Jamás me han gustado las fiestas decembrinas, pero el año pasado, algo cambió. Nuestros amigos, sabiendo que un año anterior habíamos omitido cualquier tipo de decoración navideña, se apersonaron una tarde y dando instrucciones precisas, nos acompañaron a armar el árbol, colgaron los adornos, pusieron distribuidas por toda la casa nochebuenas y aquello se convirtió en un pequeño jolgorio. Tenerlos esa tarde le dio una perspectiva distinta a la que siempre he creído, es una fiesta cursi. Ahora en ese pino, estaban ellos, cálidos y reales.
Planeamos que el año siguiente organizaríamos el mismo ritual, acompañado de vino tinto caliente y botanas varias. Se convertiría en una tradición, una navidad extraoficial, sin pompa ni ceremonia que se celebraría el fin de semana más cercano al primero de diciembre. Tras tres meses de ordinaria tranquilidad en la que no volví a dar el mínimo pensamiento a la tradición que pensábamos iniciar, comenzó la pandemia en este lado del mundo. Sólo hasta hace dos semanas que el ambiente se llenó de planes pandémicos para pasar las fiestas, recordé la intención del año anterior y no pude menos que sentir una profunda ausencia.
Cada vez que reviso los diarios, que checo redes sociales, encuentro dolor. Dos de mis amigos han perdido a ambos padres con días de diferencia a causa del Covid. No importa que seamos adultos, la orfandad súbita no distingue si se ha pasado la infancia. Mi amigo Rolando murió. Otros de mis amigos ya casi la decena, han enfermado pero afortunadamente, la han contado. Este año, como nunca, hay un enorme vacío.
Entiendo perfectamente el deseo de que esto, todo esto, acabe y se deje atrás el dolor. Por eso, como nunca, queremos que termine el año. Por eso una de mis amigas quitó el altar de muertos para inmediatamente después poner el árbol de navidad. Creo que jamás había visto fiestas decembrinas más anticipada fuera de los centros comerciales, donde cada año se saltan de las fiestas patrias directo a la rosca de reyes.
Quienes no han perdido a alguien, se han llevado también su parte: han encontrado en casa a sus propios demonios, a la soledad, la depresión, los arrepentimientos. Han visto con brutal claridad, que sus vidas no son sino una sombra lejana de los brillantes planes que tenían para sí mismos. Hasta los más ecuánimes han sido sacudidos para, en el mejor de los casos, perder el sueño y acostumbrarse a habitar un insomnio que quizá sea calmo, pero que antes no estaba.
La pandemia trae personajes sin distinguir entre vivos o muertos. Bien puede ser un ex que de pronto reaparece entre recuerdos olvidados, o el tío muerto hace décadas, que nos enseñó a cortar botones secos del rosal de la casa de los abuelos. Y de pronto, cohabitamos con recuerdos, buscamos a los que hace años ya no forman parte de nuestras vidas y charlamos con los muertos.
Es duro recordar que los años no son sino una construcción social creada por nosotros mismos. Una noche no basta para decir que la mañana siguiente traerá días que, como por arte de magia, serán mejores. Sin embargo, lo que irremediablemente pone las cosas en su lugar, es el tiempo y ese, construcciones sociales o no, acomodará todo eventualmente. Tendremos espacio para el dolor, para la dicha, para encontrar una cura, para perfeccionar una vacuna.
Por más que queramos, no podemos adelantar fechas, no podemos cruzar umbrales que todavía ni siquiera se abren, ni podemos vivir finales anticipados. Tendremos que seguir viviendo esto el tiempo que sea y como venga, porque quizá únicamente así, podamos hacer paz con nosotros mismos.