Resulta casi prohibitivo el combinar los sueños con la educación de las personas; y es que, esta actividad onírica se asocia, en primera instancia, con la actividad del dormir; de igual forma, se asocia también con la creación y vivencias imaginarias y fantasiosas, carentes de toda seriedad, creadas en nuestro cerebro, incluso estando despiertos.
Tener un diálogo o actividad en familias, grupos de amigos, parejas o en la escuela, exclusivamente dirigida a soñar, parece algo increíble de suceder, pero, además, resulta en invertir el tiempo en actividades que, al considerarse irreales y sin factibilidad de aterrizarse en proyectos concretos, son lecciones olvidadas y definitivamente nunca tomadas en consideración.
Ha sido tan arrasadora la idea de “poner los pies sobre la tierra” y con ello el estar confinada la existencia humana a luchar por la posesión de bienes materiales; de la obtención, ya no solo de las necesidades básicas, sino también de los bienes de consumo que marca la tendencia de mercado y el progreso social y tecnológico que, definitivamente, para la mayoría, los sueños no tienen cabida en esta lucha personal y social por alcanzar todos esos beneficios.
En este sentido y de manera casi generalizada, la educación ha sido reducida a simplemente reproducir técnica e instrumentalmente todos los procedimientos, fórmulas y acciones necesarias para el éxito, representado éste, con la adquisición de bienes de consumo ofrecidos y la reproducción desde familias, escuelas, medios de comunicación y lugares de interacción social de acciones personales y ciudadanas acorde con las formas previstas y que aseguran ese bienestar.
Tal parece que educar, desde esta perspectiva, sujeta y amarra firmemente las funciones del cerebro, reduciéndolo a simplemente seguir instrucciones y obstruyéndolo para que piense libremente; tan arraigado está este formato que, cuando alguien se permite soñar, es decir, cuando alguien crea en su mente imágenes, ideas, proyectos y cosas alejadas de la realidad, la misma persona se reprime y, a manera de panóptico, se regresa a su celda mental.
Estoy seguro que Leonardo soñó con volar y con plasmar el enigma y el misterio que puede tansmitir una sonrisa; y que Julio lo hizo con viajar submarinamente y con llegar a la luna; lo mismo que el sueño de Nikola de iluminar al mundo con electricidad gratuita e inalámbrica; Y Sor Juana al soñar con la libertad e igualdad del género femenino; y miles de ejemplos más de genios que demostraron lo importante que significa el liberar el potencial de la mente humana.
Pero, de igual forma, para los “simples mortales” y ciudadanos de cualquier comunidad y contexto, los sueños son la base e impulso de todas las personas; juanito, desde una comunidad indígena y su sueño de ser médico; Rosa María, de una colonia aledaña a la gran ciudad, imaginando tener su propio salón de belleza; Raúl, habitante de una capital urbana y su sueño de tener una hermosa familia; y así podemos seguir recorriendo el catálogo de imaginarios del futuro en cada persona y nos daremos cuenta de la importancia del soñar.
En algunas escuelas, sobre todo de origen privado, se mantenía todavía viva la materia o tema transversal de ser creativos, pensadores, innovadores y otras características que, desde la práctica en aulas y hogares, se fomentaba la libertad de pensar sin seguir un guión preestablecido, dirigidos hacia la creación de proyectos encaminados hacia un beneficio social, no necesariamente material.
De hecho, resulta muy importante el fomentar en cada individuo la idea de pensarse hacia el futuro; dentro de 10 años, ¿en dónde te ves? ¿en qué actividad deseas desempeñarte? todo ello con la finalidad de alentar a imaginar y trazar personalmente una ruta u objetivo a lograr.
Desde luego que, desde la creación y generación de proyectos de impacto y beneficio social, hasta la realización de la propia persona, tomando en cuenta el contexto, habilidades y aptitudes individuales, comienza con un primer paso: el soñarlo.
Nada me extrañaría que, en la familia, uno de los temas de conversación fuera el dialogar y compartir los sueños y que, no fuera objeto de burlas y negativas; más bien, el dotar de confianza y apoyo para la realización de esos imaginarios para que, por más alucinantes y fantasiosos que parezcan, reciban la escucha y la seguridad de ser tomados como parte característica de quien los persigue.
De igual forma, nada me extrañaría que llegara a una clase el maestro o maestra y dedicara el espacio y tiempo, como una materia más, a fomentar el soñar: “ …niños, muchachos, hoy nos toca la materia de: soñar; y para ello vamos a usar la imaginación…”; esta materia estaría desarrollada alentando la libertad de pensamiento, mediante una inteligencia divergente, no solo para actividades académicas, llegando a generar proyectos y actividades dirigidas a obtener conocimientos por cuenta y camino propio, sino además, tomando aspectos personales de su contexto actual y futuro.
Para los que somos creyentes de fomentar una educación que vaya más allá de los simples conocimientos técnicos e instrumentales, procurando guiar y formar personas desde una óptica integral, otorgamos un valor relevante a la actividad de soñar; de usar la imaginación sin límites y liberando la actividad cerebral al máximo.
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