Desde que dos mundos chocaron de frente y se descubrieron mutuamente, bien sea por naufragios desde la isla “Juana” hoy conocida como Cuba; o bien, con la llegada huidiza de Hernán Cortés desde esta misma isla y sus diversos encuentros con pobladores de la costa del golfo, hasta establecerse y fundar en 1519 la primera ciudad de españoles en México: “La Villa Rica de la Vera Cruz” hoy conocida como Veracruz; a partir de ese momento, el mundo se estremeció.
Lo que ocurrió a continuación fueron diversas situaciones y vivencias increíbles, fruto del más asombroso proceso de aculturación jamás conocido; conocimiento, asombro y aprendizajes de diversas formas culturales y costumbres religiosas, culinarias, lingüísticas, raciales; encuentro impresionante con diversos tipos de fauna, con animales desconocidos, así como tipos de flora.
Aprendizajes dolorosos con la subordinación a diversas formas de hegemonía y muestras de poder; conocimientos sufridos en carne propia mediante armamento y pertrechos mortíferos al igual que las enfermedades epidémicas traídas por los visitantes.
Este encuentro, más allá del mito del regreso del dios Quetzalcóatl, en el año “Ce Ácatl”, coincidente con la llegada de Cortés y el impacto de “divinidad” que esto provocó al ver arribar en grandes naves a personajes con diferente tono de piel, cabello y lenguaje; animales y armamento poderoso “escupiendo fuego”; seguramente, de inicio, provocó una sumisión a estos dioses.
Sin embargo, aún y con toda esta representación, por un lado, cristiana, por el otro existía la búsqueda de riquezas, fortuna y poder a cualquier precio, debido a que en su lugar de origen no habían podido obtenerlos, produciendo un intercambio forzado o en condiciones totalmente desventajosas.
“La expresión “cambiar espejitos por oro” hace referencia a la conquista española de América (1521), simbolizando un intercambio desigual donde los españoles entregaban objetos de poco valor (espejos, cuentas de vidrio) a cambio de oro, joyas y recursos de los indígenas (IA)”
Quién iba a decir que pasados cientos de años, después de todo un proceso de independencia y de búsqueda de la libertad, con establecimiento de leyes supremas que lo garanticen, estemos frente a la amenaza de ser nuevamente esclavizados, de una forma tal que, de manera progresiva y prácticamente sin oponer resistencia, todas nuestras acciones, ideas, conocimientos, aprendizajes y hasta aspectos de la vida personal y emocional, estén mediadas por la voluntad de la virtualidad.
Resulta casi imposible que algún habitante se encuentre “fuera de control” sin estar conectado a toda esa red de mando que, mediante toda la serie de aparatos, plataformas, aplicaciones y programas funciona como el mecanismo que nos sujeta, cual “grillete mental”, a ese control absoluto de todas nuestras acciones.
Aunque el argumento y objetivo original de toda esta red de mando que nos gobierna ha sido el de apoyar el desarrollo y el progreso de las sociedades y sus integrantes, esta trama ha llegado a sobrepasar la voluntad de los seres humanos y éstos, han respondido literalmente agachando la cabeza en señal de sumisión ante este poder.
El teléfono celular es el aparato que ha invadido nuestro espacio personal, como si fuera una extensión “viva” de nuestro cuerpo, tomando el control de todos sus poseedores; “En 2025, el uso de celulares en México alcanzó cifras récord con 161.6 millones de líneas activas y 98.6 millones de usuarios. El consumo promedio de datos creció un 13.4%, llegando a 6.4 GB mensuales, con una fuerte tendencia hacia la compra de smartphones de gama media-alta y alta… (IA)”
Este aparato lo llevamos totalmente unido y conduciéndonos de la mano hacia donde él quiera, impulsando y ordenando nuestras conductas, dotándonos de conocimientos, incluso con mayor efectividad que una escuela; dictando órdenes de lo que debemos comprar, el cómo debemos vestirnos, la comida que debemos encargar y hasta de los “memes”, historias, “reels” y situaciones con las que debemos entretenernos, sorprendernos y divertirnos.
Estos aparatos de telefonía y toda la gama de programas y aplicaciones cibernéticas que presentan, son algunos de “los espejitos” cual cristales que tomamos para dar a cambio nuestra libertad, puesto que les hemos otorgado nuestra seguridad, nuestros datos personales, estado de ánimo en el que nos encontramos, el lugar en donde nos ubicamos, situación de relaciones personales y obtención de pareja, hasta el reafirmar nuestra estima al recibir “likes” por nuestra foto de portada mostrando partes del cuerpo o foto facial mostrando la belleza cierta o modificada por alguna aplicación que al menos de manera virtual nos presenta hermosos.
Estos pequeños teléfonos, cual espejos de realidad virtual, han provocado, cual película de ciencia ficción del siglo pasado que, se hipnotice a su audiencia y es por ello que si algún habitante de los años 60´s hiciera un viaje a nuestro tiempo, seguramente se sorprendería al observar a las personas, literalmente como “zombis” que van en transporte urbano, paseando por alguna plaza o paseo público o caminando por las calles, totalmente absortos y con la apariencia de estar “amarrados” y obligados a permanecer agachados observando esa pantalla, sin advertir lo que pasa a su alrededor, incluso al cruzar alguna avenida con el riesgo de ser atropellado, mientras que también los mismos conductores de automóviles van manejando enajenados observando esa pantalla.
La muestra más clara y denigrante de que hemos cambiado “espejitos por nuestra libertad” sin duda es el haber renunciado a una de las características más importantes que nos caracterizaba como seres humanos; me refiero a la libertad de pensar, crear, innovar, producir ideas y pensamientos propios, intercambiada por la aparición y aceptación de la Inteligencia Artificial (IA).
Esta forma de inteligencia (IA) nos ha ofrecido cuentas y esferas de vidrio, espejos relucientes y materiales fantásticos, con tan solo pedirlos, como quien le pide los tres deseos al mago de la lámpara maravillosa y ésta, sin tardanza nos los otorga, haciéndonos sentir todo poderosos; sin embargo, lo que entregamos a cambio es la característica que desde el “homo sapiens” y todo su desarrollo posterior había logrado: la inteligencia humana.
Desde luego que los avances, aparatos, plataformas y programas cibernéticos han sido fundamentales para el desarrollo social de la humanidad; sin embargo, el otorgar a cambio un tesoro tan valioso y dejar que ellas piensen y decidan por nosotros, nos otorgaría la categoría de esclavos y subordinados, tal cual ocurrió con los pueblos mesoamericanos ante la intromisión española.
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