Se entiende que la pandemia por COVID 19 vino a apresurar diversos cambios sociales que, con esa enfermedad o sin ella, ya se estaban presentando de manera gradual en todos los órdenes de la vida cotidiana.
la digitalización y la interacción virtual entre las personas y de éstas con todos los procesos, servicios y actividades sociales, estaban ya ocupando una “normalidad” a la que gradual y necesariamente todos nos estábamos adaptando.
Actividades como las efectuadas en bancos, departamentos y ventas de todo tipo, uso y solicitud de transporte público y privado, trámites burocráticos, empresariales y administrativos; además de un sinfín de actividades más, para las que ya no se requería de la presencia de la persona, documentos impresos o del dinero en efectivo, dado que ahora una acreditación virtual con plásticos, datos biométricos y una conexión a distancia, suplantó la presencialidad.
La irrupción de una enfermedad que se propagó mundial e inevitablemente, vino a confirmar y terminar de implantar todos esos cambios, creando un escenario denominado como una “nueva normalidad”, irrumpiendo de golpe en todos los actos; la educación, como proceso social, no estuvo exenta de ello.
Para el caso de los niños, adolescentes y jóvenes, previo a la pandemia ya la vida digital era imperante para cada uno de ellos, dado que además de estar de manera presencial, literalmente no existías si no te presentabas de manera virtual; imposible que alguien no tuviera un aparato celular y mucho menos el que no pertenecieras a alguna de las diversas redes sociales.
Ya desde entonces las nuevas lecciones y los nuevos aprendizajes comenzaron a fluir, todos ellos sin la necesidad de obligarlos a acudir a una escuela ni a tomar una clase o materia específica, porque de manera espontánea y efectiva, autoaprendían y mejoraban con la prática de esos conocimientos.
Por cierto, en relación con los que estamos involucrados en los procesos de enseñanza, ¿qué nos dice esta acción de autoaprendizaje a los que somos padres o madres de familia, maestros y maestras de cualquier nivel educativo? sobre todo entendiendo la efectividad de esos aprendizajes.
fue tal el impacto de esos procesos de digitalización social, que se comenzó a fraguar una interacción socio personal “fría” y una omisión del contacto visual “en vivo” y, en lugar de entablar una conversación frontal con “el otro”, se recurría a indagar en primera instancia, todo el historial que se vertía en la red social preferida, a este respecto comenta Byung-Chul Han: “El smartphone no es solo un eficiente aparato de vigilancia, sino también un confesionario móvil…”.
Estas lecciones llevaron a transformar a los usuarios – alumnos, en una visión de sí mismos basada en conceptos estéticos materiales y artificiales, en donde los niveles de aceptación, likes y no likes, son los parámetros que limitan o potencian su existencia y aceptación virtual; por lo que, se hace todo por estar incluido en esa selecta lista: fotografías con los mejores o más llamativos perfiles, muchas de ellas retocadas o hasta truqueadas; íconos, mensajes simbólicos o escritos y toda una serie de representaciones que proyectan a una persona; además de crear y practicar formas diferentes de enviar mensajes suplantando las palabras por imágenes.
Es entonces que, de manera abrupta, todos los alumnos se encontraron ahora recluidos en sus hogares y por si no fueran pocos todos los cambios que estaban ocurriendo, ahora se enfrentaron a una segunda oleada de nuevos contenidos, lecciones y formas de acceder a los conocimientos; algunos como “leones enjaulados” otros, haciendo de su habitación un verdadero búnker, del que solo se asomaban para comer y aveces ni a eso; en unos el encierro acrecentó la convivencia familiar, pero en otros, aumentó los riesgos de maltrato y violencia en el hogar.
Ahora, se reconoce una tercera oleada de nuevas lecciones y conocimientos, la cual se pone de manifiesto al regresar del encierro y aparecer de nuevo presencialmente, diría que es volver a aprender lo que antes ya sabíamos, pero ahora mezclado con las enseñanzas de la virtualidad y a lo mejor, son cosas tan simples como el volver a practicar a sonreir con la boca.
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