La educación, como ese proceso que ocurre en todos los espacios y tiempos de la coexistencia social, ha estado encaminada a brindar la seguridad del progreso y libertad a todos los habitantes; rezaba una frase: “La educación y el conocimiento son el arma que todo ciudadano debe poseer para poder elegir en libertad, y con criterio propio”.
Desde luego que, desde que se le confió tan importante misión, el proceso educativo ha desempeñado un papel preponderante para el crecimiento y desarrollo de las sociedades y de sus individuos; sin embargo, ha sido también, en afán de regular e implementar todos sus procesos de socialización, normatividad, costumbres y formulismos científicos la directamente implicada en establecer límites y características que generan la creación de un tipo de individuo, el cual es prefigurado desde una élite de expertos que, cual modelo de producción, han establecido parámetros de ideas, pensamientos, conocimientos considerados como necesarios y muchos elementos más con los que es moldeado y caracterizado como “normal” y aceptado socialmente.
Toda la increíble riqueza integral que caracteriza a cada persona, desde que nace y en un proceso paulatino, es volcada sobre formas de comportamiento, procedimientos, reglas de operación, tiempos y etapas de desarrollo, conocimientos que debe poseer de acuerdo con su edad, clasificaciones entre individuos aprobados como aptos y los que no lo son; con capacidades ordinarias o diferentes; en fin, la educación recibida en muchas familias, en medios de comunicación, redes sociales y desde luego en los sistemas educativos formales con sus aparatos escolares con “calidad educativa”, comienza a operar, como una máquina fría e insensible, imponiendo una serie de estratos y limitantes que conducen a borrar inexorablemente la individualidad para mezclarla entre ese producto final industrial en serie, que deja a todos exactamente iguales.
No es una visión catastrofista o anárquica de la educación recibida en las diferentes instancias sociales; más bien, es una visión que declara un reduccionismo y una insuficiencia en la formación que recibe cada persona como ser humano y todas las características que esta categoría encierra.
En este sentido, ¿qué detiene a una familia para brindar a sus hijos conocimientos, textos y ligas de internet dirigidas a iniciar su educación previa al ingreso o complementando las actividades escolares? ¿Qué detiene a un alumno a acceder a los conocimientos que desee o necesite, aun cuando éstos pertenecen a otro ciclo escolar avanzado?; resulta claro que la metáfora del paso de la esfera hasta convertirse en cubo, es más que apropiada.
Desde que se nace, se tienen las características de una esfera brillante, luminosa, radiante de colorido y destellos; se desliza en todos sentidos sin problema alguno y con enorme facilidad; se tienen de manera natural los deseos de aprender en todo momento, situación y contexto; curiosidad innata, valentía y arrojo por “ir más allá” en toda situación; impulso por preguntar e indagar de todo lo que venga a la mente sin fijar límites; para todo se tiene una propuesta o forma de solución, no obstante que ésta sea disparatada; se siente la necesidad de soñar y pensar en universos paralelos o hasta fantasiosos, observando y creyendo con absoluta confianza en mundos posibles, con la creatividad a flor de piel.
A medida que los formatos de socialización avanzan, convertidos o camuflados en forma de procesos educativos, en los diferentes ambientes familiares se comienza a desgastar esa magnífica esfera, logrando ir “raspando y tallando” sus espacios curvos y comenzando a arrebatar su brillo natural.
Al mismo tiempo, los medios de comunicación comienzan a ayudar en este desgaste, inculcando mercadotécnicamente y de manera casi obligatoria el consumo como valor indispensable de todo individuo; a qué hay que temer y la irrupción de la violencia y marginación presentada desde las propias caricaturas infantiles y programas declarados para adultos, pero que ahora son de consumo cultural natural para cualquier infante.
Ya para cuando se llega por primera ocasión a un plantel escolar, es demasiado tarde, porque buena parte de la forma esférica y del brillo hermoso que se poseía, ya ha quedado desgastado y tirado a la basura, declarado como no útil; aunque de manera muy rescatable, todavía muchos niños y niñas en el nivel preescolar asombrosamente lo siguen mostrando.
Ya para este momento, la triada conformada por familia, medios de comunicación y sistemas escolares, se empeñan en terminar el trabajo: desgastan las restantes formas curvas que quedaban, así como los últimos destellos luminosos, para, una vez cortados y segmentados todos sus lados, quedar convertido en un opaco cubo de cartón.
Cual cubo, tiene límites precisos y en todas direcciones; en su interior, priva la oscuridad y, por tanto, la falta de decisión propia, pues lo poco que queda de individualidad está circunscrito a estar libre, dentro de los lados y las aristas que la propia caja de cartón impone.
Cual cubo y comparativamente con la esfera, es mucho más difícil su avance y desplazamiento, dado que ya para entonces se han perdido la mayoría de las cualidades y características que la configuraban y que, por cierto, son todas las dimensiones que posee un ser humano y ahora se encuentran opacadas y encerradas en esa caja.
La misión educativa está concluida y se declara con un control de calidad de excelencia; los padres de familia, los medios de comunicación y las escuelas lograron convertir a la hermosa esfera en un simple cubo de cartón.
Son conocidos como casos de excepción y admiración a aquellos individuos que de manera contada lograron seguir conservando su brillo y sin dejarse atrapar por el recipiente cúbico, pudieron sobresalir y triunfar exitosamente en alguna actividad reconocida; ello fue posible debido a que desde sus orígenes familiares y escolares fueron apoyados para romper el frágil empaque de cartón y sobrepasar de esa manera sus límites, mientras tanto, el resto sigue dentro de ellos.
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