Familia y escuela Capítulo 8: Utopía

¿Qué cosa hizo Tomás Moro, hace ya más de 500 años, para describir ese “mundo de ensueño” y con ello provocar la generación de un concepto que perfila lo imposible y al mismo tiempo una visión de futuro?

Es muy probable que durante la crítica social que hacía, nunca llegó a imaginar que, en la narrativa de ese mundo tan irreal (Utopía: “no lugar” “no existe”), estaba sembrando al menos dos semillas que germinarían hasta dar frutos abundantes, tanto que, esas semillas al volver a ser sembradas de manera constante, han llegado fructíferamente hasta nuestros tiempos.

La primer semilla, sin duda permitió que muchas personas plantearan situaciones que, aunque muy bonitas y casi perfectas, fueran el motivo para adjetivarlas como: utópicas, refiriéndose a ser irrealizables e imposibles de lograr: “embarazo utópico” “enamoramiento utópico” “proyecto utópico” “gobierno utópico” y muchas formas de aplicación más.

En este primer uso del término, persiste una visión de frustración y negación “a priori” que nos lleva a detenernos y no seguir avanzando, incluso en no iniciar una acción, programa, proyecto o plan de vida, si se le considera así, porque se cree que nunca se va a lograr y será un fracaso.

Por otro lado, la segunda semilla, tiene un carácter más profundo y totalmente incluída en una formación y educación integral. Me refiero a la Visión de Futuro, al “de-venir” y al “por-venir”, no necesariamente dentro de algunos años, sino a partir del “hoy mismo”.

Muy propio de países en vías de desarrollo, tenemos en muchos de sus habitantes, una forma de plan de vida “al día”; es decir, no hay programación de rutas posibles y diferentes a las ya establecidas, de objetivos a lograr, de actividades que se planeen y se implementen; de plantear un futuro desde nuestra propia perspectiva y contexto.

Esta forma de vida, está “arrastrada” por la cotidianidad y lo vertiginoso del día a día: se respira, porque se tiene pulmones; se come, porque se tiene hambre; se vive, porque no se está muerto; se asiste a la escuela, porque así lo dictan las reglas sociales; se duerme, porque se tiene sueño. No existe direccionalidad ni la intención del para qué de los actos.

Gran tarea de la educación integral; de maestros, padres de familia, medios de comunicación y redes sociales, el generar en nuestros jóvenes, hijos, alumnos y hasta en nosotros mismos, el sentido de vida; de fomentar el que de cada acción que se lleve a cabo, se tenga conciencia del “para qué”, del “para dónde” y del “cómo”; de generar caminos y rutas posibles.

Diría Facundo Cabral: “…me gusta andar, pero no sigo el camino, lo seguro ya no tiene misterio…”

Para lo anterior, se debe sembrar en ellos y en nosotros, esa segunda semilla cargada de utopía, esa forma de levantarse y plantearse un objetivo, una meta, una tarea a realizar, una ruta por continuar y muchas cosas por descubrir; y todo ello, sin hacerle caso a esa primer semilla cargada de frustración.

La utopía, no solo sirve para describir y buscar cosas agradables, hermosas e interesantes, tanto que llegan a ser tachadas de imposibles; en su otro sentido, lo utópico es el “motor de vida” aquel que genera la esperanza, la energía que moviliza a cada persona en pos de buscar y lograr lo que se ha propuesto; con la gran diferencia que si en ese intento no se tuvo éxito, no es frustrante ni sinónimo de fracaso.

¿Para qué sirve la utopía?

Fernando Birri: “La utopía está en el horizonte… Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos, y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

En efecto, es ese impulso que nos lanza a vivir todos los días; y como tal, tenemos que apreciar su valor y la insoslayable importancia que tiene para cada ser humano.

En educación integral, el tener y fomentar esta forma de vida, está compuesta de varias actitudes y habilidades: tenacidad, persistencia, iniciativa, innovación; el caerse y volverse a levantar, el intentar y volverlo a intentar, el soñar con mundos posibles y perseguir ese sueño.

Se agradece una educación así, no solo con programas y contenidos claves, sino con elementos inherentes al ser humano; ese ser que tiene derecho a sentir y discentir, a intentar y equivocarse, a seguir caminos virtuosos y descubrir otros más; diría Zemelman: a buscar su propio horizonte de la razón.

La utopía es una invitación, pero también es ya una invariante que debe ocupar los espacios de toda educación que se precie de ser integral.

NOTA: Con enorme aprecio y reconocimiento para MI maestro: Dr. Hugo Zemelman Merino (QEPD) 

Comentarios: gibarra@uaslp.mx