Tal pareciera que se da por entendido que la educación precisamente nos prepara para pensar, sin embargo, hemos llegado a tal grado de “mecanizar” el proceso educativo simplificando, en la mayoría de los casos, a solamente transferir información como acto de enseñanza y a recibir, clasificar, repetir y cuando mucho a entender los conocimientos recibidos, comprobando que su dominio es efectivo mediante evaluaciones correspondientes, como acción de aprender.
Lo anterior reduce al pensamiento a una de sus etapas y funciones más simples, puesto que bastaría con asistir a un lugar determinado (plantel escolar), recibir por parte de un especialista (docente) una serie de indicaciones que acompañan a los paquetes informativos conteniendo una serie de conocimientos ubicados en planes y programas de estudio, los cuales deben ser apropiados por los alumnos quienes deben comprobar que los han “aprendido” demostrando su dominio al memorizarlos, aplicarlos correctamente y repetirlos fielmente si les son consultados.
Como se puede apreciar, el pensar bajo este esquema educativo, bastaría para considerar que los docentes han cumplido profesionalmente su labor, recurriendo solamente a una función plenamente básica del cerebro, involucrando formas de entendimiento y memoria a corto plazo; seguramente al paso breve del tiempo, esos alumnos no tendrán presente la mayoría de esos conocimientos.
Incluso, si hubiese alumnos que mantengan intactos en su memoria todos los conocimientos que les fueron entregados durante su trayecto académico, esto no sería más que un acto repetitivo que, si bien es cierto que tiene un grado de dificultad, implicaría la reproducción de ideas, contenidos y teorías que, a la luz del contexto de cada persona y su cotidianidad, quedarían “en el aire” desfasados y seguramente rebasados por los avances que se manifiestan en todos los órdenes de la vida en sociedad.
De todos los conocimientos recibidos durante nuestro trayecto escolar ¿de cuántos nos acordamos fielmente? actualmente ¿seríamos capaces de responder a un examen de los que fuimos sometidos en nuestra educación básica?
En lo que respecta a la educación superior profesional, los procesos de pensamiento básicos habilitados en los alumnos, les permiten adquirir todos los conocimientos, técnicas y procedimientos considerados como “necesarios” para desempeñar su labor, pero se encuentran confrontados con que, al egresar, un buen cúmulo de esos conocimientos adquiridos de forma estricta, se encuentran desfasados ante todos los adelantos que, durante su estancia escolar, los han rebasado, con la necesidad de emplear ahora herramientas del pensamiento que les permitan actualizar lo adquirido en la escuela
Los fines, objetivos y, sobre todo, los retos que guían todo proceso educativo, deben tener en cuenta que no es suficiente al considerar que éstos no consisten en emplear y fomentar funciones tan simples del pensamiento representadas solamente con el vaciar contenidos y recibirlos.
“El pensamiento es la facultad mental de formar ideas, conceptos y razonamientos, siendo la actividad cerebral que procesa información, resuelve problemas y genera conocimiento nuevo, involucrando la imaginación, la memoria y el lenguaje” (IA).
De la anterior definición, hasta el momento, en la mayoría de los casos, el proceso educativo solo utiliza las herramientas del pensamiento para generalmente procesar información, generar las ideas, conceptos y razonamientos prescritos y planeados como respuesta automática esperada, como si fuera un proceso robótico y mecánico, pero deja fuera la imaginación y generación de estos mismos pensamientos elaborados de manera inédita, innovadora y creativa en cada persona.
El utilizar el pensamiento de manera libre y autónoma “es un proceso fundamental para la adaptación humana, permitiendo interpretar la realidad, planificar y tomar decisiones, influyendo profundamente en nuestra percepción del mundo y nuestro estado actual” (IA)
A final de cuentas, la mayor parte de conocimientos adquiridos en nuestro proceso educativo, conforman solo la base mínima necesaria para de ahí partir hacia utilizar nuestro pensamiento creativo, innovador y, sobre todo, ubicado a las distintas realidades y contextos por los que pasa cada individuo, bien sea en su familia, ambiente laboral o social.
Resulta entonces importante que la educación y formación recibida, enseñe a pensar, como esa situación de retar a la mente para ir más allá: criticar y realizar observaciones, comentarios, aplicaciones y añadidos a los conocimientos, por más intocables que estos se presenten, a diferencia de solamente memorizarlos, entender alguna fórmula, algoritmo, situación histórica y repetirlos como forma de aprender.
Enseñar a pensar es formar una actitud ante la vida misma, al pasar de ser actor a productor del propio guion de nuestra historia, entendiendo que las herramientas que contiene nuestro pensamiento son infinitas, renovables y con una constante mejora ante las lecciones que cotidianamente adquirimos con la experiencia y, mejor aún, ante la propia búsqueda y actualización que de manera autónoma busquemos aprender y ampliar en nuestro conocimiento.
El principal reto que tiene la educación es el enseñar a pensar, impulsando la creación de las propias ideas y proyectos en cada alumno o cada hijo en las familias; de igual manera es todo un reto para maestros, alumnos y padres de familia entender el proceso educativo de esta manera.
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