo de nuestro tiempo. Siempre han existido personas que gustan de ser vistas, sin importar si son amadas u odiadas; eso ya son detalles. Hay personas que sin miramientos harían lo que fuera con tal de sentirse admiradas. En una investigación tremendamente sugerente, el New York Times encontró que uno de cada tres preadolescentes quiere ser influencers profesionales, ganar mucho dinero y ser famosos. El 11% de los nacidos entre 1997 y el 2012 se describen ya a sí mismos como influencers. La gran mayoría de ellos tiene como plataforma principal Instagram, y, aunque son menores de edad y en teoría el sitio no permite apertura de cuenta para ese grupo de edad, sí admite que los padres sean quienes autoricen y administren la cuenta de sus hijos e hijas. Ahí empieza la cosa. Según el periódico estadounidense, los padres y madres de un buen porcentaje de menores, son los adultos quienes promocionan la imagen de los chicos y chicas menores de edad, de manera que ayudan a publicar historias de los menores para que se vuelvan rentables y se generen ganancias. Los adultos son quienes promocionan las imágenes, consiguen patrocinios y graban lo que sea que ayude a conseguir más seguidores, sin importar mucho que lo grabado raye en lo sugerente, lo obsceno o lo humillante. Esos, aparentemente, se convierten también en detalles sin importancia.
La investigación afirma que entre más seguidores genera una cuenta, se atraen a más a adultos, mayoritariamente hombres. En el caso estudiado, donde se abarcaron cinco mil cuentas, se detectaron medio millón de interacciones inapropiadas entre esos adultos y las cuentas de los menores, específicamente concentradas en perfiles de niñas. Se detectó también que de Instagram se pasa a otras aplicaciones para sostener conversaciones en privado, como Telegram.
En la mayoría de los casos, cuando los padres y administradores de cuenta detectan contactos inadecuados de adultos con sus hijos, rara vez se reportan y cuando ocurre, pocas veces las plataformas actúan, aduciendo que los mayores de edad pueden establecer ellos mismos candados de privacidad y que si no lo hacen, bueno, pues será cosa de cada quien.
No sorprende entonces que los preadolescentes quieran ser influencers, si cuentan con ayuda de sus padres. Nada tendría de malo, incluso. Sin embargo, los riesgos siempre traen consigo la pregunta ¿cuál será el precio de esa fama?