Comencemos con la pregunta del título del presente artículo: ¿Es un problema el uso del teléfono celular en un aula de clases?
La respuesta es sencilla y directa: ¡desde luego que lo es! Y lo es, porque así lo hemos creado, ubicado y declarado; sin embargo, tenemos que “tejer más fino” esta problemática debido a su complejidad, entendimiento y posterior aplicación de acciones con mayor y mejor probabilidad de éxito.
Queda claro que toda innovación, cambio o adecuación tecnológica que suplante a las ya existentes e introducida en la vida cotidiana de la sociedad, aún y cuando se haya hecho para la mejora de sus condiciones de coexistencia, lleva consigo una pérdida y una ganancia; para este caso, con el uso de un teclado y pantalla, se modifican las formas manuscritas, quedando obsoletos lápices y lapiceros, libretas, coordinación motriz fina y propiciando afectaciones en la visión y en partes de la mano y dedos.
Por principio de cuentas y guardando toda distancia, proporción y solamente como ejemplo comparativo, tendríamos que aclarar que este problema no es en sí por el aparato celular sino por la responsabilidad de quien lo usa, tal cual pasa con el problema de la contaminación mundial por plásticos y sus micropartículas, puesto que existen ambientalistas que culpan al avance del progreso y sus creadores por haber concebido y logrado fabricar todos los productos con ese origen y derivados, estando de por medio el uso que el humano les da; incluso, creando normas que prohíben su aplicación comercial, como si por el simple hecho de crear un “muro legal” se pudiera arreglar el problema ecológico.
De manera similar ocurre al considerar que una prohibición normativa establecida para el uso de estos aparatos de telefonía celular en aulas escolares tendrá la pertinencia y suficiente solidez para crear un muro legal que sea capaz de detener todo el “tsunami virtual” generado en los últimos años, porque de acuerdo con INEGI: “el 84.6% de la población de 6 años y más, aproximadamente 103.2 millones de personas, utiliza teléfono celular; estamos hablando no simplemente de una prohibición, sino de la confrontación entre lo legal y lo cultural, es decir, entre prohibir o utilizar a favor de la educación.
Por otro lado, el problema declarado ante al uso de estos aparatos dentro de aulas escolares y durante las sesiones de clase tiene, desde mi punto de vista, una deficiente ubicación y definición, culpando con una norma directamente al celular y no al uso que se hace de éste; además, habría que diferenciar si la problemática consiste solamente en la distracción que su uso provoca y la desatención hacia los profesores; si este fuera el centro de la problemática, el prohibirlos totalmente solo atraería un reto para la creación de nuevos aparatos en anteojos, relojes y auriculares o aprovechando que el docente se descuide para echar “una ojeada al cel”; se estaría perdiendo, en los lugares en donde existiera las condiciones necesarias, el utilizar didácticamente el aparato destinando espacio, cual si fuera una materia, a la búsqueda de datos por internet o actividades interactivas, combinado con elementos manuscritos y otras actividades que la misma clase vaya necesitando, es decir, integrar en lugar de negar.
De hecho existen ya muchos profesores que se han ocupado de propiciar estas dinámicas de integración tecnológica a las acciones áulicas y lo hacen sin la necesidad de prohibir totalmente los teléfonos; en cuanto a los padres de familia, no es totalmente confiable el que se les encueste acerca del uso del aparato telefónico en el salón de clases, puesto que ellos no están presentes en el lugar; sin embargo, su opinión y apoyo, es totalmente valioso, puesto que lo viven todos los días y a todas horas en sus hogares, por lo que la formación que den a sus hijos al respecto del uso benéfico que se haga del celular resulta fundamental, porque de esta manera, llegarían a la escuela dispuestos a usarlo en actividades de aprendizaje.
Incluso los propios padres de familia, maestros y en general todos los trabajadores de cualquier área, no solo en las aulas de clase, viven este fenómeno y se está laborando y hasta manejando un automóvil literalmente con un teléfono en la mano; en lo que respecta a los alumnos, apenas salgan de la escuela o escondidos bajo las sábanas y de madrugada estarán circulando a toda velocidad por las autopistas virtuales para recuperar el tiempo perdido.
Si, por el contrario, la problemática fuera la influencia que los contenidos difundidos por redes sociales “inyectan” en las mentes, conductas y acciones que los internautas aprenden, copian y mejoran, bien sean contenidos nocivos o no, afectando sus estilos de vida, hablamos de una problemática diferente y, para ello, ya algunos países han tomado cartas en el asunto, como el caso de Australia con la prohibición que legalmente hizo de participar en redes sociales a menores de edad.
Es un hecho que esta visión del problema es fundamental por las repercusiones que, para la salud mental de niños, adolescentes, jóvenes y hasta para adultos tiene, a grado tal que cada publicación, reel, o historia “subida” a las redes sociales son verdaderas lecciones magistrales de vida, tomadas en cuenta para ser aprendidas y repetidas o, por lo menos, inseminadas como parte de las ideas a desarrollar y cumplir por cada miembro de las comunidades digitales.
Al inicio mencioné que habría que “tejer más fino” esta problemática, dada la complejidad que resulta una intervención para corregir este proceso; por una parte se tiene que reconocer que las iniciativas normativas y legales para su prohibición implica el no quedarse inmóvil y ejecutar acciones correctivas al respecto; pero por otro lado la historia social y cultural nos ha enseñado que las normas o solo son duraderas mientras se encuentra la manera de quebrantarlas o simplemente son un reto para encontrar un resquicio técnico, legal o no, para seguir desarrollando y mejorando las mismas acciones, por lo que tarde que temprano tanto los alumnos como los maestros y padres de familia, sumados al “tsunami virtual” terminarán derribando y atravesando el “muro legal”.
Por otro lado, es cierto que no todos los contenidos existentes en el plano virtual son malos o nocivos, por lo que si la prohibición del teléfono celular en las aulas es un hecho consumado, se estará desperdiciando una de las utilidades importantes que este aparato puede aportar para una valiosa educación integral; a la par, la problemática que ahora se genera es cómo llevar a cabo esa norma o ley, remitiendo a docentes y padres de familia a ser simples custodios del no uso del aparato celular.
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