Últimamente me parece que solo escribo cuando no estoy escribiendo, para luego al llegar a la página en blanco, olvidar todo aquello que mi mente elaboró. No hay marcha atrás que me devuelva mis conversaciones a solas y en silencio resueltas mientras me muevo en la rutina de un día cualquiera. A veces regresan como la espuma que sueltan las olas, pequeñas ráfagas que traen recuerdos de dichas disertaciones: que si la diversidad y la tolerancia, que si el nuevo “”parenting o que si la navidad pesa y a la vez llena de energía estos días que, de fríos, dan ganas de entrar en huelga de las duchas y las salidas al supermercado.
Y luego confundo ese flujo de memorias inmediatas con recuerdos de sueños que en su momento parecieron imperdibles pero una vez que la luz del sol inunda las estancias, se borran como quien no ha soñado absolutamente nada. Y aquí estamos frente a los renglones invisibles pidiendo se llenados de algo que deje una suave huella para el día que está por comenzar. Así que vamos apurándonos.
De prisa pienso y repienso en la gente que se ha ido: los amigos y los familiares, los famosos de la localidad y la gente de edad que escogió este año para que fuera su último. Y sin tristeza los repaso como si los viera de nuevo, con su gesto marcado en las cejas o la sonrisa sin sonido, una señal de alegría que sin emitir sonido alguno se dejaba sentir, aun ahora cuando hace meses que se convirtió en el polvo arenoso que llena pequeñas urnas.
Pienso en los cumpleañeros de este mes -tan ingrato para que los festejen y los regalen- y que frecuentemente o pasan desapercibidos o el regalo se confunde con la Nochebuena, eclipsando la fecha de nacimiento de muchos que en lugar de “mañanitas” reciben el cántico de los peregrinos y los “dále-dále-dále” de las piñatas y las posadas.
Así hasta llegar al 24 y al 31: dos días para los que nos preparamos con especial cuidado planeando los menús la música, la decoración y así hasta el nivel de sofisticación de cada quien. Pareciera tan inútil por efímero, pero con el paso de los días la satisfacción de los encuentros y la cercanía nos dejan un sabor muy similar al ponche de las fiestas. Un dulce recuerdo de la convivencia, la conversación, el perdón y el acompañamiento que por naturaleza nos prodigamos entre los miembros de un mismo clan.
Yo espero que la mayoría haya tenido esa misma sensación de paz que me ha dejado lo que va de este mes tan paradójico por su materialismo, pero sobre todo por ser la gran oportunidad de sentarnos juntos a la mesa, jugar, reír y desearnos lo mejor unos a otros.
Deseo para todos, que su cierre de año sea como cada quien lo imagine y lo diseñe y que todo este ambiente, sea el clima perfecto para razonar por el futuro de nuestro país y de nuestro papel como ciudadanos responsables, de esos que no quieren vivir de las pensiones sino de los privilegios de su propio esfuerzo y de los derechos que por nuestras aportaciones debemos de recibir cada uno de nosotros.
¡Felices Fiestas!