Desde hace un buen tiempo estamos siendo testigos y partícipes de un proceso de deshumanización; estamos llevando el trato, las relaciones y la interacción social a niveles “automáticos” y “robóticos”, con la frialdad y exactitud digna de un programa de cómputo, una aplicación para telefonía o una programación de un aparato electrodoméstico.
Estamos llegando al punto de tener más confianza en una computadora o un teléfono celular como acompañante, que la presencia de una persona; mayor credibilidad en una calculadora o un programa estadístico para hacer una operación matemática, que en la propia capacidad mental; de contar toda la historia personal, estados de ánimo, logros y desencuentros en redes sociales, mostrando la imagen con el mejor perfil, esperando corroborar que se existe como ser humano mediante la aprobación de miles de “likes”.
La vida cotidiana se ha transformado, como si fuera película de ficción de hace algunas décadas, interactuando con máquinas y con todo tipo de programas y aparatos que, si bien es cierto que fueron diseñados para llevar una vida más cómoda, justa y placentera, nos ha robado la posibilidad de la experimentación y la equivocación como característica humana del aprendizaje, a cambio de la seguridad y la perfección científica.
Ya muchas personas encuentran pareja mediante diferentes progamas y redes sociales, incluso creando filtros para seleccionar lo que se busca y desea, omitiendo esa característica humana de percibirse nerviosamente de frente, el uno con el otro, con defectos y virtudes; por su parte, ya muchos deportes han incorporado tecnología, como si los jugadores y el público fueran parte de un videojuego en el cual se puede hacer una pausa para revisión, donde todos se quedan congelados, omitiendo y ahogando sus emociones humanas, hasta que se les permite festejar o gritar: ¡gooool!.
La educación, como proceso social, ha estado inmersa de manera decisiva en esta transición robótica; no es solo la adaptación a la sociedad de la información en la que de manera casi mágica se transfieren conocimientos mediados por la tecnología con plataformas, redes y la infinita posibilidad de la virtualidad; esto solo es el formato y la adecuación a un avance y desarrollo de otros niveles posibles de conciencia e inteligencia, que sin duda producen aprendizajes insospechados.
La deshumanización en educación se da mucho antes de los procesos digitales, sobre todo con la pérdida, en muchos grupos sociales, del sentido original de la enseñanza y el aprendizaje, al dejar de lado ese amor por la sabiduría que los filósofos griegos pregonaban, es decir, a considerar el aprender cosas nuevas por motivación y gusto personal, en lugar de “tragar” de manera obligada e insípida los conocimientos a grandes y apresurados bocados en un tiempo determinado, so pena de ser considerado como un sujeto retrasado, mediocre o incapaz.
De igual forma, se ha dejado de lado la enorme riqueza del aprendizaje de valores, actitudes, habilidades y muchos elementos más que se generan al compartir espacios y experiencias con los compañeros y docentes, suplantado todo ello con la exigencia de solamente obtener buenas calificaciones, es decir, poner como objetivo la obtención de un número como expresión de la vida de una persona, olvidando todas las demás cualidades humanas, al participar de una sociedad del conocimiento programable, a imagen y semejanza de robots y máquinas frías e insensibles.
La nueva escuela mexicana tiene como una de sus bases ideológicas al sentido humanista, con elementos que pregonan la dignidad y el respeto, la inclusión y el reconocimiento a la diversidad, mediante la ubicación didáctica de los contenidos adecuados a los diferentes contextos y situaciones específicas de cada individuo, integrando los conocimientos de las diferentes materias y disciplinas escolares.
No obstante, habría que recordar que desde que los procesos educativos en sociedad se iniciaron, su principal motor siempre ha sido la mejora de la persona como ser humano, por lo que no necesariamente es algo nuevo el enunciarlo de esa manera; lo novedoso, pudiera ser entonces, el declararlo a nivel normativo, lo que es encomiable y en muchos casos hasta necesario el recordarlo e implementarlo.
Sin embargo, y como un ejemplo a seguir, para muchos padres de familia, maestros e instituciones, la nueva escuela mexicana llega desfasada, porque desde hace mucho tiempo, dígalo o no una reforma educativa o un nuevo plan de estudios, ya la preocupación por hijos o alumnos, ha sido de manera constante de forma integral, buscando fomentar en ellos mucho más que la obtención de una simple calificación numérica.
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