El PRI acaba de cumplir años y pretende mostrarse como quinceañero; sin embargo, cada vez más se percibe por la generalidad de los ciudadanos como un pesado lastre, incapaz de ofrecer algo más que demagogia y vanas ilusiones. El postular como su abanderado presidencial a un “externo”, que aspira a que lo hagan suyo los militantes priístas, no ha logrado revertir la imagen de costal de mañas que caracteriza a ese instituto político. Más todavía, la imagen personal del candidato -que se escribe Meade pero se pronuncia “Mid”- tampoco ha logrado entusiasmar a propios y extraños. Por tanto, si se pensaba que habría una nueva oportunidad para que se revirtiera esa desastrosa apariencia, con el pretexto del festejo de aniversario partidista, pues… ¡lástima Margarito!, porque una vez más ha campeado el ridículo.
Sin mayor atisbo de creatividad, jugando con la memoria de Luis Donaldo Colosio, los dirigentes del PRI resolvieron instruir a Meade para que soltara la frase emocionalmente más fuerte del célebre discurso del malogrado candidato presidencial sonorense aquel 6 de marzo de 1994, en lo que para no pocos se interpretó como una grave afrenta al poder del entonces presidente Salinas. Pero como aquí se ha insistido en recuperar el “dictum” hegeliano de que “la historia se repite siempre dos veces, una como tragedia y la otra como farsa”, pues allí tienen que el ahora candidato presidencial priísta no se atreve a deslindarse de un Peña Nieto que representa una pesada lápida en sus aspiraciones, tal vez considerando que hasta en verdad lo anden sustituyendo por alguien que le ponga más sabor al caldo.
En el colmo de la contradicción, evidenciando que hay una crisis interna del partido tricolor por el desdén hacia la militancia y la ominosa sombra de la impopularidad del presidente Peña, el candidato Meade pide al PRI, en su aniversario fundacional, “que defina hacia dónde ir” (crónica de “La Jornada”, 5 de marzo de 2018), asumiendo, involuntariamente, que anda a la deriva, sin rumbo, llegando al extremo de preguntar a los priístas que se resisten a hacerlo suyo: “¿Qué le ofrecemos a México en nuestro aniversario: perder o ganar?”. Y como la idea de ganar es algo que no se ve reflejado en las encuestas que miden las preferencias electorales, no parece más remedio para el señor Meade que seguir perorando que, por lo menos, “hay ganas de ganar” (en “La Jornada”, 17 de febrero de 2018).
Pero las ganas del señor Meade se aprecian más bien esporádicas, como cuando se anima a decir que va “por un México chingón” o que él es el “mero mero petatero”, arrancando de perdis la risa y los memes; empero, el ambiente que dejan sus intervenciones públicas para tratar de convencer al respetable es más bien de un cierto desánimo, sobre todo cuando se refuerza la percepción de que a lo más que puede aspirar con su partido es a disputar el segundo lugar en la contienda presidencial. De allí que, cuando plantea su deseo de “que no haya un México de caudillos” y, suponemos, “sí un México de instituciones”, termine por morderse la lengua don Meade porque ya se sabe que “hoy, hoy, hoy” (dijo Fox), las instituciones del país están harto podridas y secuestradas por una camarilla que hace un uso faccioso de las mismas.
Así las cosas, el festejo de aniversario fundacional del PRI, encabezado por su candidato presidencial “ciudadano”, llamando a construir un México “chingón”, no deja de ser percibido como un mero instinto de supervivencia de un dinosaurio que se resiste a bien morir y que, ciertamente, en el estertor, es capaz de soltar tremendos coletazos como el que ahora trae aporreado al candidato Anaya y que servirá para ampliar la ventaja de López Obrador, en un paradójico recurso de competición para no tratar de verse como el gran perdedor. Y mientras todo este desaguisado termina de cocerse, el presidente Peña Nieto, nos regala una inmejorable declaración que contribuye a poner la cereza del pastel. Eso de que no se meterá en la elección y sólo se concretará a votar, es tanto como “decirle al hambre que le pida a la necesidad”.
Pero, por supuesto que Peña Nieto está metiendo los pies en la elección, desde el momento en que ha gobernado el país con los ídem, dejando en completo estado de indefensión tanto a su partido como a su candidato presidencial y eso es ya una convicción generalizada de la población; pero, ahora, también metiendo las manotas para maniobrar con todo el poder de las instituciones del Estado para tratar de impedir que, finalmente, gane “ya sabes quién”. El problema para Peña y para el PRI es que su candidato Meade todo lo reduce a tener “ganas de ganar”, y aún ese deseo sufre por mostrarse convincente en el ánimo de una gran masa de electores que, todo parece indicar, ya no está como para dejar pasar una oportunidad más de cambiar las cosas. En fin, ya veremos, dijo un ciego, esto apenas agarra color.