Si preguntamos a cualquier persona educada bajo los estándares de la cultura predominante de nuestra época si los hijos e hijas son propiedad de los padres, seguramente responderían que no. A lo mucho, quizás contestarían que los hijos son una especie de préstamo que la vida otorga, o un tipo de privilegio entregado por alguna deidad. No en balde en tono burlón, hay quien les dice a sus hijos “bendiciones.”
Sabemos que históricamente los menores sí han sido considerados una especie de bien mueble propiedad de quien los gestó, tan así que no es raro encontrar en la literatura referencia a la venta de hijos como esclavos para trabajo o de hijas con fines sexuales. El propio acto matrimonial ha traído aparejado del lado de las mujeres, bienes que se entregan a cambio de la mujer a su padre o ha sido tradición que se entregue al futuro marido junto con la hija, cierta cantidad de monedas o tierras. La dote ha sido una práctica común, tan así que estas épocas todavía hay culturas donde la práctica es perfectamente normal.
Para la gran mayoría, sin embargo, el acercamiento cultural y la relación que se entabla ahora con los descendientes es completamente diferente. Todo progenitor sabe que los hijos no se equiparan a ningún bien con el que se pueda transar, que no se deben de explotar como si fueran pozos petroleros y que cada hijo, sobre todo si es menor de edad, es por sí mismo una persona completa que merece una atención y cuidado especial por ser vulnerable y que este deber de cuidado recae en primera instancia en sus padres y posteriormente en el resto de la sociedad, llámese familia no nuclear, maestros, etcétera.
El sistema de Naciones Unidas, por ejemplo, ha aprobado la Convención sobre el Consentimiento para el Matrimonio, la Edad Mínima para contraer Matrimonio y el Registro de los Matrimonios, suscrita en Nueva York, el 10 de diciembre de 1962; la Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada en la Ciudad de Nueva York, N. Y., el 20 de noviembre de 1989; el Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño relativo a la venta de Niños, la Prostitución Infantil y la utilización de los Niños en la Pornografía, adoptado por la Asamblea de las Naciones Unidas el 25 de mayo de 2000; el Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño relativo a la Participación de Niños en los Conflictos Armados, adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 25 de mayo de 2000. El sistema Interamericano tiene, por mencionar algunos, a la Convención Interamericana sobre Conflictos de Leyes en Materia de Adopción de Menores, hecha en la Ciudad de La Paz, Bolivia, el 24 de mayo de 1984; la Convención Interamericana sobre Restitución Internacional de Menores, adoptada en Montevideo, Uruguay, el 15 de julio de 1989; la Convención Interamericana sobre Obligaciones Alimentarias, adoptada en la Ciudad de Montevideo, Uruguay, el 15 de julio de 1989. Todos estos tratados han sido firmados por el estado mexicano y se han redactado documentos similares que se han formalizado como leyes vigentes. Así, entre muchas otras, está la Ley General de los derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes y todas las normas que cada estado emite en la materia.
Ahora bien, con todo esto, es de llamar la atención que, si bien es cierto no es cosa ordinaria ver en los anuncios clasificados la venta de niños y niñas, también es cierto que lo más ordinario del mundo es encontrarse en las redes sociales fotos de menores al por mayor. Ya está la niña con su traje de baño, lista para su primera clase de natación; ya está el niño con su uniforme de la escuela para volver a clases presenciales; ya está el bebé comiendo su papilla, o en pañal, o en el baño, aprendiendo a “avisar”. Aunado a esto, hay fotos que bajo pretexto de “mira que simpático” resultan objetivamente humillantes para los propios menores: mientras más pequeños, les suben a las redes desnudos, mostrando “accidentes” con sus propios deshechos corporales, llámenle mocos, sangre de alguna raspadita o peor. Si estas imágenes fueran compartidos por terceros, sin duda alguna los padres del niño o la niña en cuestión seguramente estarían indignados por decir lo menos, y habría incluso, dependiendo la imagen, quien no dudaría en tomar acciones legales contra quien difundió la foto de su hijito mostrando el pene en una bañera de bebés o de su hijita cambiándole el pañal mostrando su vagina. Y lo digo tal cual porque así lo hemos visto. Sin embargo, ¿qué se puede hacer quienes los que suben estas imágenes son los propios papás?
He sostenido desde hace tiempo que la verdadera generación de cristal no son los jóvenes de ahora, sino la generación de los padres y madres que los educaron -educamos- sin ápice de resiliencia, bajo el capelo de una infundada fantasía que repite una y otra vez como mantra que “lograrás todo lo que quieras, si eres positivo”. Ahora, esa mal llamada generación de cristal está teniendo hijos a los cuales expone porque se ha formado bajo un nuevo mantra: publico, luego existo. Su necesidad de validación y reconocimiento es tan grande, que no se limitan ahora a publicar paso a paso de su existencia, ni de los platillos que comen o las actividades que realizan. Ahora son sus hijos e hijas los que son objetificados como si fueran un plato más de lasaña que se ve apetitoso. Esos niños, niñas y adolescentes son los que les están sirviendo para ganar likes, corazones y la falsa ilusión de ser alguien querido y admirado en la vida. Se validan con cada “ay, que hermoso tu chamaco, que guapura de bebé, qué buena mamá o papá eres.” ¿Estará esa generación consciente de estar exponiendo a un ser completo por si mismo, con dignidad propia, con sentido individual? ¿Se detendrán en algún momento a pensar que ese hijo o hija va a crecer, verá esas fotos y se sentirá humillado? ¿Estarán conscientes de que ellos son los guardianes primarios de esos infantes?
Llegará un momento en que ese niño, esa niña, crecerá y decidirá hasta dónde llegará a exponer su cuerpo, sus hábitos, su forma de vida y esperemos que lo haga de manera libre y consciente. Ya sabrán ellos para entonces. Sin embargo, mientras eso ocurre, habrá que recordar que estas personas, aunque pequeñas, no son seres a medias, ni mucho menos objetos para exponer en el aparador de nuestra propia inseguridad.