Tal parece que todos los ideales, objetivos y propósitos que la educación había enunciado, aquellos que, desde sus románticos orígenes, aseguraban que ésta los haría libres y que alguien con educación obtendría toda la serie de valores y virtudes habidas y por haber; que, además, la educación abriría las puertas del éxito y que justamente los docentes y padres de familia serían los encargados de impulsar todos esos logros mediante sus enseñanzas; pues todo ello se encuentra ya en el terreno de la duda.
Lo anterior se provoca luego de que, de manera lenta, pero inexorable, la educación basada en sus principios científicos ha venido mostrando que todo aquel que pretenda enseñar, lo debe hacer de manera técnica y profesional, lo que fue adoptado de manera directa por las diferentes instituciones formadoras de docentes.
En la inmensa mayoría de estas escuelas se fomenta la docencia de una forma tal que prepara a sus alumnos para que, una vez egresados, ejerzan de manera profesional su labor; entendiendo que deben introyectar en la mente y comprensión de sus alumnos, cada conocimiento marcado en los planes y programas de estudio, tal cual ahí se encuentran.
Dicha forma de enseñar ha tenido tal evolución que ha llegado a utilizar las más modernas y novedosas técnicas para la impartición de las diferentes disciplinas: material didáctico elaborado manualmente o usando la tecnología con elementos virtuales y cibernéticos, utilizando programas y aplicaciones que, de manera brillante e ingeniosa, con apoyo audiovisual en mágicos aparatos telefónicos inteligentes, computadoras, proyectores y pantallas para material multimedia.
La sagrada misión de enseñar se ha reducido entonces a solamente entregar, como un paquete, diversos contenidos que han sido previamente elegidos para ser “inyectados” en la mente de los alumnos, atendiendo a su edad cronológica; si se quiere, de manera enteramente profesional y con los mejores adelantos didácticos, pero a final de cuentas es solo un proceso de entrega y recepción.
Este proceso de insertar, como quien introduce un chip o programa de mejoras cibernéticas en un robot, máquina industrial o hasta un aparato electrodoméstico, es supervisado por autoridades escolares, quienes tienen como su objeto de supervisión, cual sistema de calidad en una empresa o fábrica, precisamente al docente, quien tiene que atender fielmente el plan de clase en donde se asienta el contenido a enseñar, la hora, el material, la técnica y la forma de comprobar que sus alumnos lo pueden repetir de manera precisa, conocido lo anterior como “aprendizaje”.
Incluso, muchos de los docentes han sido premiados y caracterizados como “maestros de excelencia” por haber realizado ese proceso con el éxito deseado, aunque esto signifique que su acto de enseñar los convierta en simples mensajeros o transmisores, con un alto nivel profesional y tecnológico, pero a final de cuentas solo transmitiendo contenidos y comprobando su retención.
El proceso de enseñar y aprender se ha convertido entonces en el transcurso de largas, tediosas, frías y despersonalizadas sesiones en donde se tiene la misión, de transmitir conocimientos por parte de los profesores y de recibir y procurar almacenarlos por parte de los alumnos, culminándolo mediante evaluaciones que deben reflejar una calificación numérica que asegura el “haber aprendido”.
El colmo y reflejo de esta forma de enseñar, lo representa la aparición de la Inteligencia Artificial, la cual, en primera instancia ha sido recibida como una “comodidad” al ejecutar los procesos que normalmente los alumnos y maestros debieran realizar con su propia inteligencia; para los primeros, ahora alguien o algo más les quita el trabajo para lograr su calificación aprobatoria, en tanto que para los segundos, se les facilita el esfuerzo de planeación para seguir siendo los transmisores de excelencia.
Alumnos, maestros y padres de familia tienen bien claro el propósito que la educación con su actual proceso de enseñanza y aprendizaje busca: el asistir a un plantel, recibir contenidos, retenerlos y regresarlos en evaluaciones que demuestren que se ha memorizado, dominando la técnica y la teoría, todo ello para recibir un número positivo que acredite todo su trayecto, caso contrario, ser desechada y suspendida su vida académica.
¿Será este el verdadero propósito de enseñar?
Ya diversos padres de familia, maestros y hasta alumnos se han dado cuenta que el enseñar y aprender obedece a propósitos superiores, reconociendo esta actividad como una verdadera e importante misión y no solamente en lo que se ha convertido; elementos que se han ido perdiendo y desvaneciendo, pero que urge recuperar, sobre todo por la relevancia que tiene para la conformación de la personalidad de los alumnos de cualquier nivel educativo.
Cuando un chico o chica asiste a una escuela, el escenario que confronta en un salón de clases se convierte en el lugar en donde, mediado por un profesor o profesora, estará conviviendo durante un tiempo con otros compañeros enteramente diferentes a él, con familias, costumbres, lenguajes, religiones y múltiples elementos más distintos todos ellos; se convertirá en un espacio de aprendizajes naturales, mucho más allá de los transmitidos por el docente.
En cuanto a los profesores, se debe tener en cuenta que el enseñar tiene como propósito principal el no solo transmitir un contenido, sino el formar a cada uno de sus alumnos; es decir, ser y estar conscientes que desde que te paras frente a ellos, la forma en que les hablas, vistes, caminas y hasta tu aroma a loción, cigarro o alcohol será captado inmediatamente.
En este sentido, la enseñanza se transforma en la herramienta para fomentar valores, hábitos y costumbres que, sin duda, ellos los adoptarán al momento de observar cómo resuelves una situación, la manera en que reprendes o apoyas para que rehagan el camino; incluso el mostrar una actitud proactiva ante alguna situación negativa, sacando provecho hasta de las situaciones más complicadas.
Algo muy importante para su desarrollo psicosocial resulta de remarcarle que existe como persona, mencionando su nombre y verlo o verla de frente y no solo estar agachado viendo una lista de asistencia; escuchar atentamente cuando se dirige a ti; este reconocimiento resulta válido para los alumnos de todos los niveles educativos, desde inicial hasta profesional, incluso, estos últimos, no obstante que sean jóvenes o adultos, requieren de este apoyo.
El verdadero propósito de enseñar consiste en no solamente dotar de conocimientos, sino de generar la confianza en sí mismo, dándole sentido a su vida al apoyar la conformación de su personalidad y potenciar las habilidades que sin duda todos poseen, de forma tal que cuando no se encuentre frente a un docente o papá, pueda hacer uso de su potencial con plena convicción y seguridad de que existe como persona con distintas capacidades y valores.
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