Familia y escuela Capítulo 302: microespacios, microcontextos y microambientes

Para toda la educación y formación que se desarrolla de manera escolarizada y en los distintos grupos sociales en donde los individuos adquieren experiencias de aprendizaje, bien sea en familias, grupos de amigos o hasta en las redes sociales, para tener un mejor resultado en su aprendizaje, dependen en gran medida de los lugares, regiones, trato, estilos de convivencia y de comunicación, así como del ambiente en dónde y cómo se desarrolle este proceso.

Lo anterior queda de manifiesto en los diferentes espacios, contextos y las dinámicas que en éstos se desarrolle un proceso de enseñanza y aprendizaje, resultando interesante el observar que estos elementos quedan relegados a un segundo término al momento de enseñar; tal parece que resulta tan obvio el lugar en donde se educa que poco se detiene en analizar en dónde y cómo ocurre la educación.

De hecho, se pone más atención en los maestros, padres de familia y alumnos que en los lugares que se ocupan para educar; pero hay algo más que da relevancia para tomar en cuenta a dichos espacios y sus dinámicas internas: su particularidad, ningún lugar, contexto y ambiente en el que se enseña es igual a otro.

Ningún grupo escolar con sus maestros y alumnos es igual a otro, así estén en la misma escuela, grado escolar, región geográfica, municipio o entidad federativa; lo mismo que con el ámbito familiar, todas las familias así habiten en los mismos lugares, son diferentes entre sí.

Estos pequeños espacios denominados: microespacios y microcontextos, resultan ser de vital importancia para la educación, puesto que ellos son el lugar en donde se pasa y desarrolla buena parte de nuestras vidas; es en donde nos habituamos a coexistir, reconociendo sus límites y alcances, es en donde ubicamos nuestro espacio personal y lo adaptamos para estar cómodos y suficientemente estables para una jornada diaria.

Aunado a lo anterior, en esos breves y aveces minúsculos espacios se manifiesta nuestra cultura, símbolos, creencias y tradiciones; es ahí en donde los distintos lenguajes toman forma y dan sentido a las ideas que, educativamente hablando, se materializan en aprendizajes; en efecto, en cada aula escolar y hogar, el proceso de enseñar y aprender se ve mediado por la cultura y por los significados que otorgamos como explicación e interpretación a cada cosa que aprendemos.

Si pudiéramos recorrer o, al menos tener a nuestra disposición una videocámara hacia el interior de cada aula escolar, podríamos comprobar que todas son diferentes, aunque contengan el mismo mobiliario; son distintas en colores, disposición y ubicación de sillas, mesas, repisas, gabinetes, material escolar y hasta la diversidad de elementos colocados en los muros.

Si todos estos elementos contenidos dentro de cada salón pudieran hablar, seguramente contendrían en ellos miles de historias todas diferentes, al igual que la descripción de cada personaje que los ha ocupado; desde luego, distintos maestros y alumnos.

Pupitres de escuelas públicas marcados con los nombres, mensajes, símbolos, corazones románticos y hasta dibujos extremadamente elaborados dando cuenta del paso de algún alumno que dejó su huella en ellos; escritorios de docentes prestos a sostener el bolso bien organizado de la maestra o la mochila o portafolios del maestro conteniendo todas las herramientas, marcadores, hojas, computadora y hasta algún dulce o botella con agua para aguantar la jornada.

Qué decir de las casas, esos microespacios que ubicados en un contexto determinado, siguen siendo uno de los lugares en donde, antes que las escuelas, se lleva a cabo todo un complejo proceso educativo, pero con la característica que, en cada hogar, se desarrolla siempre de manera diferente a los otros.

Inicialmente se debe de entender que en estos pequeños espacios la composición familiar, es decir, los integrantes que la conforman, en cada caso es diferente; en algunos casos con la presencia de ambos padres biológicos y en otros, con una gran cantidad de variables en cuanto a quienes habitan esos hogares.

Al igual que las aulas escolares, el tener la oportunidad de observar o tener a disposición una videocámara hacia su interior, nos daría una perspectiva de lo diferente que están conformadas y estructuradas cada una de esas viviendas: colores, formas, espacios; vitrinas llenas de objetos cargados de un simbolismo especial y únicamente comprendido por sus habitantes; imágenes y fotografías en muros o gabinetes colocados como un detonador de recuerdos de eventos importantes y de aquellos personajes que se adelantaron hacia planos no terrenales.

Cada vivienda funciona como un “bunker” o un espacio microscópico en dónde refugiarse de las batallas que diariamente se libran en su exterior, con todo el vértigo y velocidad que envuelve a la interacción y la dinámica social; es el lugar que, al cerrar la puerta y dejar atrás al mundo, tal pareciera que ingresamos a nuestro microespacio con la sensación de sentirnos a salvo de lo que ocurre afuera; allá quedaron reglas y formalismos sociales, riesgos, ruidos, luces y enjambres de vehículos intentando chocar uno contra otro en afán de ganar el paso o, al menos llevarse arrastrando a quien temerariamente, con audífonos y celular en mano, intentó cruzar una calle.

Ese hogar aún cuando pequeño y reducido en espacio es en donde se brindan lecciones magistrales: se aprenden lenguajes, costumbres, modales, formas de recreación y de resolución de conflictos; se difunden entre sus miembros ideas, formatos religiosos, hábitos alimenticios y hasta el consumo de sustancias nocivas.

Es en este espacio hogareño en donde se inicia y se crea la conformación de la personalidad de cada uno de sus miembros, mediante aprendizajes diarios de los pequeños y , los papás,  aprendiendo mediante ensayo y error a desempeñar sus roles y funciones, entendiendo que cada movimiento, palabra o acción efectuada, rápidamente sera aprendida por sus hijos.

Estos microespacios y microcontextos familiares y escolares, no tendría la misma efectividad en su labor educativa sin añadir el elemento principal: la dinámica que se genera hacia su interior, es decir, los microambientes en los que se convive.

Un ambiente de trabajo académico y familiar permeado por la agresividad, falta de confianza, exagerados o relajados límites de conducta, exclusión, marginalidad y prácticas de odio entre sus miembros, da al traste con la importancia educativa de los microespacios y microcontextos.

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