Familia y escuela Capítulo 320: ¿Qué motiva a los alumnos a asistir a clase?

De acuerdo con la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en su artículo 3º manifiesta que en este país… “La educación inicial, preescolar, primaria y secundaria conforman la educación básica; ésta y la media superior serán obligatorias…”

En efecto, la educación brindada por estados y municipios se declara como totalmente obligatoria en los niveles manifestados, con sus respectivas edades para cursarlos, no dejando opción para que padres de familia y alumnos puedan decidir si se asiste o no a un plantel para recibir educación escolarizada.

En este sentido se presupondría que no queda espacio para preguntar a los alumnos acerca de la motivación que los impulsa a asistir a un plantel y adentrarse en un aula de clases, porque resulta obvio que de todos modos tendrían que asistir, sin embargo, aún con todo y esa obviedad, la pregunta subsiste y resulta más que importante dado que precisamente ese carácter obligatorio, aunado a otras circunstancias ha provocado que se genere un tedio, aburrimiento y hasta desgaste emocional, sobre todo entre más se va avanzando de niveles educativos.

Desde luego que tendríamos que entender que nos encontramos frente a una generación, que, si bien ha sido denominada “de cristal” por ciertas debilidades que se han mostrado, sobre todo hacia la resiliencia y la baja tolerancia a la frustración, estas actitudes hacia la asistencia obligatoria a su fase escolarizada no son nada nuevas; más bien, se han venido manifestando desde que el sentido del aprendizaje comenzó a medir su “éxito” solamente de manera numérica.

Un número separaba a aquellos que ingresaban o se quedaban fuera de cumplir con su transcurso de vida, con sus sueños de ser un profesionista y hasta de permanecer o ser echado de una institución; incluso, de ser tachado como una afrenta para la familia por ser incapaz, “burro”, menso y hasta “Ni Ni”.

Ante tales presiones sociales, la romántica idea de asistir a una escuela por el mérito de aprender y conocer nuevas ideas, formas de vida y hasta de sentirse impulsado de ir por gusto propio, pasó a generar sentimientos de frustración, desgano, angustia, estrés y en algunos casos de ingenio para conseguir a toda costa el número que respaldaría su permanencia optando para ello por prácticas ilegales de copiar en lugar de crear, de sobornar a compañeros para la elaboración de investigaciones o productos y solo suplantar el nombre del autor y, actualmente, solicitar a la Inteligencia Artificial (IA) todas las tareas solicitadas y poner descaradamente el nombre del estudiante al final.

Para el caso de muchos maestros, la presión al desarrollar su labor profesional ya no se centra en motivar a sus alumnos de forma tal que llegue el fin de semana y éstos se muestren ansiosos porque regrese el día para acudir a su clase y encontrarlo (a) en el aula descubriendo la forma en que los va a sorprender; o para lograr que cuando lo vean por la calle expresen con orgullo a su familia: ¡él, ella, es mi maestro, mi maestra! 

Ahora la presión se centra en lograr que sus pupilos aprueben los distintos exámenes a los que son sometidos y que, mediante éstos, obtengan una calificación numérica que demuestre la calidad educativa que cada profesor y profesora tiene; si logró o no motivarlos, ya no es de su incumbencia, porque “ya deben venir motivados y saber lo que tienen que realizar en una escuela” o bien, “son de la generación de cristal y no puedo estar dedicando el tiempo a cada uno porque los programas y planeaciones educativas marcan tiempos y apenas puedo cumplir con ello, además, tengo quien me supervise ese cumplimiento”

Cada vez es más frecuente el encontrar grupos de alumnos con una desmotivación tal que se nota desde el desgano con que se sientan en las bancas, el adormilamiento que muestran con amplios bostezos, con el comportamiento de autómatas, revisando la hora para el término de la sesión y que su actuar en clase solo consiste en registrar lo que el docente le muestra, para luego vaciarlo en la evaluación respectiva y cumplir así con el rol asignado.

Entonces, ¿Existe alguna motivación válida que medie entre el gusto y preferencia por asistir a una escuela, de manera intrínseca en los alumnos?

Debo reconocer que dentro del océano de aguas revueltas en que se ha convertido el hecho educativo, distinguiendo comportamientos esperados, rígidos, automatizados y preferentemente desechando a quienes no se comportan de igual manera, existen, como lo comentaba Edgar Morín (QEPD, 29 de mayo 2026) “El conocimiento es una navegación en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas” en donde de manera maravillosa algunos padres de familia, maestros y maestras conjuntamente con algunas autoridades educativas se han convertido en esas islas sólidas como referentes de motivación para sus hijos y alumnos y logran ir más allá de la obtención de una simple y numérica calificación, para abrir escenarios que conviertan la experiencia escolar en una verdadera y motivante aventura.

Ahora bien, más allá de la parte académica, una de las más grandes motivaciones que mueve a los alumnos a asistir a una institución de enseñanza, tiene que ver con la interacción social, es decir, el encontrarse con sus pares, compañeros de aula o de escuela.

Este hecho genera todo tipo de reacciones positivas en los alumnos, desde los pequeños de preescolar hasta los más avanzados, quienes encuentran en la convivencia con sus compañeros toda una gama de situaciones que, definitivamente, en sus hogares no las tendrían.

Desde finales de la primaria en adelante, el choque y encuentro con ellos y ellas, aumenta un elemento más a esa motivación que se tiene al compartir un salón de clases y diferentes espacios y dinámicas escolares, pues las relaciones con los otros sexos, además de ser propias de esas edades, representa un aspecto emocionante y atractivo que remite a cambiar estados de ánimo, cuidado personal y hasta llenar ese espacio psicosocial relativo a los sentimientos y agrado ante una persona especial.

¿Qué motiva a un estudiante a asistir a clases?

Definitivamente no son, en su mayoría, ni los conocimientos, ni los docentes ni siquiera el temor por obtener o no una calificación.

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