El apoyo psicosocial es un conjunto de acciones y recursos destinados a promover el bienestar emocional, social y psicológico de individuos, familias y comunidades, especialmente en situaciones de crisis o vulnerabilidad (IA).
Comencemos con una consigna: todos necesitamos, en determinado momento, del apoyo psicosocial; bien sea de manera natural y espontánea al cohabitar y coexistir acompañados de un grupo de personas, compartiendo y sintiendo aceptación al pasar por todas las vivencias y experiencias que se presentan; o ese apoyo que, de manera específica, se brinda por profesionales de la salud mental.
Al afirmar que todos necesitamos de esos apoyos, se ubican indistintamente a hombres y mujeres, de todas las edades y condiciones socioeconómicas, tendencia o preferencia sexual, religiosa, política, así como de cualquier contexto y características culturales.
En esta ocasión me referiré específicamente a los adolescentes y jóvenes, puesto que han sufrido la estigmatización teórica y cultural de todas las características que de acuerdo con la edad cronológica que presenten deben poseer, mostrar y aplicar en los contextos sociales en donde interactúen; de tal manera que, de manera general, se ha caracterizado a los adolescentes como aquellos que necesitan mayor apoyo psicosocial a diferencia de los jóvenes, llegando casi a asegurar que estos últimos ya muestran un control mayor o total de sus conductas, acciones y de sus emociones; ya se autorregulan y en general tienen un mayor equilibrio psicosocial, lo que hace que se descuide el apoyo hacia ellos.
La adolescencia está catalogada por la Organización Mundial de la Salud entre los 10 a 18 años y se ha enunciado teóricamente que están en búsqueda de lo que adolecen y que es precisamente su personalidad, fabricando su forma ser y de actuar, lenguajes y acciones, gustos y preferencias y que, de manera general, están en su constante exploración y construcción, llenos de una natural rebeldía e inconformidad ante todas las características sociales y culturales que se presentan y a las cuales los sistemas educativos formales y no formales intentan introducirles e imponerles su dinámica.
Ellos, por esa inercia de comenzar a alejarse paulatinamente de los terrenos del hogar y pisar otros que se encuentran en cada esquina, escuela o espacio virtual, necesitan de manera específica y personalizada ese acompañamiento, dada su condición de vulnerabilidad mental y su fácil predisposición a recibir influencias de todo tipo.
Para los segundos, los jóvenes, tal parece que la teoría los condena, puesto que se menciona que después de los 18 años, aparte de adquirir una personalidad jurídica, tienen ya dominio y consciencia de sus actos, además de haber desarrollado herramientas sociales y emocionales que les permiten mostrar un criterio propio, mantener una estima equilibrada y, sobre todo, tener la mayoría o todas sus herramientas psicosociales instauradas y en perfecto estado; propiciando el elegir actuar conforme a reglas y valores establecidos.
Establecidas estas diferencias, tal pareciera que “automáticamente” de un día para otro, se deben aplicar y cumplir al pie de la letra en todas y cada una de las personas, como si fuera una maquinaria o computadora a la cual se inserta un programa, actualización o mejora de sus componentes y que al apachurrar un botón se activan sin fallas ni contratiempos.
El simple hecho de llegar a pensar que las normas, características, usos y costumbres de los muchachos se llegaran a contemplar y cumplir con tal exactitud carece de un sentido práctico y desfasado de lo que realmente viven; desde luego que las distintas realidades por las que transitan nuestros adolescentes y jóvenes son, en primera instancia muy diferentes en macro, meso y micro contexto, es decir, desde una generalidad social, un grupo familiar o escolar y en cada individuo y sus particularidades; además, se debe considerar el movimiento y vertiginoso cambio con el que ocurren los hechos sociales y culturales, provocando en breve tiempo la modificación o caducidad de diversos procesos y la aparición novedosa de otros más y, en medio de estos cambios, están todos ellos.
Ya en algunas comunidades y ciudades los roles y acciones preestablecidas para adolescentes y jóvenes se han perdido, sobre todo ante el desarrollo laboral, social y cultural que en esa región se establezca, llegando a efectuar trabajos y funciones confinadas a los adultos desde edades tempranas y en otros casos, reacciones meramente sin criterio lógico y fuera de toda realidad en muchachos de edades mayores.
Aunado a lo anterior, la dinámica y extraordinaria velocidad a la que se transita por todas las autopistas y senderos virtuales que proporciona el internet, así como todas las plataformas, aplicaciones y redes sociales, han llegado a instaurar ideas, ejemplos en toma de decisiones, conocimientos, costumbres, retos y toda una oleada informativa que, rebasando a escuelas y familias, muestran cual clase magistral, lecciones efectivas de lo que puede hacer o decidir un muchacho, independientemente de su edad.
La importancia que el apoyo psicosocial brinda, se ve reflejada sobre todo al tener una mejor toma de decisiones ante las diversas situaciones y experiencias por las que, sin duda, se van a presentar y que llegado el momento, la familia y la escuela no estarán presentes, como el asumir o no el consumir sustancias nocivas, desde las legales como son el tabaco y el alcohol, hasta las que provocan daños mortales; el unirse a grupos delincuenciales, el ejecutar actos desleales, corruptos y malintencionados; y así, una lista enorme de actividades y acciones hasta las de carácter autodestructivo al atentar contra su propia vida.
El apoyo psicosocial que se debe brindar a adolescentes y jóvenes, no debe establecer marcadas diferencias entre una y otra etapa del crecimiento; deben ser acciones preventivas, constantes y, necesariamente, adaptar un modelo de seguimiento personalizado que ayude a proporcionar, reforzar o encontrar canales de escucha activa; todo lo anterior no solamente desde los espacios escolares sino desde los diferentes grupos sociales encabezados por las familias, amigos y redes sociales.
Un necesario inicio para extender el apoyo psicosocial a jóvenes y adolescentes sería: Nunca se debe dejar sola a una persona con la mínima sospecha de baja estima o en situación de exclusión social; si no se puede acompañar con la presencia física, un simple mensaje de texto que le recuerde que existe, bastaría para influir proactivamente en una decisión mal tomada, incluida la puerta falsa del suicidio.
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