De manera casi generalizada, tanto desde escuelas, familias y la sociedad en general se ha venido enseñando y aprendiendo que cuando se llega a un límite, terminación de un proceso, final de un ciclo o culminación de un momento en el tiempo, nos encontramos en el “umbral”.
Desde luego que, desde esta óptica, se ha asociado el estar en el “umbral” con aspectos nostálgicos, tristes, trágicos, encaminados hacia una situación de final inevitable e irreversible; todo lo anterior ha provocado el catalogar de manera negativa a esta posición.
Es por ello que hablamos de estar en el umbral entre la vida y la muerte, en donde esta última es inevitable, con todo lo triste, trágico y lamentable que resulta este proceso para quien lo acompaña, hasta que quien está en ese trance logra cruzarlo y estar “del otro lado”.
De igual forma, se habla del “umbral del dolor”, como aquel límite entre un estado de estabilidad en salud y pasar a sentirlo, desencadenando un desequilibrio en la persona, representado por alguna lesión o el curso de alguna enfermedad.
Aplicable también para quien abandona definitivamente el hogar, después de haber pasado en él tantos años y ahora, se deja con la consecuente nostalgia provocada ante el estar en el umbral de la puerta que separa la casa del mundo exterior.
Misma situación que pasan todas las personas y familias con niños pequeños, al migrar de una parte a otra del continente en el cual habiten, estando en el umbral del peligro inminente de morir en el trayecto.
Al estar en el umbral de pasar de un año viejo al nuevo, si bien es cierto que predominan los ambientes festivos, de unión familiar y buena voluntad, así como acciones eufóricas con excesos en el consumo de alcohol y alimentos tradicionales; sin embargo, a la par de todo ello, se genera una sensación de nostalgia por los seres queridos que se nos han adelantado en el camino vital, personas en situación de depresión provocando el alza de suicidios; conflictos armados en “tierra santa”, Ucrania y África, en donde, al mismo tiempo de estar en el umbral de un nuevo año, se encuentran en el umbral entre la vida y la muerte.
Resulta entonces que, de manera paulatina, el término “umbral” se ha ido cargando de una connotación negativa y su ámbito de aplicación se ha determinado preferentemente para situaciones no agradables.
Pese a todo, para el término y la situación de “estar en el umbral” existe otra explicación, la cual no suple a la mencionada, más bien, la complementa y le otorga un sentido resiliente, de esperanza y de tener la posibilidad de mejorar, enmendar errores, cambiar estilos de vida y de estar ante nuevas oportunidades.
Para los creyentes, el cruzar el umbral entre la vida y la muerte, ofrece la esperanza en una vida nueva, colocando nuestra energía vital espiritual en un plano diferente al material; para los que abandonan su hogar, el mundo entero se abre y se muestra como un reto que desafía nuestras habilidades y capacidades para sobrevivir en desapego con el hogar familiar.
Para los que sufren de alguna enfermedad o dolor, nos recuerda que somos humanos con un cuerpo físico y que es nuestra responsabilidad el cuidarlo y mantenerlo en buen estado, reconociendo y mejorando hábitos alimenticios y hasta el control de consumo de sustancias dañinas para el organismo.
Para los maestros, padres de familia, comunicadores y en general todos los que interactuamos, profesionalmente o no, con personas, tenemos la encomienda de fomentar, enseñar y aprender, no solo el sentido catastrofista del “umbral”, sino también su otra cara amable.
Cierto, el umbral es el límite, tal como se vive el paso entre la noche y el día, pero una vez que lo cruzamos y estamos “del otro lado” se aprecian cosas nuevas y diferentes oportunidades todos los días.
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