Familia y escuela Capítulo 6: Con, sin y a pesar de nosotros

Ya en repetidas ocasiones hemos hablado de la importancia que tiene para la educación, sobre todo para le de tipo integral, el binomio escuela – familia, además de distinguir con ello la educación formal de la no formal; sin embargo, aún con todo y los fenómenos de enseñanza y de aprendizaje que se generan en los dos ámbitos, existe un elemento del cual poco se hace referencia: el aprendizaje informal o espontáneo.

Las diferencias entre los primeros dos tipos educativos y este último, son múltiples y abordadas desde de diversas disciplinas; en este caso, hago énfasis en la intencionalidad, dado que la informalidad carece totalmente de ella, no existe un objetivo fijo o definido; se enseña y se aprende de manera totalmente insospechada, en contacto con la naturaleza y sociedad e inmerso en su cultura (Nassif, 1987).

Ante la aparición de conocimientos en los individuos que, al reflexionarlo, no se tiene conciencia de cómo se estaban apropiando y practicando y teniendo una idea vaga o nula de la forma, lugar, con quién y cuándo se adquirieron; entonces, casi se podría afirmar que ocurrió por “generación espontánea” 

Las explicaciones científico históricas sobre los fenómenos generadores de vida espontánea aparecieron desde el siglo IV a.c.; estas afirmaciones, aún con todo y su carácter paradigmático, fueron desmitificadas por diversos personajes como Pasteur (1850), Gaylord (1964), Moe (2011), sólo por mencionar algunos; sea en un laboratorio o en la naturaleza, la vida proviene de la vida.

Guardando toda proporción, algo muy similar ocurre con la educación informal o espontánea, los conocimientos, las enseñanzas no se generan “de la nada”, provienen al ser integrante de un grupo social, con su interacción y procesos de endoculturación (Harris, 2004), en donde muchos de los conocimientos, costumbres, hábitos y conductas se adquieren de forma inconsciente.

En la educación formal, programas educativos van y vienen, formas de evaluación locales y estandarizadas, estrategias didácticas, contenidos y aprendizajes clave, cursos para docentes y mejoras estructurales a las escuelas; incluso, ya en algunos lugares pasaron de largo las “aulas inteligentes”, pero  la importancia que tiene la educación no formal, con las familias (entre otros actores) y la educación informal con todos los conocimientos espontáneos que se generan, apenas se inicia o ni siquiera han estado en la agenda de la discusión educativa.

En las aulas de clase, en los hogares y en el contexto social ocurren fenómenos educativos, muchas de las veces ni siquiera esperados, mucho menos planeados y en la mayoría de las ocasiones sorprendentes; y todos ellos, revisten tal valor para la formación de un individuo que resulta más que claro que la educación formal no se entendería sin ellos y que en muchas de las ocasiones conforman una parte en la persona que no ofrece la institución escolar.

… ese día la madre de familia llevaba a sus dos hijos a la escuela, ambos cursan el nivel preescolar. Siempre estuvo orgullosa del primero de ellos, lo caracterizaba como inteligente, obediente y el mejor en todo; el otro, para ella era justamente lo contrario, era su “dolor de cabeza”, no obedecía y siempre le había causado problemas por lo inquieto, porque siempre cuestionaba, quería tocar y manipular muchos o todos los objetos que veía; cantaba, corría, brincaba y hablaba aun cuando se le prohibiera; incluso, la mamá había sugerido a la educadora que lo etiquetara como niño problema o con hiperactividad.

Ese día, después de dejar en su salón al niño del cual se sentía orgullosa, continuó a dejar a “Raulito”, siempre con el temor que se le fuera a dar indicaciones o quejas por el comportamiento de él, como ya había ocurrido el año anterior; sin embargo, no contaba con la capacidad de la maestra, quien con un enfoque totalmente integral, había logrado ganarse la confianza del niño, quien al ser tratado en un ámbito personalizado, se sabía y sentía escuchado y comprendido.

…Maestra, ¡aquí le dejo a éste!, ¡a ver si no se le porta mal!  Y ya sabe, tiene mi permiso para que lo corrija de la forma que usted considere… le dijo la mamá. “Raulito” se agachaba y tal parecía que no se molestaba por lo que su madre recomendaba para él, incluso parecía ya acostumbrado a ese tipo de comentarios o bien, parecía paciente, tolerante y hasta indiferente.

Apenas se retiró la mamá, levantó su rostro y miró de frente a su maestra y ésta lo abrazó, sin hacer más comentarios, como signo de comprensión mutua y señal de comunicación que expresaba que ahí estaba seguro, comprendido y valorado de forma diferente.

La sesión de ese día transcurrió con normalidad, hasta que llegó la hora del recreo; después de pedir a sus alumnos que salieran a los patios y jardines, la educadora se enfiló para situarse en el área que le correspondía vigilar, como se acostumbraba en esa escuela para salvaguardar la integridad de los niños durante ese lapso; pero al observar detenidamente, no localizaba a “Raulito”, se desplazó y alcanzó a ver cómo el niño asomaba la cabeza desde la puerta del salón de clases y al verla, le hizo una seña con su mano, indicándole que fuera.

Intrigada, se enfiló hacia el salón, cuando llegó, ya él estaba esperándola en el interior y al tenerla enfrente le pidió que se inclinara para decirle algo al oído y de manera pausada y serena, le dijo: …tengo un secreto, los ojos del niño se abrieron en mayor medida al ver cómo su maestra ponía rostro de gran sorpresa e incertidumbre.

En efecto, ella estaba azorada y con un cúmulo de situaciones e interrogantes que pasaban, agolpadas por su mente en un instante. ¿Sufría maltrato?, ¿abuso?, ¿a qué se refería al decirle: secreto?

Sin esperar más, el niño le dijo nuevamente: tengo un secreto… y continuó: …se leer y escribir; el semblante de la maestra cambió de preocupación a interrogante, por lo que al advertirlo, “Raulito” le confirmó: …si, sé leer y escribir, ¿quieres ver?, ella se enfiló hacia el rincón de lectura, tomó un libro,  se lo dio y asombrosamente, comenzó a leer; después, le dio una hoja y lápiz le dictó un párrafo y, asombrosamente, comenzó a escribir. Ese era su secreto.

Cómo, en dónde, de qué manera aprendió a leer y escribir; con nuestra intervención, sin ella y a pesar de nosotros, la educación informal y espontánea se manifiesta.

No somos dueños de la educación, creemos serlo, pero estamos muy distantes de ello. En esta obra de teatro inconclusa, somos sus libres actores, creamos rutas y senderos, posibilidades y límites y a veces creemos que enseñar los contenidos de un programa o el poner reglas claras e inflexibles como padres de familia, es suficiente para generar individuos críticos y exitosos; y a veces acertamos, pero a veces no es suficiente.

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