Familia y escuela Capítulo 32: Enseñar la muerte

México es conocido mundialmente por su forma de celebrar a la muerte; la manera en que, mística, festiva y hasta burlonamente nos manifestamos ante ella.

Debido a nuestra gran diversidad cultural, podemos advertir que ya desde antes de la llegada de los españoles se tenía una divinidad y un lugar como el destino de los muertos, representado el primero en Mictlantecuhtli (señor del reino de los muertos) y el Mictlán como ese inframundo o lugar a donde se dirigen.

Ya colonizado y evangelizado el país, el paso del tiempo y la mezcla de costumbres y tradiciones multiplicó la riqueza cultural y resultó en ceremonias extraordinarias, llenas de magia y color, provocando que, en diferentes zonas del país, literalmente resulte imposible encontrar alojamiento los días en que celebramos todos los acontecimientos relacionados con esta festividad, sobre todo en lugares en donde el turismo nacional y en su mayoría extranjero, asisten a presenciar y convivir con estas celebraciones y rituales.

Solo por mencionar algunos, tenemos los casos de la región Mixteco Zapoteca de Oaxaca, la región lacustre de Michoacán y la región Huasteca; en todos ellos, las muestras religiosas y gastronómicas son notables, además de todas las manifestaciones folklóricas de danzas, desfiles, vestuarios y más; y para el caso del estado de Aguascalientes, con su característica “catrina” y los versos llamados “calaveritas”, éstos dos últimos ya difundidos como patrimonio nacional.

Nuestras tradiciones nos llevan a convivir con nuestros difuntos, a abrir ese portal que une ambos mundos y bien sea en nuestros hogares o en el lugar donde descansan sus restos, compartir los alimentos y recuerdos.

A diferencia del motivo tétrico que envuelve el festejo denominado: “halloween”,  el carácter que presenta el día de muertos en México es festivo y envalentonado hacia la figura de la muerte, como personaje femenino; y éste se manifiesta en las diferentes formas de nombrarla: “la huesuda” “la calaca tilica y flaca” “la que me pela los dientes” “esqueleto rumbero”  “la blanca” “la santa” y muchas más.

De igual manera, nuestro lenguaje florido hacia el morir, queda manifestado de múltiples formas: “se petateó”, “ya felpó” “ya chupó faros” “trabajará de minero” “se lo cargó el payaso” “ya colgó los tenis” “se lo llevó la huesuda” “no cargará los peregrinos” “ya caducó”, entre otras más y que denotan la forma pícara que se usa para nombrar este hecho.

Sin embargo, la verdad es que por muy festivos y envalentonados que la celebremos, en el fondo le tememos. Tenemos miedo a esa soledad que genera tanto para los que se van como para los que se quedan, tenemos temor al “ya no ser” y al “ya no estar”; pánico al “ya no convivir” con la persona o personas amadas, a dejar de verlas, oirlas o tocarlas.

Es terrorífico el pensar a la gente que amamos dentro del proceso de degradación biológica que enfrentan todos los seres vivos al fallecer; lo mismo que le pasa a una flor al marchitarse, a una fruta al podrirse o a un animal al quedar tirado sin vida y descomponerse; por eso Edgar Morín comenta: “el hombre es el animal que entierra a sus muertos”; obviamente el comentario obedece a la ruptura que biológicamente se da entre la vida y la muerte; a esa convicción religiosa, cultural, física, social, psicológica y hasta metafísica, de creer que la persona que depositamos en su sepultura, se conserva así, como la concebimos y apreciamos en vida, omitiendo el terror que supone la degradación de su cuerpo.

Resulta muy probable suponer que, ante el hecho comentado en los párrafos anteriores, en las escuelas, familias y en general en los medios de comunicación, no se enseña la muerte.

Me refiero, no a su figura y nombre, ni a su masificación televisiva y peliculezca en forma degenerada hacia el terror; sino a su proceso. 

Enseñar la muerte, la muerte natural, implica dar cuenta, lo mismo que cuando en las escuelas y familias se enseña el nacer, como producto de la reproducción a partir de dos células; al nacer, estas células van muriendo y siendo reemplazadas, de forma tal que nuestro cuerpo es totalmente nuevo a un ritmo de cada dos años; de tal forma que un individuo que cumple la edad de 80, ha reemplazado su cuerpo enteramenta cuarenta veces.

El morir se explica, precisamente por esta sustitución celular, la cual al ir avanzando la edad, ya no se reemplazan al mismo ritmo ni con la misma calidad, provocando que en determinado momento algunos órganos del cuerpo fallen, sobreviniendo la muerte.

El ser declarado “muerto”, no es otra cosa que el inicio de un proceso, dado que sólo se ha detenido el funcionamiento del corazón, pulmones y gradualmente las funciones cerebrales; porque, el resto de las células del cuerpo siguen vivas, pero al dejar de ser alimentadas, van lentamente perdiendo su capacidad de reproducirse; hasta que finalmente, tiempo después, también mueren.

La sabiduría popular, afirma cuando alguien fallece: “… háblale, todavía te escucha”.

Sin duda, enseñar la muerte es todavía un tabú, el cual es comprensible que exista y se haya mantenido casi en secreto, incluso sin que haya la intención de romperlo, ni de promover su difusión y mucho menos entre los niños y adolescentes, de quienes se supone “les queda mucho tiempo de vida” y “muchas cosas por experimentar y conocer”.

Incluso, el evitar enseñarla, es manifiestación de “huirle y esconderse”, no vaya a ser que nos visite y nos toque acompañarla; ya lo dice la sabiduría popular: “…hágase la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre”

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