Haber transitado por todo un lapso de tiempo, en donde se sucedieron toda serie de experiencias y acontecimientos; con resultados y consecuencias positivas o no, con logros y retrocesos, con trayectos felices y agradables y otros tediosos y largos; implica haber cumplido con un ciclo.
De la misma forma, el haber terminado el último mes del año, la última materia de un curso, la última estancia en algún lugar; incluso, el último hálito de vida, lo estaremos cumpliendo y concluyendo.
Sin embargo, hay diferentes formas y maneras de iniciarlo, transitarlo y culminarlo; es aquí en donde se establece la diferencia entre “ciclos” y “bucles”.
Por “ciclo” se entiende todo el proceso que se sigue de acuerdo con una serie de pasos preestablecidos, siguiendo el mismo camino y esperando obtener siempre los mismos resultados; es llegar invariablemente al mismo lugar, sin posibilidad alguna de descubrir nuevos trayectos u horizontes, ni atajos o probabilidades para arribar a lugares diferentes.
El que un ciclo se cumpla, implica para muchos, el éxito de la misión y el haber llevado y terminado alguna actividad de manera satisfactoria y acorde como se planeó, para volver a reiniciarla de forma inmediata y consecutiva; resulta entonces, una acción altamente valorada en sociedad.
En esa perspectiva, para hablar de ciclos, bien pudiéramos estar refiriéndonos a objetos y a sus procesos, por ejemplo: los ciclos de lavado, los ciclos de algún motor o aparato electrodoméstico, los cuales si no se cumplen, se infiere una falla o descompostura; sin embargo, hablamos de personas, de ciclos en seres falibles y no mecánicos.
Por su parte, el hablar de bucles, también llamados “resortes”, implica seguir pasos y objetivos, pero el fin no siempre es llegar por el mismo camino al mismo lugar, sino a un estado superior, en donde al pasar por donde un ciclo determinaría, lo hacemos más arriba de lo esperado; nos encontramos en un nivel de evolución avanzando, experimentando y descubriendo nuevas cosas, rutas y trayectos, todos ellos inesperados; y cada vez que pasemos por “el mismo lugar” lo haremos en una situación más elevada que la anterior.
Además, la intención de determinar a un bucle como “resorte”, no solo es la evolución en el trayecto, sino con un impulso y fuerza mayor; es decir, cada vez que se llega a un punto de partida, la reacción obtenida para el siguiente camino está potenciada y con una inercia de determinación a continuar con su avance y evolución.
Uno de los ejemplos que se pueden mencionar para diferenciar al “ciclo” del “bucle”, sin duda es la comparación entre el “crecimiento” y el “desarrollo”, en donde el primero alude a elementos cuantitativos, acumulables objetiva y materialmente; en tanto que el segundo, se refiere no solo a lo material, sino también a los elementos cualitativos que lo conforman.
Hablando de la educación recibida en hogares, escuelas y de los elementos del contexto social que nos rodea, resulta muy claro el distinguir ambos trayectos; educar o ser educado con una perspectiva cíclica, implica acumular saberes predeterminados en tiempo y espacio, mediados por la cultura y las costumbres de la región que se habita.
En una formación familiar, se vería representado por reproducir sus costumbres y dinámicas; en muchos casos incluido la reproducción de roles de género y hasta laborales; papás maestros, abogados o comerciantes y sus hijos con el mismo trabajo.
Desde luego que esta reproducción, no es necesariamente negativa, solamente que es un claro ejemplo de un ciclo de vida familiar, en el cual se parte del mismo lugar para llegar al mismo sitio; quedan fuera otras expectativas de desarrollo de sus integrantes, los cuales, tuvieron que reprimir sus impulsos de ir por otro camino.
Los ciclos escolares, determinados por tiempo y contenidos de un programa de estudios, ratifican la misma situación; un grupo de alumnos conducidos por alguien que los guía a seguir siempre el mismo camino, con los mismos pasos y al mismo ritmo y velocidad; el objetivo es llegar siempre al mismo lugar, acreditándolo con un número y un certificado; hasta que llega el nuevo grupo a seguir invariablemente el mismo trayecto.
No cabe duda que por eso, muchos alumnos y hasta maestros y padres de familia consideran tremendamente aburrido y tedioso el asistir a la escuela.
Percibir y ejecutar el acto educativo como un “bucle” o “resorte” implicaría el no solo cumplir con conocimientos, sin duda necesarios, pero además con elementos de igual o en ocasiones de mayor importancia, reconociendo las particularidades y especificidades de cada persona, en el contexto en que se desenvuelve.
Parte de este enfoque, lleva a crear las condiciones necesarias para mantenerlos siempre alertas y constantemente sorprendidos; presentarles retos y dilemas que movilicen sus sentidos y su innata curiosidad, de forma tal que, previo al ir a una escuela, desde que se encuentran en sus casas estén preguntándose: ¿con qué me va a sorprender hoy?
Es el impulsarlos con la fuerza de un resorte, de manera decidida y comprometida hacia la búsqueda y exploración de sus propios horizontes; que reconozcan sus limitaciones y posibilidades, sus aciertos y sus errores y que cada vez que lleguen al punto de partida, aprecien que han dejado de ser los mismos.
En este periodo de tiempo que ha transcurrido a lo largo de 365 días, han ocurrido sorpresas, eventos polarizados entre la tristeza y la alegría, culminación de estudios de manera virtual, personas entrañables y muy queridas que ya no se encuentran con nosotros y otros elementos que se constituyen en aprendizajes notables; los cuales depende de cada uno de nosotros si los apropiamos por la vía del “ciclo” o del “bucle”.
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