Familia y escuela Capítulo 316: Las pequeñas cosas y los pequeños detalles

Más allá de los grandes conocimientos, teoremas y algoritmos infalibles; de las complicadas e intrincadas fórmulas matemáticas y de cálculo diferencial e integral; de los grandes argumentos y pensamientos filosóficamente profundos que explican el desarrollo de las personas en su entramado temporal, histórico, cultural y social. 

Más allá de lo deslumbrante y mágico que resulta tener ante nuestros ojos la serie de artilugios cibernéticos, aparatos, aplicaciones y plataformas con todo un mundo de realidades alternas y sus creaciones audiovisuales que, ante nuestros ojos, hace que parezcan tan reales al ser creadas con Inteligencia Artificial (IA) y con ello aceptar y darle el mando de lo más importante que poseemos: nuestra inteligencia. 

Más allá de todos esos enormes e importantes conocimientos y constructos mentales, hemos dejado de aprender de las cosas simples, de las cosas pequeñas y muchas veces inadvertidas; hemos dejado que lo grandioso ocupe nuestras mentes y sea difundido en enseñanzas que desconfían de lo pequeño, sin siquiera tomarlo en cuenta y etiquetado de inservible, poco productivo e irrelevante. 

Se ha dejado de lado lo espontaneo y natural, lo que a final de cuentas puede mostrarnos y enseñarnos, no hacia una calificación, si no aprendizajes para la vida como parte que somos de este reino natural. 

El extraer conocimientos, ideas, simbolismos, actitudes, retos ante la vida, soluciones y maneras de actuar de los miles de ejemplos que, aunque pequeños, se nos muestran naturalmente y que los dejamos de lado para seguir agachados ante un teléfono celular, con paso acelerado el ritmo cotidiano que impone nuestra sociedad del conocimiento. 

Hemos dejado de aprender de cosas tan sencillas como ver los increíbles tonos que el cielo nos ofrece cada amanecer y atardecer, mostrándonos que entre el negro y el blanco existe una gama de colores, todos ellos diferentes cada día y que, con ello, nuestra vida muestra todos esos contrastes y que no siempre se permanece entre lo oscuro y lo claro para siempre. 

Aprender de las formas grandiosas que a cada momento van mostrando los ramos de nubes, ante el embate de vientos en calma o ventarrones amenazadores; de apreciar de noche al conejo que habita la luna y descubrir que el brillo de cada persona se asemeja al brillo que cada estrella refleja, no obstante que sea pequeña o grande pero que a final de cuentas llega su momento de mostrar su luz. 

Ya no disfrutamos de los árboles y flores de los cuales hay tanto que aprender, con cualidades que un ser humano debería desarrollar: desde los tonos tan vivaces y la perfección y simetría de sus hojas; el cómo reciben para otorgar cobijo y alimento a pájaros e insectos y siempre ofreciendo por igual su riqueza; de los árboles más sombríos o cactáceas asentadas en los terrenos más agrestes y secos, no importando su apariencia y aún con todo ello brindando el aroma de sus flores con una belleza espectacular; del esfuerzo titánico que realiza esa minúscula flor para, sin la menor ayuda, buscar la rendija oportuna y asomar su rostro colorido entre el concreto de una banqueta o el asfalto de un camino, como los niños que sin algún apoyo florecen espectacularmente. 

Observar y aprender del espectáculo de la vida y la muerte al tener enfrente esos árboles que durante su juventud y etapa más productiva se llenan de flores y frutos, con ramas que “bailan” y se menean acompasadamente con las corrientes de aire y se limpian y reverdecen ante la llegada de la lluvia para mostrarse limpios y relucientes; a final de cuentas el otoño pone fin a este ritmo vital y comienza inevitablemente la caída de sus hojas perdiendo su follaje y fortaleza, cual adulto mayor. 

Mucho que aprender al pararnos a un lado del hormiguero, donde esa fila interminable de seres diminutos nos muestra, cual clase magistral, lecciones de solidaridad, trabajo en equipo y maneras de comportarse socialmente, teniendo el trabajo para el beneficio colectivo como principal objetivo, no importando el tamaño, mostrando inclusión e igualdad con sus acciones. 

En las familias de seres humanos también existen pequeñas cosas y detalles que son fundamentales para la formación de sus miembros: el dar una palmada en el hombro o un abrazo a la pareja, al hijo o hija para fortalecerlo, ni siquiera se necesita hablar; un simple: “por favor” o “gracias” en el trato cotidiano, reflejaría el respeto entre ellos. 

En un aula de clase, aunque se asuma que los maestros están para desarrollar su labor profesionalmente técnica y con la encomienda de lograr los objetivos propuestos en los planes y programas de estudio, evaluando con cantidades sus resultados realizando su labor de manera excelente, dejan pasar también los pequeños detalles:  entendiendo que los alumnos son mucho más que un simple número y al referirte a ellos, de manera libre o al pase de lista, mencionándolos por su nombre; “simple detalle” que hace que ellos sientan que existen, que desde tu voz se escuche su nombre, los “aterriza” y se sienten tomados en cuenta. 

“Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia, pero su tren vendió boleto de ida y vuelta; son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel o en un cajón...” Joan Manuel Serrat. 

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