Familia y escuela Capítulo 135: La tortuga, el conejo y el changuito: el prejuicio

El profesor se encontraba en un dilema, dado que, por primera vez, en todo lo que va del curso, se encontraba ante la situación de que sus alumnos habían reprobado las materias y estaba analizando la forma en cómo apoyarlos y brindarles una segunda oportunidad para evaluarlos.

“Desde que el curso inició, siempre sospeché que el changuito era flojo e incumplido con sus labores, además de hacer trampa en los exámenes, no merece una segunda oportunidad; mientras que el conejo, a leguas se le ve que es, además de tierno y dócil, un buen y dedicado alumno por lo que es muy justo que lo apoye; por su parte, la tortuga, aunque de aspecto tosco y actitudes desesperantes, creo que pudiera aprobar aunque sea con la mínima calificación”

De esta forma, el maestro había decidido brindar el apoyo a unos y a otro negárselo, utilizando para ello un criterio totalmente basado en su análisis subjetivo y, sobre todo, prejuzgando sus acciones.

Lo que ocurrió verdaderamente fue que la tortuga ante su lentitud se puso más nerviosa de lo normal y no terminaba sus actividades y exámenes; en tanto que el changuito, por primera vez se decidió a estudiar formalmente, pero de igual manera los nervios hicieron presa fácil y falló en sus respuestas; por su parte, el conejo, al saberse bien visto y apreciado por su aspecto, asumió actitudes de flojera y sin que nadie lo sospechara se decidió a hacer trampa en las evaluaciones, pero ante la falta de práctica, de igual forma le fue mal.

En efecto, lo que determinó una decisión que cambiaría la vida académica de estos alumnos, fue ni más ni menos el prejuicio que representaba para el profesor, la imagen de cada uno de ellos.

Tal parece que el prejuzgar se ha vuelto una práctica de lo más común en las sociedades, específicamente en países como el nuestro, en donde se generaliza y se antepone una etiqueta, características y hasta formas de pensar y actuar de las personas, las cuales por su aspecto, pertenencia a ciertos grupos sociales o actividades que desarrollan, son estigmatizadas sin darles la oportunidad de mostrar sus verdaderas cualidades.

Se muestra una gran desconfianza hacia quienes visten y asumen formas de pensar diferentes al común de los ciudadanos, como es el caso de las diferentes tribus urbanas; o hacia quienes profesan alguna forma religiosa distinta a la dominante; o simplemente, hacia quien, ante la precariedad económica, viste de manera muy austera y de aspecto descuidado, desaliñado y sucio.

Se asocia a priori con actos de corrupción a ciertas clases políticas y de puestos jerárquicos, incluidos algunos integrantes de las diferentes fuerzas del orden y responsables de la seguridad ciudadana; se asocia de igual manera con violencia y el consumo de sustancias a quienes se encuentran reunidos en calles o departiendo en diferentes tipos de reuniones.

Todavía se prejuzga y se estigmatiza a quienes muestran una preferencia distinta a la heterosexual; de igual forma se practica la aceptación o rechazo por características físicas como el color de piel, las capacidades diferentes y minusvalías; o por factores culturales como la lengua, tradiciones y el origen étnico, así como por elementos sociales como la clase social, el tipo de vivienda y transporte con el que se cuenta, entre otros más.

Parece que el prejuicio, como forma de convivir socialmente, se ha “naturalizado” y hay quien afirma que estamos adaptados a ello, porque es propio de la naturaleza humana; sin embargo, precisamente por esa condición de humanidad, es que debemos incluir en la agenda educativa de familias, escuelas y medios de comunicación el procurar erradicar esta práctica.

Así como le pasó a la tortuga, al conejo y al changuito, no quiero imaginar cuánta gente no terminó su educación formal, cuánta gente no obtuvo un trabajo o puesto laboral, cuánta gente ha sido excluida de los grupos de convivencia social o simplemente ha sido recluida ante su aspecto y ser víctima de un prejuicio.

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