Hace cientos de años, la educación tradicional comienza con el origen etimológico de la palabra escuela y las prácticas pedagógicas memorísticas y arcaicas; para el caso del significado del término, proviene del latín schola, cuyo contenido original es “ocio” o “tiempo libre”, dado que, efectivamente, el permanecer sentado escuchando el discurso de quien se supone tiene un mayor conocimiento, comparado con el estar trabajando en la agricultura o pastoreo y otras funciones laborales, era algo verdaderamente ocioso.
En tanto que la forma tradicional en que se desarrollaban educativamente las clases, confiere solamente un estatus de pasividad total del alumno y, al maestro, con charlas y conferencias magistrales, las cuales deberían de ser escuchadas, memorizadas y reproducidas literalmente como signo de aprendizaje.
Al paso del tiempo, esta forma de enseñanza y aprendizaje, fue duramente criticada y surgen nuevas ideas y propuestas de cómo enseñar y aprender, mediante escuelas “activas” “modernas” “nuevas” “renovadas” “vitalistas” y muchos otros intentos más.
Y así, entre esta lucha que confronta tradicionalismo con modernidad, aparece la virtualidad, irrumpiendo y abriendo paso de manera contundente y decisiva, con todo el poder que la sociedad del conocimiento impone separando y alejando de la educación las formas presenciales que se tenían claramente establecidas físicamente entre aulas, pupitres, cuadernos, compañeros y maestros; todo el proceso llevado ahora en espacios imaginarios y otros universos posibles, abriendo la puerta a un camino que ya no tiene retorno.
Esa virtualidad que ha hecho esclavos a millones de personas, obteniendo la atención “casi obligatoria” hacia una pantalla que se encuentra en la palma de la mano y que a través de ella, de manera muy cómoda se efectúa el aprendizaje, haciendo de los internautas simples espectadores y elementos pasivos, mientras los mantiene “amarrados” y con la cabeza inclinada en señal de sumisión hacia su majestad: el conocimiento virtual y sus aliados: todas las redes sociales, aplicaciones y medios cibernéticos que te muestran todo lo ocurrido en el planeta y te ordenan lo que debes aprender, cómo divertirte y qué conductas asumir.
Mientras tanto, en los espacios físicos que sobreviven, no obstante la presencia virtual, ha llegado a tal nivel la “comodidad” y la facilidad de ser formado y educado en casas y escuelas que basta con solo escuchar y ver las acciones que se reciben por los padres de familia, conformándonos con seguirlas al pie de la letra y, en el caso de las aulas escolares, estar atentos a las palabras, acciones y enseñanzas de los maestros, tomar nota y regresar esa información, así tal cual se nos fue entregada, para ser alumnos e hijos excelentes.
Este papel pasivo que adoptan tanto hijos como alumnos, secundado y reafirmado por padres y maestros, ha generado una regla no escrita acerca de la manera en que se deba educar: el que sabe, quien tiene la experiencia o los conocimientos académicos es únicamente quien dicta, enseña y manda; además, es digno de que se imiten sus acciones, ejemplos y a quien a final de cuentas se debe seguir y escuchar.
Por su parte, bajo este esquema, quienes aprenden solamente deben concentrarse cómodamente en seguir el ejemplo de “estos sabios y seres repletos de acciones virtuosas y ejemplo de práctica de valores” para recibir sus dones y aprender.
Es tan evidente esta “comodidad” académica que la dinámica, tan parecida a la escuela tradicional de hace cientos de años, es bien conocida: llegar, ocupar el lugar correspondiente bien sea en banca o silla, sacar automáticamente un cuaderno y lápiz, estar atento a lo indicado, registrarlo con actitud receptiva, no distraerse ni pararse de su asiento para no interrumpir, seguir las indicaciones para realizar algún ejercicio o tarea y ¡listo! hemos sido y desarrollado de manera perfecta nuestro rol de alumno.
Esta acción se repite por millones de alumnos de los diferentes niveles educativos, en los miles de escuelas y frente a la misma cantidad de profesores, representando a una forma educativa aceptada por padres de familia y como “correcta” por la sociedad.
Tal pareciera que estamos asistiendo, como alumnos del nivel superior o llevados por los padres al nivel básico, a que nos “formateen” tal cual se formatea cualquier aparato cibernético o como el hardware de una computadora para que se nos ingrese un software, con un programa o aplicación virtual, asegurando que todos funcionemos tal cual el algoritmo planeado nos lo ordena.
Creo que, sin darnos cuenta, en miles de escuelas y familias, hemos regresado al sentido de una escuela tradicional, si se quiere con técnicas, formatos, aparatos e instalaciones modernas; con el apoyo de todos los artilugios mecánicos, cibernéticos y digitales como formas novedosas y algunas hasta imprescindibles, pero que, a final de cuentas, sigue con el estilo de pasividad y de conferir a los involucrados en un proceso educativo en solamente transferir y recibir pasiva y cómodamente.
El hecho de que poseamos las más avanzadas técnicas de enseñanza y aprendizaje, así como los mejores medios, aparatos y plataformas virtuales, no garantiza que se deje de educar con un sentido tradicional.
La tendencia moderna de “poner nombres nuevos a acciones viejas” busca, a menudo, hacer que tareas cotidianas o conceptos tradicionales suenen más estratégicos, innovadores o tecnológicos. Esto se conoce frecuentemente como rebranding de actividades, buzzwords (palabras de moda) o eufemismos corporativos (IA).
Comentarios: gibarra@uaslp.mx