El proceso de deshumanización está en marcha, con todo lo que esto conlleva y significa.
Educar personas desde personas, sentir su presencia, el abrazo, su calor, el tono y la intensidad de su voz, sus aciertos y errores; y hasta su comprensión o reproche al mirar, se está perdiendo.
Tal pareciera que al educar, estamos programando máquinas, implantando un software o “chip” en el hardware de nuestros hijos o alumnos; por el cual, esperamos obtener en todos y cada uno de ellos, siempre con el mismo algoritmo el mismo resultado, los mismos comportamientos y respuestas.
Ya lo sentenciaba Galeano: “desde que nacen, los niños… son entrenados para el consumo y para la fugacidad, y transcurren la infancia comprobando que las máquinas son más dignas de confianza que las personas…”
Es innegable que la modernidad, aún con la postura crítica de los que enarbolan las corrientes posmodernas, ha enfilado el rumbo de las sociedades por caminos insospechados e inimaginables, solo visibles con anterioridad para mentes privilegiadas y asombrosamente futuristas: Albert Einstein, Julio Verne, Leonardo da Vinci, Nikola Tesla y otros pocos.
Los grandes progresos y avances científicos, sin duda han traído innumerables beneficios en los campos de la salud, las comunicaciones, los transportes, las aplicaciones y utilidades para hacer la vida “más cómoda”, la educación y muchos otros aportes que, como parte de las civilizaciones, se van incrementando día con día en la historia de la humanidad.
Este aparente “dominio” que existe sobre la naturaleza y su devenir, encumbra de manera fugaz y engañosa a la especie humana, cual si fuera el Dios que tiene todo lo que ocurre bajo su control y que nada en el mundo “se mueve si no es ordenado por tal divinidad”.
Sin embargo, tal como sucede en las distintas realidades, nada se da de manera fortuita y sin consecuencias; tal como lo asegura la tercera ley de Newton: con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria.
Son incontables los ejemplos: en afán de producir más y mejor miel, se creó en Brasil el monstruo conocido como “la abeja africana”; con el objetivo de mejorar y aumentar la cantidad y calidad de las cosechas y productos de origen animal, son manipulados transgénicamente; con la intención de producir mayor cantidad de productos, para alimentar la tendencia consumista de la población, se multiplicó indiscriminadamente el número de empresas y artículos con altos índices de contaminación ambiental.
La modernidad ha marcado el rumbo, y con ello, la deshumanización está en marcha; estamos pagando y abonando de manera muy costosa, por sus “beneficios”.
De esta forma, todos los aspectos positivos que en nombre de la ciencia y el conocimiento se han logrado, tienen un costo y una responsabilidad que asumir; tal es el caso del ser humano y su educación.
Se hizo necesario entonces, formar individuos que no replicaran ni contradijeran al “progreso” y para ello, la educación es el instrumento idóneo. Desde hace mucho se viene denunciando la necesidad de una educación integral; aquella que, de manera constante, despierte y fomente desde escuelas, familias y medios de comunicación, otras formas de enseñar y otros aprendizajes; que como dijera Morin: que aparte de difundir y hacer ciencia, se haga con conciencia.
Ocurre entonces que: se inculca y se reproduce que la calidad en las familias se mide por el ingreso per cápita y los niveles de acceso a bienes y servicios, incluso por la pertenencia a determinada clase social; sin embargo, ¿El nivel de alegría? ¿El nivel de experiencias? ¿El nivel de afecto y apoyo?, ni siquiera se menciona como un logro y solo se usa para detectar familias disfuncionales.
Durante seis horas diarias o más, se enseña, se multiplica y hasta se premia la calidad educativa, tomando como punto de referencia rangos numéricos, en los cuales si como “fruto de tu educación” obtienes el “10” de calificación, significa que eres excelente porque lograste repetir lo mismo que dice tu maestro o un libro. ¿Tus habilidades? ¿Tus valores? ¿Tus sentimientos?, desde luego que pasan a un segundo término.
Salvo muy pocas y honrosas excepciones, la mayor parte de los programas escolares y dinámicas educativas sociales y familiares, se llevan a cabo de manera “mecánica” y “técnica”, cual si programáramos robots; pero esta programación, ¡también se realiza desde otros robots!
Papás y mamás, maestros y maestras, ¡También en su gran mayoría están programados!; Los primeros, intentando desempeñar su función de la manera que sus hijos reciban la formación y las indicaciones precisas, no importando sus cualidades y características específicas, para que su desempeño no sea contrario a lo establecido en su contexto social.
Para el caso de los profesores, todavía una gran mayoría no se ha dado cuenta que, el simple hecho de reducir la docencia a solamente “vaciar” los contenidos de un libro o un programa de estudios en la mente de sus alumnos, para posteriormente corroborarlo con un examen, aunque lo hagan de la manera más actual y tecnológica; equivale, por un lado, a actuar como “robot” con todas las habilidades digitales con las que fueron programados para “enseñar”; y por el otro, comprender que ese “vaciado” de conocimientos equivale a programar a sus pupilos para que ejecuten las mismas acciones robóticas, que se les solicitan.
Educar de un robot, hacia otro robot, presencial o por medio de la virtualidad, se ha vuelto una dinámica que ha provocado perder elementos inherentes a los humanos; lentamente nos estamos convirtiendo en seres “metálicos” “fríos” “indiferentes”; tal parece que es momento de que la educación, cual Mago de Oz, debiera seguir “el camino amarillo”.
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