Festejos

Hay imágenes que se quedan grabadas en la mente: el Ángel de la Independencia convertido en un mar verde, Reforma llena hasta donde alcanza la vista. El Zócalo de la Ciudad de México, la Plaza del Carmen y el estadio Libertad Financiera que vibran con miles de voces que gritan al mismo tiempo ¡Goooool!. Son postales que alegran, que dan orgullo, que nos hacen pensar: “caray, cuando queremos, sí sabemos estar juntos”.

La fiesta del futbol tiene algo profundamente sanador para una sociedad ahogada en sus problemas personales. Entre malas noticias de enfermedades y ahogo económico, discusiones políticas que dividen, de repente la selección de futbol gana y la gente sale a la calle, se abraza con desconocidos, comparte risas, bailes, porras. Por unas horas, todo se olvida, todo es felicidad. Que la gente celebre está bien. Pero no es válido que se suban a los automóviles, que haya riñas entre ellos después de un consumo excesivo de alcohol y otras sustancias.

Que las familias lleven a sus hijos a ver el partido en plazas públicas, que los amigos se citen en glorietas, que se armen caravanas de coches y motos con banderas y claxon, todo eso habla de un país que todavía tiene ganas de encontrarse, de mirarse a la cara y decir: “hoy sí estamos felices”. El problema aparece cuando la emoción se desborda, cuando la marea humana se vuelve tan compacta que respirar ya no es tan sencillo, cuando la fiesta se convierte en riesgo y alguien no regresa a casa y eso pasó. Tres personas murieron en medio de los festejos, en el mismo lugar donde se celebraba la victoria, justo en el espacio que debería ser sinónimo de alegría compartida.

No basta con decir “fue un accidente” y seguir adelante como si nada hubiera pasado. Cuando se convocan o se permiten concentraciones masivas, la pregunta no puede quedarse solo en cuántas personas asistieron, cuántas banderas se vieron o qué tan impresionantes se ven los videos desde el cielo. La pregunta de fondo es mucho más simple y mucho más seria: ¿se cuidó el patrimonio de los negocios cercanos a los lugares de festejos? ¿se cuidó la vida de quienes fueron a celebrar?

Nos encanta repetir que el espacio público es de todos. Que las calles son el lugar natural de la protesta y de la fiesta, de la marcha y del concierto, del mitin y del festejo deportivo. Pero muy pocas veces hablamos con la misma fuerza de la responsabilidad que eso implica: diseñar accesos, prever salidas, evitar embudos, pensar en el detalle incómodo de que los cuerpos se cansan, se sofocan. No se trata de apagar la fiesta ni de pedirle a la gente que se quede en casa, mirando los partidos de futbol en silencio. Se trata de reconocer que la pasión no nos exime de cuidar la seguridad de todas y todos.

Que el “así somos los mexicanos, bien apasionados” no puede servir de excusa para normalizar tragedias que se pudieron prevenir con mejores protocolos, con más personal de apoyo, con decisiones logísticas pensadas antes de que el Ángel y otros espacios públicos de todo el país se llenen hasta el tope. El futbol, para bien y para mal, nos cuenta mucho de quiénes somos. Nos muestra el lado positivo de la sociedad, de los gritos compartidos, del orgullo que se reparte en cada abrazo tras el gol.

Pero también revela las grietas: nuestra dificultad para hablar de cuidado colectivo, la costumbre de dejar la seguridad en segundo plano, la tentación de mirar solo la foto bonita y olvidar la historia que hay detrás. La selección seguirá jugando. Ojalá gane a Inglaterra el próximo domingo. Ojalá el país tenga muchas más noches de alegría, más plazas llenas, más niños con la playera puesta y la mirada encendida. Pero cada una de esas noches debería venir acompañada de una convicción clara: ningún festejo vale una vida y la pérdida de bienes materiales.

Celebrar sí. Salir a la calle sí. Gritar, brincar, cantar, bailar, llenar glorietas, plazas públicas y monumentos, por supuesto que sí. Pero que la próxima vez que los espacios públicos se vean de nuevo llenos de gente, que la única historia que tengamos que contar sea la del júbilo, la de la emoción, la del orgullo y no la del dolor que llega, silencioso, cuando se olvidan de cuidar a quienes la hacen posible. Que México siga llenando las calles de fiesta, pero nunca más al precio de que un gol se celebre con ausencias y pérdidas: la verdadera victoria será cuando podamos cuidar la vida con la misma pasión con la que gritamos el triunfo. Próxima colaboración: 15 de julio de 2026. 

@jszslp