En el capítulo anterior anticipábamos la evolución que la educación, comprendida como ese proceso que se da, no solo en las escuelas, sino en todo tiempo, espacio y circunstancia, había venido presentando de manera vertiginosa hacia la implementación y uso de tecnologías y elementos cibernético virtuales, acompañado de aparatos, plataformas, aplicaciones y sitios, los cuales, en determinado momento, están mediando y en muchos casos hasta suplantando la figura y roles de los docentes, alumnos y padres de familia.
Todo el proceso evolutivo de la intromisión tecnológico en la educación, resultó en lo que ahora se conoce como cibernética educativa, teniendo su repunte cuando nos vimos sometidos a un confinamiento producto de la pandemia del coronavirus, que motivó reacciones y conductas improvisadas y adaptadas hacia una educación no presencial, también llamada: “en línea” o “a distancia”.
Acciones tales como: adquisición de aparatos telefónicos, computacionales y servicio de internet, se volvieron ahora artículos de primera necesidad, pero, además, también se generó la tarea de aprender a utilizar toda serie de herramientas tecnológicas, ingreso y navegación en plataformas virtuales y hasta las más “sencillas” funciones de las aplicaciones de comunicación y transmisión de datos interpersonales; convirtiéndose en un imperativo educativo.
Este “empujón” que recibió la educación hacia un precipicio desconocido, despertó a la población al ingresar de manera súbita a espacios virtuales, teniendo a maestros, alumnos y padres de familia reeducándose, pero con la gran desventaja de no estar preparado y prevenido para su correcto uso y aplicación.
Sin embargo, esa evolución englobada en la cibernética educativa no terminó ahí, porque ahora tenemos, posterior a la pandemia, que se ha transformado y la Inteligencia Artificial (IA) lo mismo que todos los procesos virtuales han comenzado su liberación, logrando superar a la inteligencia racional, teniendo como principal aliado el uso del aparato telefónico “inteligente”, convirtiendo en sus esclavos a todos aquellos que lo poseen y lo mantienen en sus manos; los seres humanos agarrados por el cuello y forzados a estar encorvados, agachados, rindiendo pleitesía, caminando sin rumbo por las calles como autómatas hipnotizados por sus contenidos.
Ha sido tan poderosa la intromisión de estos artilugios que de pasar a significar un avance incondicional al automatizar todos los procesos educativos con la ayuda de la IA, se encaminan ahora a abandonar y dejar tirada la principal característica que nos distinguía en el mundo animal como seres humanos, me refiero a renunciar al carácter de seres pensantes, para dejar que aparatos y procesos fríos e infalibles usen ahora nuestra característica: telefonía, aparatos domésticos, maquinaria y procesos industriales, robots ejerciendo funciones médicas, mecánicas, docentes y hasta de cuidado parental, entre miles de actividades más, todas ellas llevando el apellido al cual hemos renunciado: “inteligentes”.
En educación, desde luego que la cibernética educativa tiene aspectos altamente significativos, sin embargo, al no haber creado previamente todo un proceso de aculturación, concientización y apropiación eficaz de estas herramientas, ha pasado a significar una amenaza y barrera para el aprendizaje, debido a las enormes distracciones a las que se acceden mediante un teléfono “inteligente” cuando quien lo usa no lo hace inteligentemente y mucho menos si es activado durante una sesión de clase; es por eso que en algunos lugares ya se ha prohibido legalmente el uso escolar de este aparato.
Definitivamente y como producto de adaptarse a este proceso, los roles acciones y funciones de los actores educativos se han transformado de manera radical: los padres de familia teniendo que incluir en su lista de gastos familiares para cumplir con dotar del servicio de internet y aparatos para que sus hijos y los propios integrantes tengan acceso; aprender el funcionamiento de aplicaciones, portales y plataformas educativas para apoyar a sus hijos en sus tareas y productos encargados en sus escuelas.
Los maestros, sobre todo los de mayor antigüedad en el servicio, renegando de los cambios tecnológicos y auxiliándose de tutoriales o de sus propios hijos o alumnos para cumplir con el llenado en línea de datos, calificaciones y reportes solicitados; han vuelto a un periodo de aprendizaje ante la constante aparición de herramientas que apoyan la enseñanza y que definitivamente están obligando a dejar de lado el pintarrón, por las versiones digitales en pantallas y pizarrones “inteligentes” así como volver a aprender a dar toda una clase, desde la planeación, implementación y evaluación, pero ahora en modalidad virtual; aprender a detectar todas las triquiñuelas de algunos estudiantes que, dominando los espacios cibernéticos, presentan trabajos que no son de su autoría y son un simple “copia y pega”; todo lo anterior convirtiendo a muchos de los docentes en verdaderos robots los cuales cumplen cabalmente con su función de solamente transmitir conocimientos.
Por su parte, los alumnos, son los que más rápido y eficientemente se han adaptado a este periodo cibernético educativo; sin que nadie les haya enseñado u obligado al aprendizaje y dominio de aparatos, plataformas y aplicaciones cibernéticas, ya por sí solos lo han aprendido de manera autónoma o formando redes de apoyo con sus compañeros de aula o en las comunidades virtuales; ellos son los que han llegado primero y con mayor eficacia a instalarse en estas modalidades educativas, abandonando, en los casos en donde se les permite el uso de aparatos telefónicos, tabletas o computadores portátiles, el uso de notas en los tradicionales cuadernos, supliéndolos por notas de voz, fotografías o escritura digital.
Tanto se han apropiado de su presencia en este periodo que, ante el desconocimiento de padres y maestros, han aprendido a reducir su estancia escolar a solamente basar su proceso en el registro de lo que en determinada clase se mostró, la entrega de productos, elaboración de proyectos, tareas e investigaciones y resolución de cuestionarios a manera de exámenes; todo lo anterior, de la manera más cómoda y con el menor esfuerzo mental al buscarlos en internet, con ayuda de la IA, copiarlos, hacerles algunas pequeñas modificaciones o simplemente completar su “robo intelectual” al ponerle su nombre.
Los nuevos roles ante la evolución de la cibernética educativa debieran enfocarse hacia el no renunciar a nuestra inteligencia, sino a controlar la artificial, de forma tal que siga estando a nuestro servicio racional.
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