Familia y escuela Capítulo 334: Quisiera ser civilizado como los animales

“Yo quisiera no ver tantas nubes obscuras arriba, navegar sin hayar tantas manchas de aceite en los mares y ballenas desapareciendo por falta de escrúpulos comerciales… Yo quisiera no ver tanto verde en la tierra muriendo y en las aguas de ríos los peces desapareciendo, yo quisiera gritar que ese tal oro negro no es más que un negro veneno ya sabemos que por todo eso vivimos ya menos… Yo quisiera ser civilizado como los animales…” (Erasmo y Roberto Carlos, 1977)

Se entiende por “civilización” a los grupos de personas que, habitando un lugar a modo de población, ciudad, metrópoli o país, cuentan con todos los adelantos científicos y tecnológicos, además de ser una sociedad humana compleja con un alto nivel de organización política, social, económica y cultural, así como niveles de urbanidad y calidad de vida aceptable, comparativamente con los grupos que, debido a su marginalidad, niveles de sobrevivencia superlativos y bajo desarrollo se han quedado rezagados en el olvido del progreso o en sus usos y costumbres que conservan su identidad, valores y cosmovisión de la vida (IA).

Desde luego que la educación juega un papel importante para lograr que una población obtenga todos esos atributos; me refiero a ese proceso educativo que no solo se lleva a cabo en escuelas e instituciones formativas oficiales, sino también mediante la interacción con todos los grupos y espacios sociales, los cuales se han diversificado entre los de carácter físico, como lo son la familia y hogares, lugares de recreación y convivencia cultural, entre otros; y los de carácter virtual, como son las redes sociales, plataformas y aplicaciones cibernéticas y demás artilugios tecnológicos que han acaparado audiencia y la interacción de usuarios.

El progreso, los adelantos científicos y tecnológicos, aunados a la alucinante e impactante aparición de todos los procesos virtuales, con todo el flujo de información que el ciberespacio proporciona, como esa red que de manera infinita se extiende y que ha logrado obtener el estatus de “inteligente”, han sido los puntales para que las civilizaciones hayan mostrado adelantos y soluciones a casi todos los procesos vitales en todas las áres del desarrollo humano, proporcionando aportes a la medicina, economía, arquitectura, movilidad y transporte, comunicaciones y en general en todos los procesos en los que las personas ineractúan.

Indudablemente la civilización ha logrado un avance tal en los niveles de vida de los habitantes de esas metrópolis a grado tal que se tiene acceso al confort, acceso a recursos necesarios para la sobrevivencia, con hogares con todos sus espacios, servicios y amenidades, sitios de recreeación físicos y virtuales, automóviles con todos los atributos de seguridad; comunicaciones hasta el otro lado del mundo de manera instantánea y hasta la generación y fomento de una autoestima elevada mediante una imagen “bonita” de las personas mostrada en la pantalla de un aparato celular para que sea objeto de halagos, “likes” y hasta miles de comentarios de los seguidores de sus redes sociales.

En efecto, somos civilizados, muy civilizados, altamente civilizados; sin embargo ese tipo de civilidad, si bien es cierto ha traído inumerables apoyos y ventajas, nos ha llevado a generar una identidad fundamentada, por lo general, en valores superficiales que privilegian la obtención de ganancias personales a costa de cualquier cosa, incluso sin respetar procesos de respeto hacia los demás y de su obtención desconociendo todas las consecuencias que el gozar de todas esos adelantos causan al medio ambiente y a nuestra propia salud física y mental.

Somos tan civilizados que hemos dejado de utilizar una de las únicas características que nos separaban del reino animal, me refiero a la capacidad invaluable de pensar, crear, innovar y utilizar nuestra inteligencia para generar ideas y proyectos propios; ahora ese progreso nos ha llevado a renunciar a ello, dejando que máquinas, aplicaciones y la Inteligencia Artificial lo haga por nosotros.

Somos tan civilizados que hemos creado armas y artefactos de destrucción, con balas capaces de perforar cualquier blindaje; uso de drones a control remoto para transportar y lanzar explosivos, hasta las bombas atómicas de destrucción masiva ya aplicadas en población civil, con su evolución más mortífera con la bomba de hidrógeno; incluso armas biológicas con los mismos resultados.

Somos tan civilizados que los conflictos entre países son arreglados mediante invasiones, guerras y amenazas del uso de armas nucleares con las consecuencias hacia la tierra misma y todos los habitantes que coexistimos en ella.

Somos tan civilizados que en afán de buscar medicamentos con mayor utilidad y ampliar los beneficios y el espectro de uso en el cuerpo humano, se evolucionaron desviándolos hacia la creación y utilización de éstos como drogas sintéticas, como es el caso del fentanilo, con consecuencias catastróficas, convirtiendo a sus usuarios y consumidores en candidatos a una muerte definitiva o en vida, y a los demás en perennes espectadores del triunfo de los adelantos científicos del progreso.

Somos tan civilizados que en muchos de los casos, los conocimientos especializados de muchos profesionistas son usados para cometer delitos cibernéticos o fechorías en donde el ingenio y dominio de diversas áreas colaboran para obtener ganancias ilícitas.

Somos tan civilizados que la cultura por la conservación del medio ambiente y el contexto que nos rodea ha sido un mero discurso obligado, emitido por algunas personas y autoridades, pero que se rompe y fracasa cada vez que alguien tira una colilla de cigarro a través de la ventanilla de su auto o deja abandonada en alguna esquina o lugar desierto la basura producida en sus hogares, destinada a tapar coladeras y alcantarillas pluviales, que provocan encharcamientos o inundaciones en las ciudades.

“Observaba con interés la marcha de unas hormigas que transportaban diversos materiales, esa “carretera” tenía circulación de doble carril y lo hacían en orden, colaborando cada una de ellas para el bienestar de su colonia y me fue imposible el no pensar que me gustaría ser civilizado como los animales”

Urge reeducar y reaprender, tomar el control que se ha perdido o delegado al progreso y su artificialidad, retomar el sentido de vida que cada ser vivo tiene al cohabitar este planeta; sentido de vida que, por cierto, los animales no lo han perdido. 

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