Familia y escuela Capítulo 265: Aprendizaje vicario

Como hemos venido insistiendo, la educación es un proceso social que ocurre en donde interactúen seres humanos en todo tiempo, lugar y circunstancia; ésta, cuando se desarrolla de manera oficial, formal y estatutaria, se ha conferido directamente a las instituciones escolares; sin embargo, lo ocurrido en los planteles académicos es solo una mínima parte del proceso formativo de toda persona.

El atreverse a asegurar que la escuela, sus planes y programas de estudio son la única fuente del conocimiento, sería tanto como afirmar que todos aquellos que no tuvieron la oportunidad de asistir a un plantel, bien sea por la falta de éste o por el abandono ante circunstancias familiares, culturales, económicas  y muchas otras causales, incluyendo a aquellos que fueron expulsados o dados de baja de un programa educativo por no haber acreditado alguna de las materias o asignaturas, son “ninis” “fracasados” “mensos” “idiotas” “incultos” y muchos adjetivos más, los cuales, definitivamente no tienen cabida, puesto que todos ellos salen adelante, por otra vía, que no necesariamente es la escolarizada.

Luego entonces, resulta lógico el entender que existan diferentes formas de adquirir conocimientos, desarrollar habilidades, dominar técnicas, emprender proyectos y atesorar todos aquellos elementos que le sirvan para su sobrevivencia; sobre todo, ante la necesidad natural de aprender de todas las situaciones y experiencias vividas, además del uso del autoaprendizaje encauzado por todos los medios de comunicación, plataformas virtuales y redes sociales existentes.

Una de las formas de adquisición de conocimientos que, de manera paralela y complementaria al escolarizado ocurre y que, además, tiene gran influencia y efectividad entre quienes lo llevan a cabo, sin duda es el conocido como “aprendizaje vicario”.

Esta forma de aprender se basa en la observación de lo que otros dicen, hacen, ejecutan; sus formas de analizar y resolver problemas, la manera de realizar acciones específicas cotidianas, fomento de tradiciones, costumbres, relaciones sociales, valores y toda una gama de aprendizajes, los cuales, de manera holística, van siendo apropiados al ponerlos en práctica por imitación.

Desde luego que estas acciones de aprendizaje imitativas no funcionan de manera directa y obligatoria, como si fuera una regla, fórmula o como la aplicación de un algoritmo infalible; sobre todo porque, aunque estas experiencias que son observadas sean reforzadas todos los días, en hogares, salones de clase, redes sociales y otros espacios de convivencia, existe un filtro en cada persona, que se pone en acción durante, posterior o, incluso antes de llegar a imitarlo.

El tener consciencia de nuestras acciones, el analizar o experimentar la consecuencia de nuestros actos y darnos cuenta, previo o posterior de lo que imitamos y que por esta vía lo estamos aprendiendo, nos lleva a aceptarlo o rechazarlo; es decir, si se observa que en los lugares en donde se convive existe consumo excesivo de bebidas alcohólicas, sustancias prohibidas; o si se convive en un escenario en donde ocurre violencia contra mujeres o niños; incluso, prácticas de corrupción y existencia de conductas delincuenciales, existe la posibilidad de imitarlas de manera directa, al considerarlas “normales” y “aceptables”; por otro lado, cabe la posibilidad de tener un comportamiento y actitud crítica ante lo observado y no imitar esos hechos.

Tenemos entonces dos tipos de aprendices vicarios: aquellos que directamente reproducen e imitan lo que observaron, dándolo por verdadero y sin cuestionarlo directamente lo aceptaron y lo aprendieron; y aquellos que, de manera selectiva, imitan y aprenden lo que en su tiempo, espacio y circunstancia lo consideraron benéfico y que alimenta positivamente la conformación de su persona.

Esta forma de aprendizaje conlleva diferentes compromisos relacionados con las acciones que desarrollamos todos los que estamos implicados, profesionalmente o no, en algún proceso formativo: padres de familia, maestros, comunicadores, representantes de alguna facción religiosa y todos aquellos que estamos “visibles” ante los demás; me refiero a nuestros comportamientos.

En efecto, nos demos cuenta o no, intencionadamente o no, nuestras acciones son una de las partes que, en este proceso de aprendizaje vicario, queda al descubierto y funciona como una herramienta didáctica poderosísima.

Cuando los integrantes de una familia o los alumnos de alguna clase o grado escolar, descubren que los papás o sus maestros consumen bebidas alcohólicas, algún tipo de droga o sustancia ilícita; o que sus comportamientos son de abuso, agresividad, exclusión y prepotencia; resolviendo asuntos o situaciones cotidianas de manera corrupta y pisoteando los derechos de terceros para obtener beneficios propios; es claro que están asistiendo a clases magistrales vicarias y es entonces que se inicia el proceso de imitar o actuar crítica y razonablemente.

Lo mismo ocurre con todas las acciones de representantes religiosos, políticos, directores y coordinadores de sectores productivos o de desempeño público y muchos ejemplos más; en todos los casos, sus actividades y la forma en que las llevan a cabo, están representando modelos conductuales y mostrando un cúmulo de contenidos y aspectos que, al ser observados, pudieran llegar a ser imitados, positiva o negativamente.

El aprendizaje vicario constituye una de las formas de adquisición de conocimientos más poderosa e importante que existe, por lo que debemos estar conscientes de nuestras acciones y aprovechar de manera propositiva esta forma educativa.

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