“Lo que se mide se puede mejorar” menciona la frase representativa del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social en México (CONEVAL); desde luego que dicha frase cuenta con un sentido totalmente inclusivo y proactivo, al plantear que al evaluar, examinar, medir o ponderar una situación o proceso, se hace para ubicar las formas en que se puede apoyarlo y mejorarlo.
En relación con la salud, una evaluación o examen médico, sirve para ubicar el estatus de la persona y los resultados son usados para plantear líneas de acción o tratamientos tendientes a mejorarla; como es el caso de un examen sanguíneo o un examen de la vista.
Una evaluación, planteada como sistema de calidad en las empresas, tiene el objetivo de analizar el funcionamiento de sus procesos, para optimizarlos mediante la detección de áreas de oportunidad y la implementación de líneas de acción con mayor eficiencia y eficacia.
Una evaluación de la dinámica familiar, es usada por profesionales para determinar el grado de comunicación, afecto, apoyo y cumplimiento de sus funciones; los resultados, detectan elementos o áreas de disfunción que sirven para planear las dinámicas y formas de ayuda para su operación y desarrollo óptimo.
Como se puede apreciar, en los casos mencionados, en ninguno de ellos la evaluación o exámenes aplicados han servido para excluir o para definitivamente dar por terminado sus procesos y mucho menos, evitar el apoyo o las acciones para su mejora; entonces: ¿qué ha ocurrido con los aplicados en la educación?
Hablar de la evaluación educativa y sobre todo, de uno de sus instrumentos preferidos, como es el examen, ha adquirido un sentido totalmente diferente al original; en su gran mayoría, se ha caracterizado por ser excluyente y definitorio, al finalizar o negar la continuación de procesos importantes en la vida de las personas.
Varios teóricos han afirmado que el examen, en su origen, tenía una función solamente diagnóstica, en donde a quien se le aplicaba servía únicamente para detectar los conocimientos y áreas que desconocía, para proceder entonces, a estudiar y aprender lo detectado; pero nunca, como medio para afirmar que estuviera aprobado o reprobado.
Al paso del tiempo, ese significado original se fue desvirtuando, siendo empleado, por ejemplo, para definir quién ingresa a una escuela de algún nivel educativo o a un puesto laboral; es de entenderse entonces, que de su resultado se desprende el futuro académico o económico de las personas.
Además, no solo se tiene en juego su futuro, sino lo que esa situación provoca en ellos; me refiero al impacto psicológico de estrés, angustia y de autoestima que se genera.
Por ejemplo, en estudiantes al estar en espera del resultado del examen de ingreso a un nivel superior, en el cual al ser publicado éste, se buscan afanosamente y si logran encontrarse, después de haber revisado la lista una y otra vez, surge la euforia y relajación; por el contrario, aparecen la frustración, el desencanto y la desvalorización, al sentir el rechazo y la exclusión.
Para algunos, ante la escasez de recursos, esto será el final del proceso y por no haber aprobado ese filtro, no continúan sus estudios y pasan a engrosar las filas de empleos, incluso diferentes al área en donde pensaban desarrollarse, sin descontar el subempleo y el desempleo.
En estos casos, nunca se pensó en recuperarlos, empleando los resultados para la mejora de su proceso particular; en comprender que muchos de los contenidos de los exámenes de ingreso solo miden habilidades memorísticas; o que, aun habiendo una exhaustiva preparación, el nervio y el estrés de estar presentando un examen en donde se juegan su futuro, provoca que se borre todo lo aprendido; a final de cuentas, simplemente están fuera, están excluidos.
Siguiendo con el ejemplo de la educación superior, los alumnos que logran ingresar no están exentos de ser excluidos al no aprobar un examen; a pesar de que los planes de estudio están compuestos por diferentes materias, seminarios o espacios de formación; en donde todos ellos son importantes, aun así, por solo un examen que no aprueben en todas las opciones que las instituciones ofrecen, tan solo por ello deben dejar toda la carrera; simplemente están fuera, están excluidos.
Existen ejemplos de instituciones de educación superior en donde el examen no es el obstáculo para el ingreso ni para su permanencia; con un criterio inclusivo, se admite a todas las personas, de acuerdo con la capacidad de admisión que ofrezca y no permiten que “un papel” determine su continuidad, dado que evalúan con el trabajo diario.
Han sido tantos los esfuerzos promovidos desde diferentes niveles, espacios, personas, grupos e instituciones por lograr una cultura de la inclusión, que en verdad extraña que exista una visión tan tajante con respecto a la educación.
La educación misma, desde su orientación y principios filosóficos, pregona y hace alarde de una visión de la inclusión en diferentes aspectos: social, de género, cultural y más; sin embargo, el uso del examen con el sentido que se ha explicado, niega esos principios.
Evaluar y aplicar exámenes para mejorar a la persona, no para excluirla.
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