Han sido muchas las ideas, características y beneficios asociados a la educación, bien sea aquella de tipo formal, adquirida en escuelas o, no formal, fomentada desde familias y medios de comunicación; incluso, con aquellos que aprenden autónomamente.
A la sabiduría y al aumento de conocimientos se les ha atribuido carácter de libertad, sobre todo de criterio, de ideas, de voluntad y decisión propia; “La educación os hará libres” afirmaba el ilustre cubano José Martí.
Históricamente la falta de conocimientos y saberes es asociada entonces, con una forma de esclavitud, tanto física como ideológica; carencia que es aprovechada como una oportunidad que permitiera influir en la vida de las personas y en su condición de dominación.
A principios del siglo pasado, en muchos de los países latinoamericanos, ya con el simple hecho de saber leer y escribir, hacía la diferencia entre alguien a quien se le podía dominar e influenciar fácilmente y quien, con esa base educativa, era considerado con la suficiente cultura como para no ser enajenado, sobre todo en sus ideas y decisiones.
Por otro lado, el saber más sobre una actividad económica social o cultural, el tener un nivel de estudios acreditado por alguna institución, es una variable que se relaciona directamente con los factores de movilidad social.
Entendida ésta, como ese desplazamiento entre clases sociales, que permite que el sujeto pueda, tener acceso a diferentes y mejores bienes y servicios; todo ello, fruto de la educación recibida, mediante la cual se vuelve más fácil ese movimiento y la obtención de mejores niveles de bienestar.
Otro de los elementos asociados con la educación, son los referentes a la difusión de la cultura y a la función de socialización acorde con las expectativas que se tiene en cuanto a comportamientos y costumbres aceptadas por cada pueblo.
Por desgracia, una de las formas en que se aprovecha el acceso a la educación, incluso a sus niveles más altos, es el hacer uso de dichos conocimientos, no solo para ejercer influencia y prepotencia sobre las clases marginales, sino también para la obtención de beneficios personales, no siempre lícitos; es decir, la configuración de los llamados “delitos de cuello blanco”.
En efecto, diversos casos de personas, aún con posgrados en el extranjero, han sido detectados y evidenciados con conductas que, desde la cúpula del poder, buscan la impunidad de sus actos, haciendo evidente que, el conocimiento elevado y especializado, fue usado para fines inmorales e ilegales, al poner en práctica “ese arte de transformar científicamente” lo ilícito en irreprochable y hasta encomiable.
¿Para qué debe servir el conocimiento?
Si se ha afirmado que el conocimiento está relacionado con la libertad, entonces se genera una relación interdependiente entre ambos estados, es decir: “conozco, estudio y me preparo, para ser libre”
Sin embargo, no basta con tenerlo y serlo, se debe aspirar al uso racional de esa libertad; lo mismo ocurre con el conocimiento, no basta con estar educado y acumular saberes, se debe aspirar a su uso racional; en ambos casos, se genera un compromiso.
Algunos de los compromisos más relevantes, que al formarse y/o educarse se adquieren, tienen que ver con la educación integral, en donde se propone el cultivo y fomento de valores y actitudes, los cuales se proyectan en responsabilidades.
Compromiso ambiental: Bien sabemos que el mundo entero está afectado por toda la serie de contaminantes que tiramos y desechamos impunemente a la calle, alcantarillas y drenaje, ríos, lagunas y mares, el dióxido de carbono arrojado a la atmósfera; que estamos haciendo un uso inadecuado de plásticos y componentes de “un solo uso” y más; aún con todo y que lo sabemos, seguimos con esas conductas.
Compromiso moral: Diversas conductas y actitudes a este respecto inundan la cotidianidad social, por ejemplo, la corrupción y el soborno. Aun sabiendo que ambas son condiciones nocivas, las seguimos efectuando, fomentando y directamente enseñando como algo posible y efectivo.
Acciones como el obtener un favor o beneficio mediante el otorgar una compensación; el pervertir mediante trampas o engaños una acción que debería ser legal, clara y transparente; el obtener ventajas o privilegios desde una posición jerárquica y de poder, son solo algunas de sus modalidades.
No esperemos que llegue un grupo delictivo, un cartel o una “banda de forajidos”, porque estas conductas son practicadas desde las mismas familias y hogares, escuelas, negocios y comercios; y en general, en todas las actividades comunes de interacción social.
Son acciones “tan simples”, incluso vistas ya de manera “tan normal”, que se observan desde cómo maestros o alumnos copian en un examen o compran claves de respuestas para obtener un resultado aprobatorio; cómo en un hogar, alguno de sus integrantes no realiza alguna de las actividades asignadas o lo hace de manera incompleta; o bien, cuando un padre de familia ingresa a un plantel público a alguno de sus hijos, sin importar el resultado del examen de admisión correspondiente; o cuando en un comercio se venden bebidas alcohólicas a menores de edad.
Tener vasta experiencia, mayores y mejores conocimientos en un campo del saber, elevados títulos y diplomas educativos, cargos y puestos jerárquicamente encumbrados y con poder; todo ello, genera un gran compromiso, con uno mismo y con los demás; genera la necesidad de fomentar que no basta con saber y ser libre, sino de aspirar a serlo de manera racional.
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