Familia y escuela Capítulo 126: Los microespacios personales

El reconocer y practicar el uso adecuado de los espacios personales, esos en donde cada quien se siente agusto consigo mismo, sin “caretas” ni poses, es sin duda uno de los muchos factores educativos integrales que poco se han explorado, fomentado y hasta se han llegado a negar.

No se trata de un aislamiento forzoso, ni tampoco de confinar permanentemente en la soledad a una persona, mucho menos de realizar una práctica antisocial y de apatía; por el contrario, resulta una actividad totalmente saludable y hasta necesaria, mediante la cual se realiza esa pausa en el camino, para luego continuar la ruta de cada día.

Los microespacios generados y usados, otorgan el tiempo necesario para “salir a la superficie y tomar un bocanada de aire, para luego seguir sumergido en las diferentes realidades por las cuales necesariamente debemos atravesar”.

Son los momentos que usamos para reflexionar sobre nuestras acciones pasadas, presentes y planear las futuras; autoevaluarnos de manera sincera, tomando en consideración que no podríamos engañarnos a nosotros mismos y continuar o recomponer el camino.

Además, esos espacios tienen la cualidad de reafirmar de manera espontánea y natural, nuestra personalidad y mostrarnos tal cual somos, auténticos y libres de presiones y convencionalismos sociales; el ser y estar en tiempo, espacio y circunstancia, frente a nuestra realidad.

Las formas y los lugares en donde creamos cada quien nuestros microespacios, son en verdad variados y funcionan de manera multimodal, sin obedecer a una terapia formal, sino más bien adaptada de manera situada y contextualizada a cada persona o grupo.

Es así que en las familias y sus hogares, en condiciones normales, encuentran cada una a su modo su propia dinámica y funcionamiento, ninguna es igual; hacia el interior de cada vivienda se genera el microespacio que brinda la seguridad, privacía y autonomía para actuar de manera diferente que como se actúa afuera; además, cada miembro elige, dentro de ella, su espacio preferido y los de convivencia común.

Es aquí en el que padres de familia encuentran el lugar de reflexión, después de que todos se han dormido o bien, en algún lugar en donde sin distracciones pueden descansar y planear la ruta familiar o personal, para después continuar al frente.

Resulta muy interesante el apreciar cómo cada padre y madre actúan en su microespacio familiar de manera individual y grupal, tal como lo hacen las personas que fomentan la fe en las diferentes facciones religiosas, teniendo su espacio personal para la autoreflexión y luego dirigirse a su feligresía o seguidores.

De igual forma sucede con los profesores, cuando sus microespacios son compartidos entre momentos individuales, usados para planear estrategias de enseñanza y seguimiento de sus alumnos, para luego estar frente a ellos.

El microespacio de los docentes, lo mismo que son los hogares en las familias y los templos para la religión, lo constituyen las aulas y los espacios en donde se imparten las clases; una vez que entra el maestro, se encuetra frente a la grandiosa oportunidad de “ser”, de “ser auténtico”, quiéralo o no, refleja mucho más que una materia o plan de estudios, se proyecta totalmente ante todos sus pupilos; no importa el nivel de estudios, porque de igual forma ocurre; este lugar le pertenece, incluso para algunos no es una exageración en considerarlo como sagrado.

De hecho, todas las actividades laborales y desempeños profesionales, lo mismo que en todas las comunidades y grupos sociales, se aprecia la conformación de estos espacios personales, en donde sus integrantes “se salen” de su cotidianidad para, de alguna forma específica en cada uno de ellos, generar esa pausa necesaria.

Los microespacios aparecen desde aquellos y aquellas que tienen encomendadas funciones y compromisos macrosociales, públicos, políticos y de gobernanza en general, hasta aquellos que desempeñan actividades catalogadas como menores o incluso solo personales o locales.

Las formas en cómo se construye este espacio y tiempo son infinitas, los hay aquellos que con audífonos y atuendo deportivo salen a ejercitarse; quienes escuchan música o ven alguna película o serie videográfica; quienes disfrutan una taza de café, té u otras bebidas o sustancias; los que dibujan, escriben o leen sus temas preferidos; aquellos que, asaltados por la nostalgia y los recuerdos, se entregan a la revisión de videos, audios o fotografías de los viejos álbumes.

De manera más contemporánea, se usa el espacio y tiempo con la revisión y participación en las diferentes redes sociales y contenido archivado en streaming y el recorrer todo el mundo de experiencias que ofrece la sociedad del conocimiento; sin embargo y no obstante estas condiciones y avances, sigue subsistiendo en el ser humano el único microespacio personal que ha permanecido intacto y puro, me refiero a nuestra mente.

Basta con cerrar los ojos en cualquier tiempo y lugar, para hacer uso de la mayor libertad que a la fecha permanece en cada uno de nosotros: el pensar, imaginar y crear lo que queramos sin que nadie se entere y sepa “en dónde estamos, qué estamos imaginando y lo que hemos creado en nuestra mente”.

Sin duda, la imaginación es el microespacio más importante que debemos desarrollar en hijos y alumnos, es el capital más valioso que la educación debe aportar desde todos sus medios; es el micro lugar que debemos procurar que cada persona construya y que visite haciendo uso de manera indefinida y sin límites de él.

El micro espacio personal de la imaginación, como una de las mejores enseñanzas que podemos practicar y fomentar en todos y cada uno de nosotros.

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