De manera regular se ha venido relacionando a la religión con la espiritualidad y, a su vez, cuando hablamos de educación y espiritualidad se asocia con planos religiosos.
Recordemos que, desde hace ya un buen tiempo, debido a su carácter cientificista, la educación ha sido separada totalmente de las enseñanzas religiosas, elevada esta consigna a planos normativos: “…dicha educación será laica y, por tanto, se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa” (fragmento del artículo 3º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos).
Sin embargo, aunque se mandata por la vía constitucional, aun así, existen las escuelas privadas con este perfil de enseñanza, preferentemente desde un formato de creencias y fundamentos católicos: “…En cuanto a centros educativos administrados por católicos en México, son cinco mil 609 centros de preprimaria y escuelas primarias; dos mil 328 medias o secundarias y 382 instituciones de educación superior o universidades”(IA).
Para elegir estas opciones formativas, muchos de los padres de familia las prefieren debido a los aspectos, temas y elementos que, paralelamente a las enseñanzas de los planes y programas de estudio oficiales, fomentan valores, costumbres y acciones con principios de bondad, civilidad, moralidad y otros más que forman parte de las prácticas y fundamentos religiosos, los cuales, para los tutores de esos alumnos, no son considerados como enajenantes.
Además, de manera más que natural y debido al número de adeptos católicos en México, en la misma educación ofical pública, existen de manera velada y con verdadero currículum oculto, prácticas, discursos, ejercicios y celebraciones culturales que hacen alusión directa o indirectamente a aspectos religiosos.
Tenemos presencia de celebraciones culturales con vinculación religiosa, como los altares del día de muertos, ceremonias litúrgicas extraescolares para celebrar y agradecer el término de cursos, inasistencia de alumnos debido a la participación de sus familias en acciones de culto hacia la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo u otras divinidades.
En cuanto a los profesores, no obstante lo cientificista que pueda ser su labor profesional, tenemos presencia religiosa, bien sea explícita con frases como: “dios los bendiga” hacia sus compañeros o a sus alumnos; de igual forma, el realizar alguna oración solicitando la culminación exitosa de su labor docente cotidiana, incluso el realizar frente a su rostro una señal de cruz dibujada con su mano, antes de iniciar sus labores o al término de las mismas.
De manera implícita tenemos desde indumentaria, accesorios y elementos simbólicos que ellos portan en alguna parte de su cuerpo, bolsos, mochilas o carteras representando, paralelamente a sus habilidades técnicas y profesionales, características y argumentos que les permitan vincular y ejercer su profesión apoyados por sus creencias religiosas.
Ahora bien, el vincular a la educación con la espiritualidad, por principio de cuentas, evidenciar que el compararla con la religión no necesariamente hablamos de sinónimos o de aspectos totalmente paralelos, puesto que el ser espiritual o educar a alguien con esta visión, va mucho más allá que el ser adepto a alguna facción religiosa, puesto que tiene que ver con el considerar a la persona con todos los elementos que la conforman y que lo caracterizan como alguien integral.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) la espiritualidad es entendida como: “la percepción del individuo sobre su posición en el contexto de la cultura en la que vive y de sus valores con relación a sus objetivos, expectativas, estándares y preocupaciones …un aspecto de la humanidad en el que la búsqueda del sentido, el propósito de la vida y la trascendencia se expresan a través de la conexión y la relación con uno mismo, con lo sagrado, con los demás, con el entorno, con la naturaleza, y puede incluir o no prácticas religiosas ...”
De acuerdo con lo anterior, la educación vinculada con el fomento e impulso espiritual, buscaría incidir, no solamente en que los alumnos de cualquier nivel educativo dominen la teoría y la técnica, sino que también tengan consciencia de que todo su desarrollo tendrá como principal escenario a su contexto: las características sociales, culturales, económicas, demográficas y demás variables que se daban tomar en consideración para su desarrollo personal.
Tendrá que incluir también el fomento de habilidades y acciones que estén impregnadas de valores morales, cívicos y sociales que le hagan practicar y promover el respeto, la solidaridad, la responsabilidad, solidaridad, justicia y otros más que enmarquen su actuar proactivo en su comunidad.
Entender que una visión espiritual, inculcada desde que se es pequeño, implicaría el trazar la ruta para conformar la personalidad de cada quien con sus objetivos, esperanzas, sueños y aspiraciones, todo ello en un ambiente de entera libertad, excluyendo los modelos educativos y formativos escolares, familiares y reproducidos por medios de comunicación y redes sociales en los cuales de manera acartonada, fría, mecánica y repetitiva se reproducen los moldes y estereotipos que cada hijo y alumno debe aceptar, como su destino previamente fabricado y sin posibilidad de cambiarlo.
La espiritualidad en la formación y educación, en cambio, fomenta el uso de la libertad, no como esa posibilidad que se tiene y se otorga desde que se nace, sino como esa brillante oportunidad de poner en práctica todos nuestros sentidos, habilidades, valores y aspiraciones para desarrollarnos como seres únicos y creadores de nuestras propias decisiones, ejerciéndola con responsabilidad y atesorándola como el elemento más valioso en la educación.
El fomentar la espiritualidad en las personas se convierte entonces en uno de los objetivos más importantes en todo proceso formativo y educativo; bien sea fusionado con aspectos religiosos o con toda la amplia gama de elementos que convergen en cada persona, como posibilidad de utilizar todas las formas integrales del ser humano, en sus objetivos de vida.
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