Es muy frecuente que para referirse o analizar la mayor parte de situaciones sociales, se usen, en primera instancia, términos en donde se da cuenta de elementos generales, de mayor impacto y relevancia nacional, aludiendo al macrocontexto de todo lo mencionado.
El Producto Interno Bruto, el índice inflacionario, el terremoto de 6.5 grados, los miles de migrantes que cruzan por el territorio nacional, los miles de desaparecidos y cientos de fosas clandestinas localizadas; los miles de muertos por la pandemia del covid 19, el porcentaje de analfabetismo, deserción y cobertura escolar y muchos elementos sociales más.
Tal parece que basta con “apreciar el bosque y no detenerse a contemplar cada árbol”
Con esta visión, el macrocontexto y los macroambientes se imponen sobre los casos particulares, dejándolos en el olvido, cual “ballena tragando plancton”, puesto que son omitidos cada uno de los esfuerzos que todos los integrantes del país aportaron para la producción total; el problema que tuvo una familia para reajustar sus ingresos y completar sus necesidades básicas ante el aumento de los productos; el nombre y sufrimiento de las familias de Juan, Rosa, Guadalupe, Pedro y los miles de desaparecidos o muertos por migración, pandemia y terremotos, cada uno de ellos con una historia particular y bajo circunstancias muy específicas.
Educativamente hablando, desaparece el esfuerzo de Juanito y su mamá, como ejemplo representativo de aquellos que tienen que caminar varios kilómetros para acercarse a la escuela básica más cercana a su comunidad; o tener que decidir entre asistir a la escuela o trabajar en la pizca de algún producto agrícola, pagado por las cajas o canastos que se junten al día y para ello son necesarias todas las manos y “manitas” disponibles para la recolección.
Desaparece la preocupación de los papás de Lupita, quienes tuvieron que solicitar una de tantas opciones de préstamos a “pagos chiquititos” que ofrecen las diversas instituciones que “se preocupan” por los apurados padres que, ante la irreal propuesta de la gratuidad del artículo tercero constitucional, tienen que comprar toda la lista de útiles escolares, de material e insumos para la escuela y aula, así como liquidar la cuota por cada hijo que exige la sociedad de padres de familia.
Se omite la angustia y desesperanza que, tanto alumnos en edad de cursar educación superior, como sus padres, sienten al ver terminada su vida académica, al no tener la opción de ingresar a un bachillerato o carrera profesional; bien sea porque no existe un plantel cercano o al no ingresar a una institución pública y no poseer los recursos para sufragar una opción educativa particular, rompiendo los sueños de ser el ingeniero, doctor o abogado que se proyectaban en las mentes de esos muchachos.
Queda olvidada la problemática particular de esa escuela que enfrenta peligros y aspectos de inseguridad, violencia, ofrecimiento y consumo de sustancias; en zonas muy específicas de abandono, marginación y condiciones físicas e infraestructura de riesgo.
En cuanto a los maestros y maestras, está olvidado su microcontexto, al no dimensionar el enorme cansancio mental que sugiere el atender de manera integral a un grupo de 30 alumnos, todos y cada uno de ellos con características muy particulares; de su sueldo, ni hablar, dado que ante lo precario del mismo, se ven obligados a buscar segundas y terceras opciones laborales, para lograr una vida digna, pero incrementando el esfuerzo mental realizado para lograr una enseñanza de calidad.
Aún más, cada docente, lo mismo que cada alumno, es diferente, por lo tanto el microcontexto de cada uno de ellos condiciona su actuar personal y profesional; hay quienes realizan grandes esfuerzos por desplazarse y llegar a la comunidad más alejada y estar frente a esos niños, quienes con sus enormes ojos y mente abierta, esperan con ansias su llegada; en otros casos, esos docentes invierten más dinero del que reciben en su sueldo destinado al material didáctico, para asombrar y mostrar a sus alumnos que el libro de texto es solo un elemento más y que el material que les llevan, además de asombrarlos, los motivan a nunca detenerse ante cualquier obstáculo.
Hacia dentro de cada aula de cualquier nivel educativo y hacia dentro de todas las familia de cualquier tipo, cada una de ellas tiene un contexto diferente a otras, por lo que tenemos que reconocer que una acción educativa, tanto en escuelas u hogares, debe adaptarse a ese microcontexto, reconociendo que todos sus integrantes, a su vez, son diferentes entre sí; cada alumno y cada hijo en las familias, conforman su propia identidad y con ello su particular personalidad.
Educar desde y para el microcontexto, debe iniciar con el reconocer la importancia de cada persona, situación y espacio particular, sin dejar que “la gran ballena” de la macrosociedad nos engulla y se pierdan todos los esfuerzos y características valiosas del microespacio.
Educación situada y contextualizada, parece ser el gran reto y objetivo por lograr una educación integral desde los diferentes grupos y actividades sociales, incluidos familias y escuelas.
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