Resulta de lo más normal que, al hablar de cómo es que se conoce o se aprenden determinados conocimientos, se utilice una diferenciación entre hacerlo científica o empíricamente; incluso, se ha otorgado al primero un carácter de formalidad y de aceptación generalizada a diferencia del otro, restándole importancia e incluso sin darle algún tipo de valor.
Es por ello que, en los sistemas formalmente escolarizados, la base sobre la que se conforma todo el proceso de enseñanza y aprendizaje le da toda prioridad al aspecto científico, en tanto que al empírico se le desdeña, incluso, se le margina y omite totalmente, sin embargo, éste existe y aunque se encuentra apartado, no deja de asomarse y de influir para el logro de todo aprendizaje.
Ciertamente, el conocimiento científico otorga la seguridad y veracidad de ser objetivo, comprobable y se puede generalizar de tal forma que se puede entender y aplicar en todo tiempo, espacio y circunstancia, por lo que siempre se mantendrá de la misma forma, sin variaciones y con los mismos resultados.
Sin embargo, cuando todo ese cúmulo de conocimientos adquiridos mediante tal seguridad y exactitud se enfrentan a todas las situaciones sociales, culturales, políticas, en distintos contextos y situaciones específicas de casos particulares y, sobre todo, ante el avance del progreso en condiciones igualmente científicas, tal parece que lo aprendido de esa manera, se desvanece y se tiene que recurrir a reaprender y a improvisar o generar nuevas rutas y maneras de utilizar, sobre la marcha, todo lo aprendido por la ruta de la experiencia.
Es por ello que lo empírico se refiere a todos aquellos conocimientos que adquirimos mediante la experiencia propia al ejecutar procesos, resolver problemas que se presentan, generar proyectos y atender su desarrollo hasta su conclusión; corregir fallas y errores, aumentar o disminuir etapas, realizar precisiones hacia determinados pasos, reorientar objetivos y propósitos, así como tomar en cuenta que cada situación es diferente a otra y que se necesitará de la adecuación y adaptación de los nuevos conocimientos adquiridos.
Lo empírico privilegia el “aprender haciendo” mediante ensayo y error, volviendo a intentar, ahora con las modificaciones añadidas y con la generación de nuevos conocimientos; resulta de aprovechar la experiencia personal al realizar ciertos procesos y acciones en donde la observación y la práctica directa van proporcionando, confirmando o rechazando lo que se debe aprender, para añadirlo a la memoria como “un archivo nuevo” el cual, por haber sido aprendido de esta forma, permanecerá por largo tiempo, sin la necesidad de un examen, calificación, validación teórica o nota aprobatoria.
No se trata de negar los aprendizajes obtenidos desde una base científica, ni de solamente privilegiar aquellos que surgen de las experiencias vividas; más bien, la firme intención apunta hacia el complemento de ambas, sobre todo porque “la realidad es tan caprichosa, cambiante y diferente en cada caso, tiempo y lugar, mientras que la ciencia resulta tan terca en no reconocerlo”.
Un ejemplo claro de este desfase entre ambos tipos de conocimiento, lo tenemos en las escuelas de nivel superior, las cuales, como es de suponerse, se encuentran basadas en conocimientos científico técnicos, los cuales son enseñados y empleados para capacitar y formar a los futuros profesionistas, otorgándoles la seguridad de que allá afuera, en la realidad, van a utilizar el uso de lo aprendido, tal cual los prepararon en aulas y laboratorios.
Gran sorpresa se llevan al egresar puesto que, para empezar, las máquinas, procesos industriales, métodos y técnicas para la producción de cualquier producto; leyes y procedimientos contables o de aplicación legal; tratamientos médicos, técnicas didácticas para la enseñanza y hasta procedimientos y materiales usados para la construcción, todos ellos, han evolucionado, cambiado o hasta desaparecido al entrar en desuso, todo ello mientras los alumnos estaban cursando su formación profesional y al entrar al campo laboral resulta que ya ni existen.
Esta confrontación con la realidad evidencia una necesidad que, para la formación profesional, debiera ser un imperativo: el tomar en consideración la importancia del conocimiento empírico en todas las áreas, bien sea al presentar curricularmente las materias teóricas acompañadas forzosamente de la práctica en terrenos donde les tocará desempeñarse.
Lo anterior ya lo han comprendido diversas instituciones, generando lo que se conoce como: “formación dual”, la cual propicia el aprendizaje teórico a la par de estar practicando y teniendo experiencias en el terreno laboral real; sin embargo, solo se ha desarrollado preferentemente en áreas tecnológicas, industriales o de ciencias de la salud, dejando de lado las profesiones relacionadas con las ciencias sociales y humanas.
Otro nivel educativo en donde generalmente se ha desdeñado el conocimiento empírico, definitivamente es el básico, puesto que en éste se está más preocupado por “insertar en la mente” de los niños y adolescentes todos los conocimientos fundamentales que se enmarcan en los programas de estudio, para que sean dominados al pie de la letra y los repitan cual fórmula infalible, que el solicitarles o inculcarles que descubran por sí mismos y sus experiencias lo que necesiten aprender.
De alguna forma la Nueva Escuela Mexicana (NEM), mediante el uso didáctico de la generación de proyectos y el Aprendizaje Basado en Proyectos o Problemas (ABP), mediante los cuales al estar enlazados con el contexto específico de cada escuela, comunidad y familia, realizan cierta revaloración del conocimiento empírico; sin embargo, volvemos a lo mismo de no admitir su valía y tacharlos de poco académico y de la falta de esas lecciones magistrales que los docentes brindaban.
Ambos tipos de conocimiento son necesarios, pero, desdeñando, maniatando y dejando fuera de la jugada al empírico, lograremos convertir a nuestros alumnos en perfectas máquinas que repliquen siempre las mismas fórmulas, técnicas y procesos a todos los aconteceres sociales, mientras que la realidad se estará burlando de ellos, porque nuevamente se habrá escapado cual animal furtivo y vivaracho al cual dificilmente se pueda dominar.
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